Guerra biológica: ¿el origen de la enfermedad?

La guerra contra el ciudadano El uso de la enfermedad como arma de guerra contra el enemigo no es algo nuevo. Los historiadores de la medicina están relacionando la extensión de las denominadas plagas o pestes de la Edad Media como armas biológicas. Está comprobado que ya en el siglo XIV, los tártaros lograron conquistar la fortaleza de Kaffa, en el Mar Negro, enviando cadáveres contaminados mediante catapulta, lo que extendió la epidemia en la ciudad asediada. Los supervivientes que huyeron por el Mediterráneo llevarían este virus a Europa cuando desembarcaron en Italia, extendiendo una de las famosas pestes que la asolaron en aquellos años. Hoy día, son muchos los investigadores que sostienen que las pestes de la Edad Media fueron extendidas artificialmente a través del agua, como ocurrió recientemente con la epidemia de cólera en Zimbabwe, denunciada como una guerra biológica por el presidente de este país, Robert Mugabe, cuestionado por las potencias coloniales. La viruela fue utilizada como un arma desde el siglo XVIII: los ingleses ofrecieron a los indios americanos, aliados de los franceses, unas sábanas contaminadas con viruela sufriendo los indios posteriormente una epidemia devastadora. Lo que no podían esperar es que también terminara afectando a los propios militares, por lo que el ejército USA tuvo que vacunar a sus soldados contra ese agente. Durante el sitio de Québec, las tropas de Washington sufrieron de este mal y acordaron vacunarse para esta enfermedad. Jeanne Cono, del Centro para el Control y Prevención de la enfermedad en Estados Unidos, entidad ligada al ejército, afirmó en un vídeo promocional, “la idea de usar la enfermedad como un arma llegó a un nuevo nivel de sofisticación a comienzos de los años 30 con el programa nacional de guerra biológica”. Según el ejército norteamericano, “este programa fue puesto en marcha para contrarrestar al activo programa japonés de guerra biológica, que desarrolló entre 15 y 20 agentes capaces de generar enfermedades, con el ántrax como prioridad. Estados Unidos comenzó con estos programas en previsión de que tanto Alemania como Japón les tomaran la delantera”. Todas estas afirmaciones aparecen en el vídeo “Historia de la guerra biológica”, una coproducción de la CIA y el departamento de Seguridad Interna, FEMA, hecho con el fin de “prepararte a ti y a tu familia para una amenaza bioterrorista”. En 1931, durante la guerra entre China y Japón, el general japonés Ishi utilizó un virus como arma, introduciéndolo en la disputada región de Manchuria a través de aves contaminadas: “así nadie les podría señalar porque parecería una epidemia natural”, afirma Cono. Se dice que, al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos heredó todos los secretos japoneses en este tipo de guerra, incluyendo el agente “kuru” que habían probado con aborígenes en Papúa Nueva Guinea, una isla del Océano Pacífico. Mucho más tarde, este agente sería aislado por el premio Nobel, condenado por pederastia, Carleton Gadjusek, siendo conocido como Prion o “de las vacas locas”. El gobierno de Estados Unidos reconoció en 1971 que el Kuru fue creado por los japoneses, aunque todavía hoy se le atribuye un origen natural, concretamente a la ingesta de carne humana por parte de los caníbales de Nueva Guinea. Origen en el siglo XX En 1932, el Instituto Rockefeller para la experimentación del Cáncer mató a 13 personas inyectándoles virus del cáncer. Oficialmente, esas investigaciones se realizaban para prevenir ataques de potencias rivales o “por el progreso de la ciencia”. Pero no sería hasta 1941 cuando el programa de guerra biológica americana comenzara oficialmente, es decir, de acuerdo a los documentos y memorandos oficiales. Según esos mismos documentos, la dirección de ese programa fue encargada a George W. Merck, heredero del presidente de la corporación Merck y desde 1925, su presidente. Hoy dia, como es sabido, la firma Merck es uno de los grandes gigantes de la industria farmacéutica. Al otro lado del Atlántico, los experimentos corrían en paralelo. En 1942, los ingleses condujeron sus primeros experimentos en guerra biológica con bombas con ántrax, para determinar si las esporas actuaban sobre las ovejas. Los experimentos en la Costa de Escocia confirmaron que el ántrax podría ser extendido mediante explosivos y que quedaba en el suelo durante décadas. De hecho, el lugar donde se realizaron estos experimentos estuvo cerrado al público hasta finales de los años setenta. Pero eso no fue todo: entre 1940 y 1979 la población inglesa fue rociada con químicos y microorganismos letales sin previo aviso. Sin duda, la Alemania nazi se destacó en este campo, como en muchos otros de la ciencia. En los campos de concentración alemanes se experimentó con los humanos allí encerrados en cuestiones tales como el efecto de las radiaciones o técnicas psicológicas y biológicas para el control mental. Es desconocido para el gran público que esos grandes biólogos, médicos y psiquiatras obtuvieron la amnistía de sus crímenes tras el Proceso de Nuremberg, con el fin de que se fueran a trabajar para el gobierno estadounidense, incluido el doctor Mengele, exiliado en Paraguay y Brasil. Este Proyecto se conocería como “Paperclip” y uno de sus máximos gestores fue el omnipresente Henry Kisinger, judío de origen alemán, posteriormente nacionalizado norteamericano, según informaciones de su biógrafo, Walter Isaacson. El resto de los grandes científicos pasaría a trabajar para los “archienemigos” comunistas pero seguirían estando en contacto. Las relaciones entre el nazismo y el gobierno estadounidense comenzaron por el senador Prescott Bush (padre y abuelo de futuros presidentes) quien, a través de su empresa Brown Harriman y el Union Bank Corporation, financiaría la campaña de Hitler para llegar al poder a través de la familia Thyssen. Brown Harriman se convertiría, con el paso del tiempo, en la conocida contratista militar Halliburton, a cuyo mando estaría el posterior vicepresidente, Dick Cheney. Por su parte, el complejo fármaco-biológico IG Farben, propietario de la empresa farmacéutica Bayer, fue financiado desde el principio por la empresa de la Familia Rockefeller, Standard Oil, lo que liga a las industrias petroleras y farmacoquímica. Allen Dulles posterior director de la CIA, trabajaba para Rockefeller y era el contacto en Alemania con IG Farben. En 1951, Erin Traub, jefe de armas biológicas de Hitler, estaba ya trabajando para el Departamento de la Marina investigando 40 cepas de virus muy contagiosos. Las conexiones entre la industria farmacéutica, el nazismo y los gobiernos quedaron pues, asentadas desde aquella época. Según la citada portavoz del gobierno USA, Jeanne Cono, en 1953 Estados Unidos comenzó un programa ofensivo de guerra biológico, con “unos modestos medios” en las instalaciones de Fort Detrick, cerca de Maryland. Al terminar ese programa, siempre según reconoció la portavoz Cono en vídeo promocional, “habían desarrollado siete agentes incapacitantes, incluido el ántrax”. Sin embargo, el libro del que fuera Relaciones Públicas de las citadas instalaciones, Norman Covert, “La historia de Fort Detrick”, demuestra que las instalaciones de Detrick no eran ni mucho menos humildes. En sus 500 hectáreas de extensión, trabajaban 300 científicos, 250 microbiólogos, 40 de ellos, catedráticos, y 150 especialistas como matemáticos o patólogos, así como 1000 personal especializado. Anualmente, usaba 900.000 ratas, 50.000 conejillos de indias, 2500 conejos y 4.000 monos, al margen de numerosos caballos y ganadería. Secretos de un lado y otro Hoy sabemos que las investigaciones sobre armas biológicas de ambos bloques fueron “algo más que en paralelo”. En realidad, los secretos fluyeron a través de agentes dobles tan importantes como el banquero Lord Rothschild, perteneciente al famoso grupo “Los cinco de Cambridge”. La razón es que ambos bloques estaban gobernados por los mismos poderes, que así alimentaban la falsa carrera armamentística, y el telón de acero solo era un telón… de teatro para incautos. El informe Iron Mountain (Montaña de acero) de 1963 sobre los peligros potenciales para el mundo de finales del siglo XX, encargado a la Corporación Rand, aludía especialmente a la superpoblación: “Para mantener la paz en el interludio hacia el nuevo milenio, es preciso manejar el incremento de la población mundial”. Hombres como David Rockefeller y Henry Kisinger consideraron “la guerra como necesaria para el progreso económico, político y social… La guerra es imprescindible para la supervivencia del sistema tal y como lo conocemos hoy”. Pero la guerra como arma de despoblación tenía que ser mejorada con otros agentes. En el citado y polémico informe se lee: “Una alternativa viable para la guerra podría ser la generación de una amenaza externa de suficiente magnitud para que la ciudadanía demande una reorganización y la aceptación de una autoridad política”. En otras palabras, se buscaba una alternativa para sabotear a las sociedades sin destrozar infraestructuras. Entre las propuestas realizadas por el grupo de intelectuales y expertos reunidos, las siguientes: “Alternativas a la guerra pueden ser la generación de enemigos ficticios [terrorismo]”. Asimismo, recomendaron “la destrucción ecológica” y de la genética humana y “un comprensible plan eugenésico” (selección de la raza) través de un “medioambiente destructivo”. Se dice que hombres como Werner Von Braun participaron en este panel de expertos compuesto, con seguridad, de muchos médicos y biólogos cuyas tremendas consecuencias pueden interpretar los lectores de esta revista a la luz de las informaciones publicadas a lo largo de estos años. De acuerdo a memorandos secretos descubiertos por Leonard Horowitz, el programa especial de virus del cáncer, data de 1962. Por aquella época, ya se habían creado, entre una larguísima lista, los virus de la leucemia, linfoma, herpes, gripe, mononucleosis, Kuru (prion), tumor de mama, meningitis… Los sujetos de experimentación procedieron de diferentes ambientes pero, en un principio, cogieron lo que tenían más a mano: los propios militares. Una investigación del Congreso reveló que las esposas de militares norteamericanos de tierra recibieron dosis de vitaminas que en realidad contenían uranio 239 y plutonio 241 altamente radiactivo con el resultado de abortos y muertes de las madres. Según esas mismas investigaciones, entre 1910 y 2000 se llevaron a cabo 20.000 experimentos entre la gente de Estados Unidos. Por ejemplo, se realizaron experimentos con radiación de uranio y plutonio en hospitales con el consentimiento de las “agencias de salud” del gobierno USA. En 1968, el Pentágono probó un arma biológica mortal en el metro de Nueva York colocando, al mismo tiempo, personal en los hospitales para monitorizar sus resultados. Sólo en 1972 se supo que 400 hombres negros fueron infectados de una bacteria de la sífilis durante varias décadas, en un experimento conducido por el Servicio Público de Salud conocido como el “Tasquidee experiment”. Tiempo después, algunos de los supervivientes fueron indemnizados por el propio Estado. La razón de que se fijaran en este colectivo es que se le veía como un potencial enemigo, debido a la lucha por su liberación capitaneada por Malcom X y Martin Luther King. Israel también efectuó sus propios experimentos en este campo (ver más adelante). Convención de Ginebra Oficialmente, el presidente Richard Nixon renunció al uso de armas biológicas en el marco de la Convención de Ginebra de 1969 que prohibió este tipo de armas. William Patrick III, jefe de guerra biológica en Fort Detrick, afirmó que “con Nixon se destruyeron todas las cepas”. Su opinión es importante, pues él fue el líder de los desarrolladores del ántrax. Sin embargo, según la revista Nature, nada cambió en el programa de guerra biológica salvo la percepción de la opinión pública… Antes de reducirse, el presupuesto para guerra biológica pasó en ese mismo año de 21’9 millones de dólares a 23’2. Sencillamente, las cepas se trasladaron –parece que temporalmente- a otras instalaciones en Pine Bluff, Arkansas. En ese año 1969, según Horowitz, las dependencias de guerra biológica ya tenían cepas de linfomas, leucemia y gripes para distribuirlos a las industrias farmacéuticas. Ese mismo año, el Ministerio de Defensa pidió al Congreso 10 millones de dólares para desarrollar agentes biológicos sintéticos a través de la Academia Nacional de las Ciencias. Es decir, casi la mitad de lo que habían empleado para esa investigación ese mismo año. Algunos de esos agentes serían idénticos a los que conformarían el VIH. Las instalaciones de Fort Detrick se convirtieron en el centro de investigación sobre el cáncer en 1971. Todo ello, quince años antes del descubrimiento del virus del sida, a cargo del investigador Robert Gallo… que daba la casualidad que trabajaba para este mismo programa a través de la empresa Bionetics, el mayor contratista del ejército norteamericano en ese tiempo. Bionetics era una filial de Litton Industries, una empresa que llevaba todos los asuntos del Instituto del cáncer en Fort Detrick. Su director, Roy Ash, fue el antecesor de Kisinger como asesor de seguridad. Cuando le sustituyeron de ese puesto en favor del reputado conspirador, le hicieron el “responsable en la Casa Blanca de asuntos de negocios y la industria”. A su llegada a puestos de responsabilidad en la Administración Nixon, el propio Kisinger requirió al almirante Zumwalt un reordenamiento de la sección de armas biológicas. Asesorado por el almirante Zumwalt, según Walter Isaacson, manager-editor de la revista Time y biógrafo de Kisinger, éste eligió la opción del desarrollo de armas contra el sistema inmunitario como el sida o el ébola para manejar la “despoblación mundial”. El contrato fue a parar a sus colegas de la Casa Blanca, la empresa Litton Bionetics, en la que trabajaba Robert Gallo, posterior “descubridor” del sida. La extensión del ántrax En 1979, los rusos tuvieron un fallo en la experimentación con el ántrax que produjo varios muertos. Poco tiempo después, uno de los mayores expertos soviéticos en ese campo, llamado Kanetjan Alibekov, se pasó al lado capitalista, cambiándose el nombre por el de Ken Alibeck y pasando a colaborar con el citado William Patrick III. Ese mismo ántrax llegaría al Irak de Sadam Hussein, a través del Departamento de Comercio de USA, que le dio una licencia del “American Type Culture collection” en los años 80. Este dato está publicado en el “BOE” de Estados Unidos. Para corroborar esta “extraña alianza”a los ojos de la actualidad, existe una fotografía de aquella época en la que se ve a Donald Rumsfeld (más tarde, ministro de defensa con George Bush hijo) estrechando la mano del posteriormente archienemigo Sadam Hussein. Para el doctor Leonard Horowitz, autor del extraordinario vídeo “In lies we trust” ('En las mentiras que creemos'), la vacunación contra el ántrax es el origen del Síndrome de la guerra del Golfo que afectaría a muchos excombatientes USA a su vuelta a Estados Unidos: fatiga crónica, gripe recurrente y baja temperatura corporal. Síntomas todos ellos asociados al “micoplasma”, un agente que contaminó la vacuna de ántrax proporcionada a miles de soldados estadounidenses. Curiosamente, el Baylor College of Medicine, a cuya junta pertenecía George Bush padre, trabajó con diversos agentes de guerra biológica, incluido el micoplasma. Según el perseguido investigador Garth Nicholson, estos estudios se relacionan con la compañía Tannox Biosystem, contratista del gobierno norteamericano, que también había vendido armas biológicas a Irak. Tannox Biosystem era propiedad de James Baker III, un hombre que, entre otros muchos cargos, ostentó el de Ministro de Asuntos Exteriores entre 1989 y 1992, con George Bush Padre, y que hoy día es capitoste del todopoderoso lobby Carlyle Group. Leonard Horowitz afirma con rotundidad que “los militares que fueron a la Guerra del Golfo fueron usados como cobayas”. Hoy día ha sido confirmado por las propias autoridades estadounidenses que las esporas de ántrax que aterrizaron en oficinas gubernamentales, en forma de sobres, en los días posteriores al 11-S, salieron de laboratorios ligados al propio ejército norteamericano, concretamente, de las instalaciones de Fort Detrick. Corroborando todas estas informaciones, el FBI descubrió que los envíos de ántrax del 2001 habían salido de contratistas militares, como el DGP y el Aerosol Science Labs (BMI: Battle Memorial Institute), que facilita material de guerra biológica y el programa de adquisición de vacunas a través de los proyectos Jefferson y Clearvision. Curiosamente, Cipro, la única cura para el ántrax, había sido desarrollada por la empresa Bioport, dirigida por un ex almirante USA y ex embajador en Inglaterra: William Crowe. A principios del siglo XXI, William Patrick III seguía vivo y trabajando como asesor en guerra biológica. Sin duda, este hombre, fallecido recientemente, contaba con una clara intuición de los hechos pues en 1999 escribió un memorando en el que, curiosamente, alertaba sobre el peligro del envío del ántrax en sobres. En el año 2001 los envíos de esporas de ántrax en sobres a delegaciones gubernamentales norteamericanas causaron 22 heridos y 5 muertos. El pasado 29 de julio moría, aparentemente “suicidado”, el investigador en “biodefensa” Bruce Ivins, que estaba siendo acusado de haber enviado las citadas esporas de ántrax. A pesar de que el FBI pintó a Ivins como “sociópata vengativo que no soportaba ser el blanco de la investigación”, sus compañeros de trabajo han negado que fuera el culpable recordando que era voluntario de la Cruz Roja, tocaba el teclado en una iglesia, le gustaba cuidar el jardín y era un hombre hogareño. También negaron que se hubiera suicidado. Previamente, las acusaciones habían señalado al científico árabe Ayaad Assas, en cuya defensa había salido el propio Ivins. Las intrigas dentro de Fort Detrick (de donde salió el ántrax) ya habían subido de tono cuando el doctor Zack (de origen judío) fue expulsado de las instalaciones por haber acosado al también científico Ayaad Assas, de origen árabe, al que Zack pretendía culpar de los envíos. El asunto toma tintes de película cuando nos enteramos de que Zack fue grabado por las cámaras de las vigiladísimas instalaciones entrando en ellas cuando ya había sido expulsado de su puesto. Assas negó posteriormente que su amigo Ivins se hubiera suicidado en entrevista a un periódico del área de Fort Detrick. Armas genéticas El plan de despoblación de la Tierra ya estaba en marcha a comienzos de los años 70. Concretamente, el Memorando de Seguridad Nacional 200, de 10 diciembre 1974, llamaba a “la despoblación del Tercer mundo”, por encargo del “Grupo de armas nucleares”, presidido por Henry Kisinger, asesor de seguridad nacional durante el gobierno Nixon. Algunos de sus párrafos decían así: “Hay un gran riesgo para el sistema económico, ecológico y político según el sistema comience a fallar, y para nuestros valores humanitarios”…. “Los habitantes de las ciudades pueden, aunque no lo parezca al principio, constituirse en una fuerza violenta que ponga en riesgo la estabilidad política. En relaciones internacionales, los factores poblaciones son cruciales y a veces determinan los conflictos violentos de las áreas en desarrollo. No hay una estrategia única sino que, al mismo tiempo, existen diferentes opciones que deben ser sopesadas para países y poblaciones diferentes”. Según Horowitz, no hay duda: estas agendas eugenésicas llevaron a la creación de los retrovirus, entre ellos, el ébola y el sida, incapacitadores del sistema inmunológico. Expertos en epidemias muertos extrañamente A principios del pasado mes de julio, dos “estudiantes franceses”, expertos en microbiología, fueron salvajemente asesinados en Inglaterra. Sin embargo, mientras en los medios de comunicación oficiales, Laurent Bonomo y Gabriel Ferez aparecían como simples estudiantes de doctorado, otras informaciones aparecidas en medios de comunicación ingleses (incluida una televisión) afirmaban que estos dos franceses eran unos expertos en microbiología que habían trabajado en un laboratorio para Indonesia y que, en realidad, los dos “estudiantes” eran investigadores de la gripe aviar. Por las mismas fechas en las que sucedía este extraño caso, una investigación del gobierno indonesio revelaba que un laboratorio clandestino de armas biológicas por cuenta de la corona británica a través del London’s Imperial College, había funcionado en Indonesia durante 30 años. “Casualmente”, esa fue la institución que descubrió el brote de gripe aviar. El gobierno indonesio, que supuestamente contrató a los dos franceses, había ordenado al estadounidense que desactivara el laboratorio Namru-2 con el argumento de que no sólo no había conseguido resultados sino que, además, era una operación de espionaje. Al parecer, Namru-2 estaba desarrollando armas biológicas, contraviniendo el tratado firmado en su día por los indonesios. Curiosamente, el por entonces jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, ex director de la empresa Searle y ex miembro del consejo de administración de Gilead Sciences, fue el beneficiario de las inmensas compras de medicamentos para la gripe aviar: el famoso Tamiflú. La embajada norteamericana en aquel país se defendió argumentando que el laboratorio Namru-2 llevó a cabo investigación sobre enfermedades infecciosas “para servir al interés de su país y de la comunidad internacional”. Sin embargo, el ministro de defensa indonesio, Juwono Sudarsono, contestó que el gobierno indonesio sólo garantizaba la inmunidad diplomática a dos miembros del staff del laboratorio. El Síndrome Respiratorio Agudo (SARS) En 2003, el prestigioso epidemiólogo italiano Carlo Urbani, de 46 años, moría víctima del SARS, el Síndrome Respiratorio Agudo, la nueva enfermedad que él mismo había conseguido “detectar”. Gracias a su propia acción, la epidemia pudo ser atajada en Vietnam, pero a consecuencia de su exposición a ella, se infectó del temido virus. Urbani es uno de los muchos biólogos especializados en epidemias y guerra biológica que han muerto en circunstancias extrañas en los últimos años, más de cincuenta en la última década. El SARS, también conocido como “neumonía asiática”, se caracteriza por afectar especialmente a los genotipos raciales “asiáticos”. Para algunos, el laboratorio señalado de Indonesia sería el lugar donde se desarrolló la gripe asiática, una enfermedad diseñada para atacar el ADN de la población de este continente. Según el periodista canadiense Benjamín Fulford, ex editor de la revista Forbes en Canadá, el SARS forma parte de la guerra biológica para detener el poderío de los chinos. En términos modernos, un arma “étnica”. Tanto Horowitz como el investigador Richard Preston coinciden en que el ébola puede tener un origen parecido a otras armas “étnicas”. La razón es que su área de influencia se ha circunscrito a la población africana. Apareció por primera vez en 1967 en tres diferentes lugares de experimentación en el mundo matando a 7 y dejando 30 heridos. Curiosamente, estas cepas eran las mismas con las que investigaba el suministrador de monos para experimentación -al mismo tiempo que contratista del ejército americano- Litton Bionetics. Según el investigador Richard Preston, la prueba es que el primer brote de Ébola salió de una cueva de Sudán, cercana a las instalaciones de Bionetics en África. Según descubre Leonard Horowitz en su libro “Virus emergentes: sida y ébola”, “el rhabdosarcoma que utilizaron crearía el Ébola. Entre 1965-67 los experimentos de Litton Bionetics llevaron a la eclosión del Ébola. La característica de estos virus artificiales es que mutan con mucha más facilidad que los naturales. El segundo brote de Ébola en Uganda se sospechó que había sido implantado por la CIA porque era idéntico al otro y la única explicación para ello es que había estado guardado en cámaras refrigerantes”. El documento “Revolution in military affaires” (años 80) encargado al US Army War College en los años 80 es el primero conocido en el que se hace alusión a la transición de las armas letales (nucleares) hacia “armas no letales” para desarrollar armas como los virus del cáncer que son mortales pero matan lentamente, a través del organismo médico. Estas armas no letales engloban el uso de tóxicos químicos, biológicos y electromagnéticos incluyendo microorganismos modificados genéticamente, llamados globalmente “GMO” que hacen que la gente enferme. Los medios de comunicación tendrán un papel fundamental en la adopción de estos estilos de vida, relacionados con la “pastillización de la vida” a través de la televisión y el cine, sobre todo. Y ello es así porque, según el citado documento de “La Revolución en los asuntos militares”, estas políticas “podrían tener la oposición de individuos no condicionados”, es decir, personas que piensen por sí mismas. Así que los medios de comunicación tendrían que cambiar los valores de la población, condicionándolos para la adopción de esta nueva cultura de la enfermedad promovida por unas mentes pensantes englobados en la corriente “eugenista”. Heredera de biólogos como Charles Darwin, Francis Galton y Julian Huxley, fueron los inspiradores del nazismo y una cierta corriente del ecologismo –hoy muy en boga- que sostiene que el ser humano es un problema para el ecosistema. El famoso filósofo y eugenista Bertrand Russell, defensor de la “selección de la raza humana”, escribió extensamente en “El impacto de la ciencia en la sociedad”, acerca de cómo las vacunas con mercurio y otros tóxicos harían que la gente desarrollara “lobotomías químicas que los volverían zombis”, es decir manejables y sumisos. El Príncipe Felipe de Inglaterra, otro “ecologista” defensor del genocidio de gran parte de la población mundial, afirmó en agosto de 1988, en entrevista con la Deutch Press Agentur. “En caso de reencarnación, me gustaría hacerlo como un virus mortal, para contribuir a solucionar el problema de la superpoblación”. La clave de toda esta sucia estrategia ha sido, según Horowitz, hacer confundir las palabras vacunación (artificial) e inmunización (proceso natural de protección cuando se expone a un agente). A través de las vacunas se han inoculado, según sus contrastados datos, todo tipo de virus. Robert Gallo y el origen del sida En 1997, en la conferencia sobre el sida celebrada en Vancouver, Canadá, el doctor Horowitz asaltó a preguntas a Gallo sobre si sus experimentos habían dado lugar al virus del sida, a través de unos monos que la empresa Litton Bionetics había llevado a Nueva York para crear vacunas para la hepatitis B. Gallo se removió de la silla incómodo por las acosadoras preguntas que se pueden ver en vídeo en youtube escribiendo “Gallo, AIDS, Horowitz” (Robert Gallo: El hombre que creó el SIDA). Esgrimiendo unas publicaciones científicas de la época (National Academy of of Scientist) de 1970, el propio Horowiz encaró a Gallo recriminándole haber mezclado los virus de la leucemia, linfoma y sarcoma, de diferentes cepas de animales, para crear el VIH, quince años antes de que fuera detectado por el departamento de salud americano. La respuesta de Gallo fue: “el virus del sida no pudo ser creado artificialmente a menos que se fuera un genio. Existía antes de que fuera “aislado”. El doctor Leonard Horowitz tiene pruebas de que el virus SV40, componente del VIH, llegó en 1978 en la vacuna contra la hepatitis B que fue inyectada a la población que practicaba la homosexualidad. Jonathan Man, director de asuntos del Sida de la OMS dijo, tras escuchar las preguntas de Horowitz que “más que un asunto médico, el sida es una imposición sociológica y política”. En el vídeo “In lies we trust”, se puede escuchar a Maurice Hilleman, jefe de la división de vacunas de Merck, explicando cómo trajeron a los monos de África contaminados con SV40 que llegarían a Nueva York vía Madrid y que, según Horowitz, introducirían el virus del Sida. El SV40 también fue introducido en la vacuna de la polio durante los años 60. Israel experimentó con cáncer con su población sefardita Todavía más sorpresa causará conocer que el gobierno de Israel “prestó” al de Estados Unidos miles de jóvenes sefarditas para experimentar con el cáncer. El documental “10.000 radiaciones”, producido por Dimona Producciones Ltda. (2003) y dirigido por Asher Khamias y David Balrosen causó el horror en Israel al demostrar que en 1951 el director general del ministerio de Salud israelita, Dr. Chaim Sheba voló a EEUU y volvió con siete aparatos de rayos X proporcionados por el ejército estadounidense. Esos aparatos serían usados en un experimento masivo que tuvo por cobayas a una generación completa de niños y jóvenes sefarditas. La mayoría de las víctimas fueron marroquíes porque ellos eran los inmigrantes más numerosos entre esta rama del judaísmo, de origen ibérico. Estas radiaciones envenenaron una generación entera que se convertiría en los perpetuos pobres del país y en la clase delictiva. Seis mil de los niños murieron poco después de recibir sus dosis, muchos de los restantes desarrollaron cáncer que los fue matando con el tiempo y otros todavía hoy continúan enfermos… o muriendo. Los que sobrevivieron padecieron de desórdenes como epilepsia, amnesia, enfermedad de Alzheimer, dolores de cabeza crónicos y psicosis. Para convencerles, los padres de las víctimas fueron engañados diciéndoles que se les enviaba a “viajes escolares” y que las radiaciones iban encaminadas a un tratamiento para la peste del cuero cabelludo. Todo ello, supervisado por el ministro de defensa de Israel en aquella época, y hoy presidente del país, Simón Peres, también de origen sefardita. Pero no era la primera vez que el estado de Israel realizaba una práctica similar. Nada más proclamarse el estado de Israel, niños de origen yemenita fueron secuestrados por el propio gobierno y enviados a Norteamérica para morir cruelmente en experimentos nucleares. La razón es que, por aquel entonces, el gobierno estadounidense había prohibido los test en humanos y necesitaban otros “conejillos de Indias”. El gobierno israelita estuvo de acuerdo en proporcionar a los humanos a cambio de dinero y secretos nucleares. Todos estos datos fueron corroborados por el rabino David Sevilla, de Jerusalén. Así suprimieron la medicina natural Por encargo de la Fundación Rockefeller, de la que su hermano Simon era “director para la investigación médica” y de la Fundación Carnegie, el doctor judío Abraham Flexner publicó un informe en 1910 titulado “Educación médica en Estados Unidos y Canadá”. En el citado informe, el propio Flexner dio el monopolio de la salud a las compañías farmacéuticas, eliminando a la medicina natural, homeopatía, masaje, etc. Ese es el verdadero origen de la situación que se vive actualmente en la que las compañías farmacéuticas (aliadas de los eugenistas) detentan el monopolio de la “salud”. (Y me perdonan el chiste negro). Autor: Rafael Palacios, http://www.rafapal.com/
Publicado en la revista Discovery Salud, nº 114. Y on line en http://www.dsalud.com/numero114_2.htm