EL SENTIDO DE LA ENFERMEDAD Y LA ENFERMEDAD DEL SENTIDO

“... su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado”.
(F. De Quevedo, Amor constante más allá de la muerte)


  ¿Tiene sentido la enfermedad? Para la mayor parte de homeópatas (y muchos terapeutas) la respuesta es claramente afirmativa.

  Y no sólo un sentido sino que además, y en consecuencia, la enfermedad nos transmitiría una enseñanza, una lección a aprender en nuestra vida.

 Según esto, los síntomas no serían sino un código que mediante su corporeización simbólica podrían facilitarnos ese aprendizaje. En términos junguianos se resumiría en que todo aquello que no podemos vivir y apartamos de la conciencia por insoportable por distintos motivos (lo que se denomina “sombra”) lo podríamos vivir gracias a la cristalización simbólica de esos síntomas y de esa manera lo iríamos integrando en nosotros para hacernos así cada vez más completos.

  Quizás el libro que más ha popularizado en la actualidad estos conceptos entre terapeutas y público en general ha sido “La enfermedad como camino”1 donde por cierto sus autores, aunque más claramente en alguna otra de sus obras, halagan el método y tratamiento homeopáticos.

  Como fácilmente puede verse, el encaje de todos estos conceptos dentro de la visión homeopática ha sido fácil. Nótese la similitud de lo expuesto con ciertas ideas de prominentes homeópatas actuales de lo que es la enfermedad: una delusion (Sankaran), una creación (Scholten), aparte de los ya conocidos principios clásicos homeopáticos de predisposición o idiosincrasia.

  Así pues esta aproximación a la enfermedad parece útil. En efecto el preguntarse “¿qué impone esta enfermedad a este paciente?” y “¿a qué le obliga?”, junto con las analogías del lenguaje verbal y no verbal, pueden darnos un poco más de luz, a mi entender, acerca del proceso por el que la persona está pasando.

  ¿Tiene esto alguna importancia práctica para los homeópatas? Depende. Quizá no tanto en la elección del remedio pero sí en el incluso más importante aspecto global y abarcador de la relación con el paciente y su enfermedad.

  Sin embargo, si analizamos más de cerca este abordaje veremos que no está exento de riesgos y errores, sobre todo si se usa de forma indiscriminada y simplista. Me referiré entonces a los que podemos incurrir con más frecuencia desde mi punto de vista:

1.- Culpa: casi siempre hay una confusión en este asunto y se tiende a culpabilizar de alguna manera al paciente de su enfermedad. No digo que se haga adrede, las más de las veces es de forma indirecta y debido simplemente a nuestras creencias. Ocurre aquí como en la cuestión de confundir al paciente con el remedio. Decimos una vez sí y otra también que “tal persona es Lycopodium” o que “era un Calcárea de libro”, y con ello queremos referirnos (claro) al cuadro de un paciente en un tiempo determinado, pero al utilizar así el lenguaje seguimos contribuyendo inevitablemente a perpetuar esa confusión (aparte de que los cuadros clásicos “constitucionales” tampoco ayudan en nada a solventarla). Un remedio, en realidad, es el nombre de una enfermedad por la que atraviesa en ese momento una persona (aunque ese momento durase toda la vida).Y una persona siempre es más que un remedio. En este sentido, como no sé qué autor afirmara, “nosotros no tenemos al lenguaje sino que el lenguaje nos tiene a nosotros”.

  Bien, pues como los autores del citado libro insisten repetidamente, la culpa del hombre sería siempre metafísica, ontogénica. La culpa es inherente al hecho de ser humanos y no tiene nada que ver con nuestras hipotéticas faltas cotidianas. No nos podemos pues librar de ella. El supuesto “pecado original” así entendido sería consustancial al ser humano en cuanto que ya no está en la unidad (el paraíso) sino que vive inmerso en un mundo de polaridad, de opuestos. Y tiene que vivirlos. Atribuir culpa a ello sería algo tan absurdo como decir que uno es “culpable” de tener cráneo o tener los ojos verdes. Lo único que podemos hacer es aprender a convivir con ello, simplemente.

  Como es obvio, por supuesto, otros tipos de ideas afines tales como bueno o malo en sentido moral tampoco tiene cabida en esta aproximación. Y la moral ha impregnado, y lo sigue haciendo a mi entender, la práctica homeopática. No hay nada que sea bueno o malo en la interpretación de una enfermedad. Aquí también es más importante el cómo alguien hace algo que no el qué hace.

  Así pues se trata sobre todo de interpretar pero no de valorar y quizá sea esta una diferencia sutil pero muy trascendente teniendo en cuenta, además, lo aparentemente fácil que es hacerlo con los síntomas de los demás pero no así con los nuestros.

  En realidad, el mero creer, como antes mencionaba, que alguien es culpable de alguna manera de su enfermedad ya determina en mayor o menor grado nuestra actitud en el caso. Y, claro, no sólo ya el creerlo sino que si además se lo hacemos “ver” al paciente de una manera directa (como hay casos) en frases tan poco delicadas como “a ti lo que te pasa es que....” puede ser simplemente grotesco. Este tipo de fórmulas deberían evitarse a menos que estén enmarcadas en una estrategia previamente fijada por el médico para suscitar una determinada reacción en el paciente.

  Podemos hacer las hipótesis más variadas y éstas pueden ser tan brillantes que queramos airearlas a todo el mundo, pero debemos recordar que son sólo eso, hipótesis para trabajar en una dirección concreta y que habría que tener la suficiente flexibilidad para cambiarlas si la evolución del caso así lo indica. Recordemos que, puesto que los síntomas pertenecen a la “sombra” del paciente, es difícil que éste los reconozca como propios. Y en pocos casos una explicación consciente y racional, hecha con la mejor de las intenciones, será el camino más adecuado para la deseada integración de esos temas sobre los que gira el supuesto sentido.

2.-Trivialización: quizá sea cierto que todos los órganos y aparatos del cuerpo humano tengan su simbolismo, pero también quizá sea demasiado simplista, como ya hacen ciertos libros-diccionarios del mercado que siguen esta estela interpretativa, en relacionar automáticamente tal afección con tal presunto tema, obviando por completo cualquier atisbo de individualidad e ignorando que el síntoma, en última instancia, quizá sólo tenga sentido para quien lo posea (y su entorno más inmediato).

  Hay que tener en cuenta además que el simbolismo siempre es polar, o sea que puede significar eso y lo contrario (a menos que encontremos algo que incluya ambos significados). Y también hay niveles o fases en el mismo. Por ejemplo, una parálisis, en forma simplista, tanto puede significar que un individuo está anquilosado como que debería abandonar su control consciente.

  No olvidemos pues que si hay un mundo particularmente rico en significados ése es el mundo de los símbolos. Trivializarlo en exceso es quedarnos con una estrecha visión interpretativa.

3.- Sufrimiento: Muy relacionado con la culpa y con el hecho de que nuestras creencias influyen sobremanera en el abordaje práctico de la enfermedad, mencionemos la circunstancia de que muchos terapeutas y médicos (lo hagan explícito o no) tienen la idea subyacente de que el sufrimiento es algo necesario para aprender en la vida, avanzar “espiritualmente”, etc.

  No es éste el lugar para discutir esta cuestión pero debemos recordar que nuestro propósito, como médicos o terapeutas, es fundamentalmente el de aliviar el sufrimiento y esto puede hacerse incluso manteniendo esa creencia. En efecto, siempre se puede connotar positivamente el sufrimiento dentro de un esquema que encaje en el sistema de valores del paciente y de esta forma un sufrimiento “positivo” siempre será menor y en todo caso más llevadero. Todo lo demás es innecesariamente cruel e inhumano.

  Otro aspecto de la cuestión, quizá más burdo pero igualmente frecuente es el sufrimiento gratuito que podemos ocasionar debido al apego férreo a una determinada creencia u ortodoxia (homeopática en nuestro caso). Aquí, la frontera entre seguir unos determinados principios y el dogmatismo más estéril es a veces difícil de delimitar. Por ejemplo, podemos dar tiempo a un tratamiento homeopático: horas, días, semanas... dependerá de la afección, del paciente y de nosotros mismos. Pero habría que ser cuidadosos y no tener remordimiento alguno en aconsejar según qué abyecto medicamento o proceder alopáticos si la prudencia así lo aconseja o si simplemente no tenemos más sabiduría o más recursos en ese momento. Siempre será mejor reconocerlo así ante nosotros y ante el paciente que no persistir en más de lo mismo por no se qué sagrados principios. A este respecto mencionar la valiente, a mi juicio, intervención del Dr. Luqui en el seminario de perfeccionamiento de Crónicos de la AMHB de este año, cuando habló de no ser pusilánimes cuando se trata de dar alopatía (si ese fuera el caso). Mencionar también que el concepto de supresión, como a veces comenta el Dr. Mora, quizás haya sido mal entendido o esté un tanto magnificado y el hecho de que muchos homeópatas recién titulados tengan una gran angustia a la hora de intervenir por miedo a una hipotética supresión nos habla también de una enseñanza quizá excesivamente timorata en este aspecto.

  Bueno, pues una vez llegados aquí sólo nos queda considerar la otra posibilidad, esto es, la de que la enfermedad no tuviese ningún sentido especial.
  Para los que sí lo tiene esa mera posibilidad parece totalmente fuera de lugar. Es más, parece que los hombres estamos plenamente involucrados en encontrar un sentido a las cosas, a la vida, a la enfermedad... Que todo esto no lo tuviese es algo que parece repugnar a nuestra mente. La historia del hombre podría hacerse, en realidad, contemplando la búsqueda de ese sentido y las distintas y amplias respuestas que para ello se han dado.

  Además, parece que al sólo vislumbrar esta otra posibilidad nos inundase una especie de sentimiento trágico que nos hace negarla con vehemencia. ¡Qué sinsentido sería que nada tuviese sentido! Y así, sin apenas darnos cuenta, pasamos de la ingenuidad de pensar que las cosas suceden por azar a (¿la enfermedad?) de buscarle sentido a todo y entonces hacemos que todo encaje, hasta los sucesos más insignificantes, y entonces y sólo entonces nos sentimos plenamente satisfechos. Nuestro mundo sigue en orden cuando creemos entender que tal cosa viene por tal otra y tal otra por aquella otra y así tiene significado la de más allá. Todo perfecto, todo tranquilo. Pero como ya vino a decir Schopenhauer, entre otros, el sentido y el orden fueron puestos en el mundo por un acto de atribución humana y después es como si la utilidad fuese descubierta en el exterior por el entendimiento, “que se admira de una maravilla que él mismo creó”.

  Estamos hablando pues de la delusion de la delusion, de la creación de la creación, ... O sea, de que también esto podría ser un simple producto de nuestra mente que busca y construye con ansiedad ese sentido para aliviar el aparente e inexorable sentimiento de vacío que nos embargaría de no hacerlo así.

  Reflexionemos finalmente acerca de si es inevitable ese sentimiento trágico y de vacío al considerar la posibilidad de que las cosas no tuviesen especial sentido. Una vez más también eso puede ser una premisa de nuestra mente.

  Y para mostrarlo propongo estos ejemplos (alguno tomado de Watzlawick2) que lo ilustran y explican de una manera mucho mejor de lo que yo podría hacerlo nunca:

-          Cuando el Conejo Blanco (L. Carroll, Alicia en el País de las Maravillas) lee un poema que aparentemente no tiene ningún sentido, el Rey, lejos de atribularse, dice encogiéndose de hombros: “Bueno, si el poema no tiene ningún sentido eso nos evitará muchas preocupaciones pues, como es lógico, nos ahorra todo el trabajo de averiguarlo”.

-          Le preguntaron al maestro zen Tchao Tchú que “cuál era el sentido de la última y única verdad”. En vez de responder el maestro tosió. El que preguntaba dijo entonces: “¿Es eso acaso, maestro?”. “¡Qué pasa! - exclamó Tchao Tchú- ¿es que un viejo ni siquiera tiene derecho a toser cuando tiene ganas?”.

-          “La solución del problema de la vida está en la disolución de este problema.
(¿No es ésta la razón de que los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida, después de mucho dudar, no sepan decir en qué consiste este sentido?)” (L. Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus).

-          “Siempre que miro las cosas y pienso en qué piensan los hombres de las cosas/ me río cual regato en su fresco sonar contra una piedra./ Porque el único sentido oculto de las cosas/ es el de no tener ningún sentido oculto. (F. Pessoa, El guardador de rebaños)

-          El conde Dürckheim le preguntó a D.T.Suzuki (maestro y divulgador del zen en occidente) si en lo de la búsqueda del sentido de las cosas que hace el hombre no sucedería algo así como con el pez, que está en el agua y busca el agua. “Es más que eso- dijo Suzuki con una leve sonrisa- es como cuando el agua busca el agua”.

  Dicho lo cual se impone, por mi parte al menos, un cierto silencio.


REFERENCIAS:
1.- Dethlefsen, T., Dahlke, R., La enfermedad como camino, Barcelona, Plaza y Janés, 1989
2.- Watzlawick, P., La coleta del Barón de Münchhausen, Barcelona, Herder 1992


Autor: Dr. Gonzalo Fernández Quiroga