El paradigma de la organicidad en salud, maternidad, y ecología

El paradigma de la organicidad es el nombre que se ha escogido en este trabajo para el necesario reconocimiento de que se está consolidando, como dice el filósofo de las ciencias Mauricio Abdalla, una nueva racionalidad; o si se prefiere, una nueva cosmovisión o código interpretativo de la realidad que surge como ineludible elemento evolutivo en el momento histórico de crisis, o cambio, que vivimos a nivel planetario (ABDALLA, M. 2007). La expresión “paradigma de pensamiento” no se usa en este trabajo para hacer referencia a una ideología, o a un código moral, sino a una estructura básica de procesamiento de información, el sistema con el que construimos y expresamos nuestro diálogo mental con el mundo. Este cambio de paradigma se aborda aquí desde la perspectiva de las nuevas tendencias holísticas en las Ciencias de la Vida, y sólo en algunos de sus aspectos. Defendiendo, también, que el nuevo paradigma es en gran parte recuperación de conocimiento que se perdió a lo largo del proceso histórico de nuestra civilización: El despertar del letargo en que el pensamiento occidental moderno tenía sumidas a nuestra consciencia y nuestra sensibilidad.



1. LA RACIONALIDAD DOMINANTE DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL MODERNA

"He calificado de “reduccionista” la particular tradición epistemológica que de la “revolución científica” tiene el patriarcado occidental moderno porque redujo la capacidad humana de conocer la naturaleza al excluir a otras personas y otras vías de conocimiento y redujo la capacidad de la naturaleza para regenerarse y renovarse creativamente manipulándola como materia fragmentada. El reduccionismo tiene una serie de características que lo distinguen de otros sistemas no reduccionistas de conocimiento a los que sojuzgó y reemplazó." Vandana Shiva.
Cinco líneas maestras para una revolución científica
A partir de los siglos XV y XVI, en el seno de los grandes Estados Modernos de Europa, se desarrolló un paradigma de pensamiento cuya maduración culminó tras la Revolución Industrial, y que alcanza su máxima expresión en lo que aquí llamamos “Ciencia Moderna” (para distinguirla de las Ciencias Tradicionales). Esta forma de pensamiento, hoy profundamente interiorizada en nuestra sociedad, se caracteriza por tendencias sin precedente alguno en la historia de la humanidad[1] que han condicionado profundamente el desarrollo de todas las ramas y disciplinas de la investigación y el conocimiento:

-Análisis de las partes aisladas de su contexto. Esta tendencia se manifiesta tanto en el plano físico (con la creación de las denominadas “condiciones de laboratorio”) como en el abstracto (superespecialización de las disciplinas). Se desarrolla la potencia resolutiva de la observación del detalle, pero las herramientas para abordar la visión de conjunto son comparativamente muy pobres. “Reduccionismo” es la palabra que empleamos para referirnos a la epistemología que equipara el conocimiento del conjunto a la suma del conocimiento aislado de las partes.

-La máquina como modelo del universo. Explícita o implícitamente, el mecanicismo está muy presente en todo el pensamiento moderno. Abundan las metáforas descriptivas basadas en las máquinas u otros subproductos culturales, y las leyes sobre la transformación de la materia y la energía (termodinámica) se elaboraron estudiando las máquinas de la Revolución Industrial. El resultado, como veremos, es la cosmovisión de un universo inerte o universo-máquina que impregna toda la práctica científica moderna, ya sea de forma consciente o no.

-Reducción de lo cualitativo a lo cuantitativo. Se equipara la objetividad con el análisis matemático de variables cuantitativas, focalizándose la observación en la obtención de dichas variables. Los aspectos no mensurables de la fenomenología natural y social se pierden en gran medida. El análisis numérico se pretende “neutro y objetivo” perteneciente por entero al ámbito de la racionalidad y no “contaminado” por otras influencias mentales y emocionales que lo harían “subjetivo”.

-Ruptura radical con toda tradición o sistema de conocimientos anterior. Compleja labor en la que la Iglesia Católica jugó un papel fundamental[2]. Se centraliza y homogeniza la formación científica, y se otorga el status de “Ciencia” únicamente a la metodología y producción intelectual de la Ciencia Moderna occidental, relegando el resto de sistemas de conocimiento al campo de las supersticiones.

-Atrofia de las capacidades intuitivas de la mente, e hipertrofia de las racionales. Lo que René Guénon llamaba “capacidades suprarracionales” de la mente (GUÉNON, R. 2001), de importancia capital en los sistemas de conocimiento tradicionales, pierde su reconocimiento. La racionalidad, o lógica del lenguaje verbal, toma el papel protagonista aislándose del resto de las funciones mentales. Estrechamente relacionados con este hecho son el fenómeno del establecimiento de la escritura como principal vía de transmisión del conocimiento, y la progresiva pérdida de integración del proceso de aprendizaje en la experiencia vivencial.

El origen de estas tendencias metodológicas y epistemológicas no fue en absoluto neutro o casual. Vandana Shiva, en el libro Abrazar la vida, documenta que el origen de la ciencia moderna occidental fue un proyecto explícita y conscientemente al servicio de la dominación[3]. Tanto Francis Bacon, considerado padre de la ciencia moderna, como los fundadores de la Royal Society de Londres Henry Oldenberg y Joseph Glanvill, hablaban textualmente de la creación de una filosofía masculina para realizar el imperio del hombre sobre la naturaleza y las criaturas inferiores (SHIVA, 1995, p 50); incluso, sin aparente necesidad de eufemismos, se empleaban abiertamente los términos “tortura” y “violación” para referirse a la experimentación y el método experimental[4]. Pero no es el objetivo de este texto ahondar en la raíz cultural del paradigma fundacional de la ciencia y el pensamiento modernos (al que de ahora en adelante nos referiremos como “reduccionista”, “mecanicista”, o “cartesiano”), sino más bien sobre sus efectos prácticos, especialmente a partir de su implantación definitiva tras la Revolución Industrial. Acerca de los siglos que la precedieron, mencionaremos sólo dos detalles:

El primero, que, como en todas las épocas, siempre hubo investigadores y tendencias en mayor o menor medida opuestas al paradigma en auge, que en este caso denominaremos organicistas (más adelante se comprenderá el porqué), y que progresivamente fueron perdiendo terreno ante el avance del paradigma reduccionista. Y el segundo, de especial relevancia, que este avance del reduccionismo corrió paralelo a: 1- El desarrollo y progreso de la Ciencia Moderna, o lo que se ha venido a denominar “la revolución científica” 2- La ejecución de miles de personas, en su gran mayoría mujeres, que conservaban sistemas de conocimiento tradicionales, o lo que se ha venido a denominar “quema de brujas”[5] y 3- Los genocidios y ecocidios llevados a cabo por todo el planeta bajo la expansión colonial de los estados europeos.


El estudio de la vida bajo la ley de un universo inerte
Las cinco tendencias expuestas más arriba, íntimamente relacionadas entre sí, tienen un efecto limitador del campo de observación, y en conjunto generan un código interpretativo para el que gran parte de la fenomenología natural y social es indetectable, especialmente en sus dimensiones más sutiles. Las ciencias relacionadas con el estudio de la vida se han visto particularmente afectadas, ya que la cosmovisión del universo-máquina presenta una enorme dificultad para integrar la fenomenología orgánica[6], e incluso en muchos casos para percibirla o reconocerla como tal. Niveles enteros de fenomenología orgánica durante décadas han permanecido y permanecen aún invisibles para gran parte de la comunidad científica (como tratará de ilustrarse a lo largo de este artículo). A esto se debe el hecho de que nos acechen tantos interrogantes con una respuesta más o menos clara a nivel intuitivo, y que sin embargo resulten completamente inabordables para la ciencia desde su lenguaje y paradigma actual, como por ejemplo ¿por qué todos los productos industriales son, en alguna medida, tóxicos para la salud, o como mínimo mucho menos beneficiosos que los naturales y artesanales? ¿por qué la producción textil, agricultura, y ganadería industriales obtienen productos de muy inferior calidad a las tradicionales? ¿por qué sienta mejor al cuerpo una buena comida casera que las delicias del mejor de los restaurantes? Trataremos, a partir de este punto, de acercarnos poco a poco a las claves de este tipo de cuestiones, de acechar el punto ciego de nuestra ciencia. Y lo haremos empleando los conceptos que ella misma ha desarrollado, por ser los más asequibles a nuestra racionalidad:

En el siglo XIX, en pleno auge de la Revolución Industrial, se estudió con gran interés la dinámica de la energía o termodinámica, con el objetivo de diseñar máquinas que optimizaran el rendimiento de fuentes como el carbón, el petróleo, o la electricidad. Se constató en primer lugar que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, lo que constituye la primera ley de la termodinámica o principio de conservación. Pero de especial interés aquí nos resulta la segunda ley, que describe el modo en que se transforma la energía, estableciendo que el flujo neto de la energía se dirige siempre hacia un estado de mayor disipación, y por tanto el universo tiende irrevocablemente a un aumento constante de su entropía[7].

Merece la pena detenerse aquí a apreciar la cualidad de las leyes de la termodinámica: Se trata de auténticos principios cosmológicos, que enraízan con los más profundos parámetros estructurales de nuestra visión del universo y hasta hace muy poco constituían probablemente las bases más inviolables de la física contemporánea. Como dijo el físico británico Sir Arthur Eddingtong:

Si alguien señala que tu teoría favorita del Universo entra en conflicto con las ecuaciones de Maxwell, tanto peor para las ecuaciones de Maxwell. Si entra en contradicción con las observaciones, bueno, todos sabemos que hay experimentadores chapuceros por ahí. Pero si se demuestra que tu teoría entra en conflicto con las leyes de la termodinámica, no puedo darte esperanza; no le queda nada más que hundirse en la más profunda de las humillaciones.

Resulta muy significativo que dichas leyes se elaboraran estudiando el comportamiento de las máquinas de la Revolución Industrial. La segunda ley de la termodinámica vino a confirmar la naturaleza inerte del universo, en la que la inercia termodinámica, la tendencia constante al aumento de la entropía, es la regente absoluta. Y ciertamente, todas las máquinas construidas desde la Revolución Industrial son básicamente potentes generadores de entropía, como nos ilustra Jeremy Rifkin en su abrumador ensayo Entropía: Hacia un mundo invernadero (RIFKIN, J. 1990). Las máquinas generan entropía tanto en su proceso de fabricación, como en el de su funcionamiento, mantenimiento, y desguace o reciclaje.

Lo que detectó Sadi Carnot, descubridor de la segunda ley, fue que la inercia termodinámica gobernaba el funcionamiento de todas las máquinas, y que eran incapaces de fabricar o diseñar una que no produjera un aumento neto de entropía. Este hecho se extrapoló a la naturaleza, formulándose unas leyes de tal modo que cualquier transformación de la energía debía explicarse en función de dos únicos principios fundamentales: La conservación de la energía y el aumento de la entropía.

Los seres vivos no podían ser una excepción. No tardó en hacerse evidente, sobre todo tras la obra de Schroginer ¿Qué es la vida? (HO, MW. 1994), que el elevadísimo grado de organización interna de los seres vivos era un estado constante de “entropía negativa” o neguentropía. ¿Cómo justificar esto? Argumentando, convincentemente, que los organismos reducen su entropía interna aumentando la entropía en el exterior, de forma que el movimiento neto de la energía es siempre a un estado más disipado. Las plantas transforman la energía solar en energía química creando enlaces carbono-hidrógeno (lo que se denomina “materia orgánica”, que guarda energía en un estado más disipado que la energía solar fotónica), y los animales consumen esa energía química para generar movimiento, ruido, calor, y más energía química. Los animales vendrían a ser el no va más de la entropía, ya que su metabolismo se basa en la combustión de la materia orgánica, y por cada enlace carbono-hidrógeno que forman consumen una gran cantidad de ellos, cuya energía pasa a formas mucho más disipadas (ruido, calor, y movimiento). En definitiva, todos mantienen su organización interna a costa de desorganizar el exterior. De forma más eficiente que las máquinas, quizás, pero iguales en lo esencial.

Este gran triunfo del mecanicismo tiene seguramente bastante que ver con los patentes esfuerzos de la biología y la medicina modernas por ignorar o minimizar los fenómenos de organización en la naturaleza, intensificados a partir del último tercio del siglo XIX. Así, la extrema fineza del orden natural se transformó sutilmente en mera apariencia, y los seres vivos en espejismos de oasis en el desierto de la inercia, generados por movimientos estocásticos de partículas gobernadas por las leyes del azar y la probabilidad[8]. Todo fenómeno natural, por asombroso que fuera, se interpretaba como el aparente y colorido efecto de un proceso mecánico lo más simple y sencillo posible. La naturaleza pasó de ser sabia y poderosa a ser simplemente “resultona”.

Las hipótesis que implicaban una compleja organización natural fueron olvidadas o relegadas a la marginalidad. Las enfermedades, en lugar de ser procesos evolutivos de transformación como sugirió Hannehman[9], pasan a ser el efecto del ataque de microorganismos malignos (nuestros “competidores naturales” que quieren hacerse con los recursos de nuestros cuerpos) bajo el reduccionismo de Pasteur. La evolución de las especies, en lugar de ser un producto de la compleja fisiología interna de los organismos como postulaba Lammarck (LAMMARCK, J.B. 1986), se convirtió en el resultado de la reproducción diferencial entre variedades generadas al azar bajo el reduccionismo darwinista. Ambos reduccionismos, en calidad de dogmas universales, cumplen una función de tapadera para los puntos ciegos que mencionábamos antes. Cualquier enfermedad infecciosa se origina por una invasión microbiana o viral, basta con identificar el microorganismo patógeno y borrarlo del mapa. Cualquier función o estructura orgánica se originó por mutaciones al azar preservadas por la selección natural, basta identificar las ventajas reproductivas de las mutaciones para “comprender” a los organismos y su historia evolutiva. Actualmente ambas teorías preservan su aplastante hegemonía, y ambas preservan su función de evitarnos la tarea de pensar.

Resulta llamativo el recurrente empleo de subproductos culturales como modelo para explicar la naturaleza. Primero las máquinas industriales se usan para explicar la transformación de la energía en el universo, después la emergente “economía de mercado” basada en la competencia servirá para describir las relaciones entre los seres vivos, y la práctica ganadera de selección de variedades para explicar la evolución[10]. A medida que este tipo de explicaciones cala en el sustrato psíquico de la sociedad, la percepción de nuestra propia naturaleza no puede dejar de verse profundamente alterada, redundando en la interiorización del mecanicismo en nuestras vidas y nuestra organización socioecológica. En este sentido, la máxima y definitiva expresión del paradigma cartesiano llegó en el siglo XX con el reduccionismo genético y el conductismo.

El reduccionismo genético nace en los años 30, cuando la biología darwinista y la genética mendeliana se unen en lo que se vino a llamar “Teoría Sintética”, cuerpo central de la biología actual y base teórica de la que parte la línea general de investigación y desarrollo conocida como “ingeniería genética”[11]. Según este paradigma las características de los seres vivos, incluidos los humanos, están codificadas individualmente en secuencias de nucleótidos (genes) que se heredan de forma independiente y generan nuevas características mediante mutaciones al azar. Expresado mejor que nadie por el biólogo Richard Dawkins, lo lleva hasta sus últimas consecuencias cuando dice: somos máquinas de supervivencia. Vehículos robóticos ciegamente programados para preservar las moléculas egoístas conocidas como genes. (DAWKINS, R. 2000).

Por último, la psicología, un campo de investigación vanguardista y prometedor a principios del siglo pasado, fue también colonizada por el implacable paradigma cartesiano dominante con el advenimiento del conductismo. Una serie de trabajos basados en célebres experimentos con animales fundan esta nueva ciencia reduccionista, que reduce la psicología al arte empírico de obtener la conducta deseada en un sujeto, trasladando el principio agresivo de la experimentación animal (lo que en tiempos de Bacon era conocido como “tortura y violación”) al ser humano.


2. EL PARADIGMA DE LA ORGANICIDAD

La vida es un proceso de ser un todo organizado.
Emergencia de las tendencias holísticas
Un interesante producto de la ciencia moderna reduccionista ha sido la acumulación de una cantidad inédita en la historia de datos experimentales publicados. A pesar del enorme sesgo que a menudo pesa sobre estas colecciones de datos, no dejan de constituir una vastísima fuente de información significativa. Especialmente en relación al estudio de los seres vivos y la fenomenología orgánica, esta gran riqueza en el registro de detalles contrasta agudamente con la pobreza interpretativa del paradigma dominante, que cuenta como limitante fundamental con la hiperespecialización y falta de comunicación entre disciplinas. Ya que en todas las épocas existen voces minoritarias disidentes, en este contexto no es de extrañar la aparición de nuevas tendencias holísticas[12] como respuesta ante el abrumador cuerpo de datos para el que las interpretaciones convencionales no aportaban coherencia alguna.

Un paradigmático ejemplo lo tenemos en el trabajo de Máximo Sandín, síntesis de observaciones y propuestas basadas en datos experimentales procedentes de un variado abanico de disciplinas, como la genética del desarrollo, la genómica comparativa, la microbiología, o la paleontología entre otras. El resultado es completamente demoledor con el paradigma central de la biología, la “Teoría Sintética”, al documentar que la organización molecular de la información biológica es muchísimo más compleja que la postulada por el reduccionismo genético, al igual que su interacción con el medio, y es categóricamente incompatible con una dinámica de cambio (evolución) basada en el azar y la Selección Natural. Aporta además numerosas pruebas de otro tipo de evolución, basada en la integración de sistemas complejos[13]. Esta integración, como defenderemos más adelante, es una de las características fundamentales de la vida y la fenomenología orgánica. Otra lectura importante es que los fenómenos de azar y combinatoria, fundamentales en el viejo paradigma, pierden todo su peso específico en favor del fenómeno de la organización. En otras palabras, el nivel de organización de la vida, subyacente a su evolución, sus estructuras, y sus funciones, es inmensamente superior al que se suponía.

Al igual que Sandín ha recogido el testigo de Lammarck y se ha enfrentado al reduccionismo darwinista, del mismo modo diversas escuelas de medicina, siempre desde la marginalidad académica, han recogido el de Hahnemann y otros autores para enfrentarse al reduccionismo pasteuriano. Homeópatas y médicos higienistas[14] sostienen que lo que denominamos “infección” no es un problema de salud causado por invasión de microorganismos, sino una alteración en nuestra relación normal con ellos (que están siempre presentes) que puede ser debida a las más diversas causas[15]. Los desequilibrios en la salud sólo pueden ser comprendidos desde una perspectiva holística, de conjunto. Biólogos holistas como Sandín o Margulis sostienen esta concepción de los microorganismos como agentes fundamentales para multitud de procesos fisiológicos y en general como elementos primordiales para la sustentación de la vida de las plantas, animales, y ecosistemas (en contraste radical con la práctica predominante, que los trata como patógenos con los que entablamos una permanente lucha natural).

A lo largo del siglo XX se han sucedido en definitiva numerosas propuestas en diferentes disciplinas del conocimiento que se desmarcaban de los paradigmas dominantes de cada campo, y que, poco a poco, han ido socavando, en ocasiones tímidamente y en ocasiones rotundamente, el paradigma de la racionalidad occidental moderna. Todas ellas han sufrido invariablemente un violento rechazo y han generado tensos conflictos en el mundo académico. En esencia, el conflicto procede del hecho de que el paradigma que está siendo cuestionado se encuentra profundamente integrado en la mente, en la vida, y en el trabajo de las personas, en nuestra organización social, económica, y ecológica. Al igual que la religión católica en el sistema feudal del Medievo, la nueva religión mecanicista constituye en sus diferentes expresiones la legitimación metafísica del sistema capitalista, colonialista, e industrial. A menudo incluso las teorías cuestionadas son componente indispensable de líneas de investigación y desarrollo en las que hay invertidas cifras milmillonarias de dinero. Estos condicionantes generan una ciencia dominada por el lobbismo, la superespecialización, y el adoctrinamiento dogmático, con un enorme despliegue de medios para el bloqueo y amortiguación de cualquier desvío de la ortodoxia (WALKER, MJ. 2008, MARTIN, B. 1998).

Uno de los mecanismos más importantes de supervivencia indefinida de la ortodoxia es la aplicación rutinaria y sistemática de diferentes “standards de aceptación”, según un hallazgo o experimento refute o apoye la teoría dominante en cuestión, en los que los segundos salen claramente favorecidos. A lo largo de las décadas, la continua aplicación de estos standards desiguales genera sesgos o “filtros” de información de dimensiones colosales (CREMO, M. THOMPSON, R. 1995).

Nuevamente son las áreas relacionadas con el estudio de la fenomenología orgánica las que reciben una mayor presión por parte del stablishment académico y corporativo. La física cuántica, pionera en la superación del mecanicismo, no ha recibido una oposición tan virulenta, a pesar de registrar fenómenos por completo incompatibles con la lógica de la racionalidad moderna, como el hecho de que la mera observación transforma la cualidad de la materia observada[16]. Probablemente esta tolerancia se deba a que el mundo subatómico está fuera de nuestra experiencia directa, y en el imaginario colectivo se concibe como una suerte de universo abstracto que no intercede en nuestra vida cotidiana, demasiado extraordinario para relacionarlo con nuestro propio mundo vivencial. Sin embargo sus consecuencias, si realmente se asimilasen, serían profundas (ARNTZ, W., CHASSE, B., HOFFMAN, M. 2007), comenzando por el resto de las ramas de la ciencia. Es, cuando menos, llamativo, que mientras la física subatómica maneja desde hace décadas conceptos tan alejados del mecanicismo, en cambio la medicina, la psicología, y la biología académicas se hallen rígidamente enclaustradas en él, manteniendo los esquemas interpretativos decimonónicos. Esta descompensación no puede explicarse asumiendo una ciencia neutra, al margen de los condicionantes sociales, culturales, políticos, y económicos.


Redescubriendo el conocimiento
Como ya se ha apuntado (nota 16), las nuevas tendencias holísticas han traído consigo un sorprendente reencuentro con conceptos de antigüedad milenaria. Lo evidencian títulos de obras como Gaia o El tao de la física. Por supuesto que esto debe encuadrarse históricamente dentro de un fenómeno generalizado desde los años 60: El redescubrimiento de las Ciencias Tradicionales, también conocido como “fenómeno New Age”[17]. Oriente ha sido, hasta ahora, la principal fuente de prácticas y sistemas de conocimiento tradicionales, y no porque este proceso sea orientalista en esencia, sino por la sencilla razón de que en occidente las Ciencias Tradicionales fueron extinguidas hasta apenas dejar rastro, mientras que en Asia muchas de ellas continúan vivas porque nunca se ha llegado a interrumpir del todo la línea de transmisión intergeneracional. La retroalimentación y el enriquecimiento mutuo entre los trabajos de científicos holistas occidentales y el resurgir de los sistemas de conocimiento de raíces ancestrales se dan de forma natural, puesto que estos últimos son, en esencia, holísticos. Veamos algunas de las características comunes a todos los sistemas de tradición ancestral:

-Importancia de la intuición e integración del aprendizaje en la experiencia vivencial: Contrariamente a lo que se suele creer, el empirismo es mucho más importante en las Ciencias Tradicionales que en la Ciencia Moderna. No sólo es fundamental en su producción intelectual, sino también en su aprendizaje: Los sistemas tradicionales no pueden transmitirse por vía escrita más que de un modo incompleto e ineficaz. La transmisión debe ser directa y el aprendizaje indesligable de la propia experiencia vital para el correcto desarrollo de las capacidades suprarracionales o “intuición intelectual” (GUÉNON, R. 2001).

-Herramientas para abordar la fenomenología sutil: La complejidad y fineza del pensamiento es otra característica de las ciencias de antigüedad ancestral. La dialéctica, por ejemplo, acaso el concepto más sutil de la filosofía occidental moderna, es de antiguo conocida y plenamente desarrollada por el taoísmo, el yoguismo, el chamanismo americano, o las prácticas sufíes[18]. Todos estos sistemas poseen un lenguaje y un código interpretativo aptos para el análisis y el trabajo sobre lo que más arriba llamábamos puntos ciegos de la ciencia, y en lo sucesivo “fenomenología sutil”.

-Ecología profunda: El pensamiento de todas las culturas ancestrales es ecológico, organicista. La base sobre la que se construyen las Ciencias Tradicionales, y lo que les da sentido, es siempre la búsqueda del equilibrio, la armonía, y el bienestar de todos los seres[19]. Aunque en ciertos casos hayan podido sufrir introyecciones en otro sentido tras siglos de coexistencia con la sociedad patriarcal, los planteamientos de base siguen siendo profundamente ecológicos. Todo lo contrario ocurre con la Ciencia Moderna, que puede emplearse indistintamente para fines benéficos o lucrativos, pero parte de unos cimientos metodológicos diseñados al servicio de la dominación cuyos efectos aún no dejan de notarse en la cualidad de su práctica y su producción tecnológica.

En ocasiones, el encuentro entre ciencia holística contemporánea y tradición ancestral se da por pura convergencia, como ocurrió con Gaia. Tras detectar evidencias de un metabolismo orgánico planetario (documentado anteriormente por el biólogo ruso Vladimir Vernadsky), Lovelock comenzó a concebir la Tierra como un ser vivo. Pero fue su vecino el novelista William Golding el que le informó de que aquella no era una idea nueva. De hecho, está presente en todas las culturas de la antigüedad, y perdura en las culturas indígenas sostenibles que aún sobreviven a la incontenible expansión de la sociedad industrial.

Otras veces se da el desarrollo en paralelo de una misma idea abordada desde diferentes sistemas, como el concepto holístico de salud y enfermedad basado en el equilibrio general del organismo, que se manifiesta a nivel físico, mental, y emocional. Así lo entienden el higienismo moderno o la Nueva Medicina Germánica de Hamer, y de igual modo la medicina tradicional china o la ciencia ayurvédica.

Por último, también hay casos de importación directa de elementos de las Ciencias Tradicionales. La escuela de psicología holística GESTALT se caracteriza porque la intuición es parte fundamental de su práctica, y la experiencia vivencial (el trabajo sobre uno mismo) lo es igualmente para su aprendizaje. Muchos de sus terapeutas han incorporado el uso del Eneagrama, un potente instrumento de análisis del carácter procedente de antiguas tradiciones centroasiáticas rescatado para Occidente por Gurdjieff (OUSPENSKY, V. 2001).

Las cualidades del universo orgánico
Los libros de texto convencionales no ocultan la dificultad de la ciencia moderna para definir la vida. En la cosmovisión mecanicista imperante, la evolución orgánica se distingue de la inorgánica básicamente por la Selección Natural (es decir, la reproducción diferencial entre organismos), lo cual lleva a pensar en la reproducción como la característica más específica y singular de la materia viva. Sin embargo esto no parece satisfacer a los propios científicos, que al abordar el tema en libros de texto y divulgación acostumbran a presentar, con aparente desconcierto, una lista de propiedades de la vida entre las que destacan la reproducción, reconociendo siempre la carencia de una definición aceptable. Estas dificultades se deben a que el mecanicismo, que continúa siendo la racionalidad dominante en la ciencia y la vida contemporáneas, despojó filosóficamente a la vida de sus cualidades esenciales. Se describen a continuación tres de ellas.


Ley de autorregulación
Conocida desde antiguo por las culturas sostenibles del planeta (SHIVA, V. 1995), esta cualidad de la naturaleza figura entre los “redescubrimientos” de un sector minoritario de la comunidad científica. Los neurólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela proponen en los años 60 que la característica definitoria de la vida es la autopoyesis, que significa la capacidad de crear y mantener su organización interna (MATURANA, H., VARELA, F. 1985) Esto supone un movimiento constante en contra de la inercia termodinámica. Como reza un viejo slogan libertario, sólo los peces muertos se mueven a favor de la corriente. Un animal puede no tener capacidad de reproducción, como la mula, y no por ello deja de estar vivo, mientras mantenga la capacidad esencial de mantener y regular su propia estructura en contra de la inercia físico-química. Los movimientos internos de un ser vivo pueden ser gatillados o condicionados por fuerzas externas, pero son determinados, a diferencia de la materia inerte, por fuerzas internas. En el momento en que la autopoyesis deja de darse en un organismo, éste muere sin remisión.

Margulis y Lovelock emplearon esta definición de vida para desarrollar la hipótesis Gaia (LOVELOCK, J. 1992, MARGULIS, L., SAGAN, D. 1996): La Tierra es un ser autopoyético porque mantiene su estructura interna muy alejada del equilibrio termodinámico (el equilibrio termodinámico es el estado de máxima entropía, en el que se han deshecho todos los gradientes). La materia de la biosfera está altísimamente organizada, y en ella coexisten sustancias tan reactivas entre sí como la materia orgánica y el oxígeno molecular, ambas presentes en grandes proporciones. Esto sólo es posible gracias a un preciso metabolismo planetario (por ejemplo, si la proporción de oxígeno atmosférico aumentara en un 2% toda la biosfera ardería sin remisión). En cambio, en el resto de los planetas, la composición química de la atmósfera y la superficie es completamente inerte, todas las reacciones químicas posibles bajo la segunda ley se han dado hasta llegar al equilibrio termodinámico.

La autorregulación es observable en todos los sistemas y subsistemas orgánicos, desde la bacteria hasta el planeta Tierra, lo cual nos lleva a la siguiente ley.


Ley de integración
El fenómeno de la autopoyesis, en sí mismo, no entra en contradicción a priori con el mecanicismo y la termodinámica clásica. Como ya se ha explicado, lo que caracteriza a un ser vivo es que mantiene su estructura interna muy alejada del equilibrio termodinámico, pero lo realiza, en teoría, a costa de acelerar la caída hacia ese equilibrio en el exterior[20]. Sin embargo, al incorporar la cualidad que se describe a continuación, nos situamos ya al borde de la superación definitiva del mecanicismo.

La integración orgánica es el acoplamiento estructural de varios sistemas autoorganizados para conformar un sistema autoorganizado mayor, y es un fenómeno tan inherente a los seres vivos como la propia autopoyesis. Cada organismo en su estado natural está plenamente integrado en su ecosistema, de tal forma y manera que su actividad participa de la organización del conjunto. El animal aislado de su mundo, consumiendo materia orgánica y produciendo CO2, sólo existe en el laboratorio. Podemos medir la energía que se libera al romper un enlace carbono hidrógeno, pero ¿existe modo de medir la contribución del movimiento animal a la organización del ecosistema y por tanto al almacenamiento de energía útil para realizar trabajo? La cascada de interacciones que desata la acción de un organismo excede con mucho la capacidad de síntesis de cualquier fórmula, siempre y cuando las relaciones entre las diferentes especies se den, como ocurre en la naturaleza, con una coherencia de conjunto que mantiene al ecosistema en un equilibrio dinámico altamente organizado. Cada ser vivo no sólo se autoorganiza sino que contribuye a la organización del sistema al que pertenece. A su vez, siguiendo la hipótesis Gaia, cada ecosistema estaría contribuyendo a la organización del metasistema que es la biosfera entera.

En el artículo Quantum jazz, la bióloga (y taoísta) Mae Wan Ho hace un viaje inverso al que acabamos de recorrer; en lugar de hacia afuera, de organismo a sistema solar, abarca la fenomenología “micro”, de organismo a partícula subatómica[21]. El cuadro general es idéntico al de Gaia: Millones de subsistemas autónomos y autorregulados en sí mismos, que al mismo tiempo actúan de manera coordinada y coherente para la autorregulación del conjunto. Los sistemas se engloban unos a otros en perfecta integración, siguiendo el mismo principio en todo el espectro de la escala espaciotemporal, desde ciclos y espacios que abarcan picosegundos (10ˉ¹² segundos) y nanómetros (10ˉ¹² metros), hasta los que abarcan años involucrando todo el espacio del organismo (y esto sin saltar al nivel de ecosistema).

En la propuesta del Doctor Máximo Sandín, esta integración de sistemas orgánicos es el motor fundamental de la evolución de la vida. El origen de las células vegetales y animales, con toda su compleja red de subsistemas macromoleculares y organulares, no puede ser explicado de otro modo, así como la formación y coordinación de los paquetes macromoleculares altamente organizados que contienen la información para el desarrollo anatómico que define a las diferentes especies (SANDÍN, M. 2006).



¿Hasta el infinito?
Si lo orgánico organiza, no sólo hacia adentro, sino también hacia afuera ¿dónde está su límite? ¿es el universo entero orgánico? ¿debe ser reformulada la termodinámica?

En este punto encontramos dos tipos de respuesta entre los científicos organicistas. Los primeros, entre los que se encuentran los creadores de la hipótesis Gaia[22], no plantean la necesidad de cambiar la segunda ley de la termodinámica, defendida con un argumento demoledor: Gaia, vista a nivel planetario, mantiene un elevadísimo grado de organización, cada vez mayor en el curso de su evolución, a costa de acelerar la dispersión de la energía de los rayos solares. Se trata más bien de un acelerador de la segunda ley, porque transforma la luz solar en calor y otros estados más disipados de la energía, a base de generar estructuras superorganizadas en su interior. Nos presentan un universo clásico, mecánico, que sigue su camino irrevocable hacia su tumba termodinámica, pero en el que se da ocasionalmente el fenómeno de la organicidad (al menos, en el planeta Tierra) con sus cualidades perfectamente reconocidas[23].

El segundo tipo de respuesta proviene del sector más vanguardista de la biofísica, que en las últimas décadas trabaja desde el replanteamiento de la segunda ley de la termodinámica. Se trata de un problema demasiado complejo para detallar aquí, donde sólo ofrecemos la aproximación intuitiva a algunos de los conceptos más básicos. Puede seguirse un desarrollo completo y preciso en el artículo What is (Schrodinger´s) neguentropy? (HO, M.W. 1994). En este artículo salen a la luz dos interesantes sesgos en la observación convencional de los procesos biofísicos.

Sesgo de resolución: En palabras de Ho, el “equilibrio termodinámico” es un concepto relativo, que depende de la resolución en tiempo y espacio de nuestra observación. Forma parte ineludible de los procesos orgánicos, pero siempre a nivel local, del mismo modo que el gradiente alejado del equilibrio. Son dos caras de una moneda que se manifiestan alternativamente en los subsistemas organizados que se engloban unos a otros.

Sesgo de escala: La distinción que se hace actualmente entre el “mundo cuántico” (para la que se aceptan todo tipo de maravillas y fenómenos contrarios a la lógica convencional y concepción mecanicista del mundo) y el “mundo clásico” o macroscópico (que se sigue concibiendo de forma totalmente mecanicista) puede no ser más que una ilusión de escala. Es decir, que si pudiéramos observar la fenomenología de nuestra experiencia cotidiana, que transcurre en segundos, días, años, centímetros, metros y kilómetros, desde la perspectiva con que observamos los fenómenos cuánticos que transcurren en nanómetros y picosegundos, el resultado seguramente sería una fenomenología igualmente cuántica[24].

Estos sesgos pueden aplicarse a la observación planetaria de Margulis y Lovelock. Si a nivel de organismo el cumplimiento de la segunda ley se debe a una limitación concreta del campo de observación, es decir, a considerarlo aislado de su relación con el conjunto, ¿no podría ocurrir lo mismo con el sistema Tierra-sol con respecto al resto de la galaxia? Se trata de una incógnita que por el momento la Ciencia Moderna no puede resolver. Existen teorías acerca de la formación de estrellas, planetas, y galaxias, aceptadas por la mayoría de la gente como verdades comprobadas, pero lo cierto es que son esencialmente especulativas. De hecho, existen otros modelos de teoría planetaria que dan una categoría orgánica al universo (OUSPENSKY, V. 2001), pero excederían el propósito y el espacio de este artículo.

Bien sea la organicidad un principio universal, o bien esté limitada a la biosfera terrestre, lo cierto es que vivimos inmersos en ella. Sin embargo, la primera opción le da a esta un sentido y un alcance mucho más profundos, siguiendo la línea de quien puede considerarse el investigador occidental pionero del paradigma de la organicidad: Wilhelm Reich (en sus palabras, La autorregulación es posible y susceptible de una expansión universal). Una prueba de la potencia en cuanto a su concreción material de esta concepción organicista profunda, es la vida y obra social de quienes la sostienen, como Mae Wan Ho o el propio Reich (este tema se abordará más adelante).

En la interpretación profunda del paradigma de la organicidad, la formulación original de la segunda ley de la termodinámica no es más que la consecuencia de las cinco tendencias metodológicas expuestas al inicio de este trabajo: El análisis aislado de las partes, la máquina como modelo del universo, el abandono de lo no mensurable cuantitativamente, la ruptura radical con las tradiciones y conocimientos ancestrales (es decir, todas las culturas no occidentales, por lo general bien conscientes del concepto de organicidad), y el deterioro de la intuición intelectual.


Ley de la diversidad
Hasta ahora hemos mencionado dos aspectos de la organicidad, que son la autoorganización o autopoyesis de los sistemas, y la integración de unos sistemas en otros (es decir, la acción coordinada y coherente entre diferentes sistemas autoorganizados de forma que forman en conjunto un nuevo sistema autopoyético). Existe un tercero igualmente importante e indesligable de los anteriores que es la diversidad. La autorregulación orgánica se manifiesta siempre en la presencia de una enorme heterogeneidad de formas y funciones desde el nivel molecular hasta el de ecosistema. La homogeneidad es en cambio característica de la entropía: El estado de máxima entropía es la desintegración de los gradientes, de las diferencias, la homogeneidad de las especies químicas. En un ecosistema, la pérdida de biodiversidad supone siempre un aumento en la entropía, un debilitamiento de su capacidad dinamizadora de materia y energía. En la práctica holística de relación con la Tierra conocida como permacultura, se emplea un aforismo que recoge perfectamente la relación entre diversidad y autorregulación: Monocultivo=Monoplaga. Policultivo=Poliplaga=Equilibrio.

Introduciremos aquí un concepto útil que denominaremos diversidad real o diversidad orgánica, que es el conjunto de elementos integrados orgánicamente en un sistema. Este concepto se aplica comúnmente cuando se habla de biodiversidad de un ecosistema: Por ejemplo, no se consideran parte de la biodiversidad de un bosque los perros, hámsters, y otras mascotas de las familias que se construyen chalets en él. Aquí se aplicará esta lógica para cualquier tipo de sistema, desde una célula hasta una sociedad humana.


Fenomenología sutil
Aunque no vamos a ahondar en este polémico aspecto, no puede dejar de mencionarse que la metodología convencional de la Ciencia Moderna sólo reconoce ciertas formas de energía e información. Estas formas son las únicas que figuran en las formulaciones matemáticas que se discuten en el mundo académico, y en general, bajo el paradigma dominante, se vive, piensa, y actúa como si no existiera ninguna otra. El Qi o energía vital, tan importante para la ciencia y la medicina tradicional china, o la memoria molecular del agua en la que se fundamenta la preparación de los medicamentos homeopáticos, son conceptos considerados poco menos que ilusorios.

Ya se ha comentado que el paradigma dominante en su pretensión de objetividad etiqueta como “pseudociencia” a todo concepto o sistema de conocimientos que no esté definido en sus propios esquemas, lo cual incluye a la totalidad de las Ciencias Tradicionales, tanto orientales como occidentales. Esta clasificación excluyente se lleva acabo de modo sistemático y en contra de cualquier tipo de evidencia empírica, como pueden ser, siguiendo con los ejemplos escogidos, la testación por resonancia electromagnética de los meridianos de energía en el cuerpo humano, o los resultados médicos de la práctica homeopática. Wilhelm Reich detectó experimentalmente una energía universal a la que denominó Orgón, por haber sido descubierta estudiando la fisiología del orgasmo (REICH, W. 1995). El hallazgo fue publicado e incluso fotografiado, y diferentes investigadores han reproducido los resultados posteriormente[25].

El orgón no difiere conceptualmente en nada del Qi de la Ciencia Tradicional China o el Prana de la Ciencia Tradicional Hindú, por lo que es razonable asumir que son en realidad la misma cosa. De nuevo, diferentes tradiciones y líneas de investigación modernas convergen entre sí, describiendo fenómenos ignorados por el paradigma reduccionista dominante. Dentro de las cualidades de la organicidad, asumiremos como corolario, por el momento y a falta de un desarrollo más preciso, la presencia de formas de energía e información no reconocidas por la Ciencia Moderna y la racionalidad dominante contemporánea.


3. PARADIGMA Y REALIDAD
"La evolución consciente es la única posible. Nada evoluciona de forma mecánica. Sólamente la degeneración y la destrucción proceden mecánicamente."
La sintomatología del progreso
Entendemos que un paradigma de pensamiento implantado en una sociedad adquiere una consistencia material propia, y se retroalimenta dialécticamente con la práctica social. Es un elemento del sistema tan físico y real como la producción económica[26].

Una vez asimilado, el paradigma dominante cumple la función para la que en su origen fue diseñado conscientemente, sin necesidad de que quienes lo materializan en la práctica sean conscientes de dicha función, que en este caso no es otra que la dominación sobre la naturaleza, la mujer, las clases inferiores, y las culturas no occidentales (SHIVA, V. 1995, 2001). Su mecanismo de acción es la eliminación de la autorregulación, la integración orgánica, la diversidad, y la fenomenología sutil de nuestro código interpretativo, que es prácticamente lo mismo que eliminarlas de nuestra percepción. De esta forma, aunque se aluda directamente a ellas continúan sin ser percibidas por la simple razón de que no se comprende su significado.

La sociedad basada en relaciones de dominación es históricamente anterior al paradigma, pero tras la implantación de este último se ha intensificado exponencialmente en el tiempo y el espacio, expandiendo su influencia por todas las áreas geográficas, ecosistemas, sociedades humanas, y aspectos de las relaciones sociales, la producción económica y la vida cotidiana que hasta entonces habían permanecido en alguna medida protegidas. A este proceso expansivo se le ha designado publicitariamente el nombre de progreso, denominación que cumple la función de ocultar su verdadera cualidad al identificarlo con una supuesta mejora en las condiciones de vida (y, por supuesto, sin especificar la vida de quién)[27].

Aunque podamos rastrear el origen de este fenómeno expansivo (por simplificar, progreso a partir de ahora) en la historia antigua, lo cierto es que en los últimos 500 años, coincidiendo con el paradigma reduccionista del occidente moderno, ha alcanzado, desde una perspectiva planetaria, el nivel de metástasis. Entendiéndolo, sin juicios de valor, como una dinámica de crisis (o evento de transformación, si trasladamos el principio holístico de enfermedad en organismos al planeta como ser orgánico), estamos ahora en condiciones, tras lo expuesto anteriormente, de identificar sus síntomas.

Eliminación de la diversidad: Se manifiesta en dos vertientes, la eliminación de la biodiversidad y la eliminación de la diversidad cultural. Sobre la primera no parece necesario insistir, pues es de sobras conocida la extinción masiva de especies que tiene lugar en la actualidad, si bien la gravedad del fenómeno sólo es comprendida comúnmente a nivel emocional. La segunda requiere, en cambio, de ciertas aclaraciones.

La evaluación de la diversidad cultural de una región puede llevar a confusión si no se toma en cuenta las diferentes categorías de diversidad. Al igual que en el mundo natural encontramos diferentes categorías o taxones (orden, familia, género, especie, subespecie…) en función su parentesco, este concepto se puede aplicar de manera análoga para cualquier elemento cultural. Por ejemplo, el continente europeo puede aparentar gozar de una enorme diversidad cultural, pero en realidad todas sus lenguas y dialectos, a excepción de las urálicas y el euskera, pertenecen a una sola superfamilia lingüística. Posee apenas tres sistemas metafísicos integrados en sus sociedades (católico, protestante, y mecanicista), y los tres, muy emparentados, pertenecen a estados muy avanzados del desarrollo del patriarcado o sociedad de la dominación. Con ligerísimas variantes, existe un único modelo de familia y sistema de parentesco, nucleado en la pareja monógama, y, con la excepción de los lapones, han desaparecido todas las culturas indígenas medianamente integradas de forma orgánica en la naturaleza[28].

La lengua es quizás el elemento cultural en el que es más fácil visualizar las categorías de diversidad. Por ejemplo, sólo en el estado de Oaxaca, México, encontramos más familias lingüísticas que en todo el continente europeo, y en Nueva Guinea la densidad es aún más alta, con áreas de 50 km de radio que contienen un número todavía mayor de familias. Se trata de un indicador interesante, pues en palabras de la paleolingüista Johanna Nichols la máxima diversidad lingüística se da en zonas tropicales, costeras, y sin historias imperiales duraderas. La mínima se da en zonas secas o bien estacionales de altas latitudes, y donde ha habido estados o imperios por largo tiempo (NICHOLS, J. 1995). Esta correlación inversa entre diversidad lingüística y desarrollo de la sociedad de dominación puede aplicarse al resto del acervo cultural.

La eliminación de diversidad, y en concreto la homogenización cultural, es un síntoma específico del progreso, que alcanza su máximo desarrollo en Europa y EEUU[29]. En los últimos 500 años este síntoma se ha disparado por todo el planeta con la expansión colonial y post colonial de los estados europeos, y actualmente de las grandes corporaciones transnacionales, que han supuesto la aniquilación de incontables culturas, bosques, y poblaciones humanas y animales.

La falta de comprensión acerca de la función primordial de la diversidad como base de la autorregulación afecta de lleno a los medios de producción. El 90% de las variedades de cultivo del planeta ha desaparecido con el advenimiento de la agroindustria a lo largo del siglo XX, con un profundo impacto en la autorregulación de los ecosistemas humanizados, concretamente en el control de plagas y la desertización. Esta desaparición de diversidad, lejos de detenerse, experimenta un nuevo avance a raíz de la implantación de la tecnología transgénica (SHIVA, V. 2001). Los controles de calidad no tienen en cuenta la riqueza que genera la diversidad en torno al origen de un producto. Por ejemplo, en la leche el principal control de calidad se basa en el conteo de colonias bacterianas por mililitro (evidentemente se considera que cuantas menos bacterias mejor), y el resultado es que las leches procedentes de vacas estabuladas y alimentadas con pienso obtienen la máxima categoría. La leche de pasto procede de una alimentación diversa en especies vegetales y una vida sana, pero esta riqueza no se veía reflejada en los controles de calidad, que en España la relegaron hasta casi su extinción total, y sólo muy recientemente, tras décadas de lucha por una reglamentación favorable a los productos ecológicos, ha comenzado tímidamente a resurgir.

Agresión a los procesos de autorregulación: Síntomas de progreso son las normas sociales, hábitos de conducta, e intervenciones agresivas que limitan o paralizan los procesos de autorregulación de la fenomenología orgánica en beneficio directo o indirecto de la acumulación localizada de dinero y poder político, o, en jerga económica, la generación de plusvalía. Todas las sociedades históricas y actuales basadas en relaciones de dominación siempre se han construido sobre conductas culturales que bloquean de una forma y otra el desarrollo natural de la sexualidad (entendida en un sentido amplio), que es la más importante base fisiológica de la sociabilidad humana (RODRIGÁÑEZ, C. 2007).

En la agricultura, que está en la base de la producción humana, se ha pasado de los métodos medianamente agresivos de la agricultura tradicional, a unos altamente agresivos con el advenimiento de la llamada “revolución verde” en la segunda mitad del siglo XX, de graves consecuencias para la autorregulación de los ecosistemas humanizados, como la desertización, mayor impacto de las plagas, contaminación de las aguas, y pérdida de recursos naturales periféricos entre otras. Estos trastornos han sido, después de la guerra, el segundo factor causal más importante de las grandes pandemias de hambre que han asolado el planeta durante los últimos 50 años (SHIVA, V. 2001). El siguiente paso, la intervención a nivel molecular de la base de la economía alimentaria globalizada, comenzó hace una década y el alcance de su impacto es aún impredecible.

En la salud, ontogenia, y desarrollo personal, las intervenciones, hábitos, y normas impuestas contra los procesos de autorregulación del organismo son innumerables, procedentes de campos tan diversos como la medicina general, la psiquiatría, la obstetricia, la pediatría, la educación, la formación académica, la religión, y el trabajo asalariado por citar algunos (RODRIGÁÑEZ, C. 2007). El sistema educativo juega un importantísimo papel, eliminando el tiempo libre necesario para la autorregulación del desarrollo en la infancia y la adolescencia, homogeneizando por edades la diversidad natural de procesos de crecimiento, y programando la actividad diaria de forma mecánica (FLÓREZ, I. 2008).

En el plano gaiano, podemos redefinir el cambio climático como un debilitamiento de la capacidad autorreguladora del planeta debido a la desintegración metastásica de importantes ecosistemas como los bosques o las praderas marinas, y elementos geológicos de función desconocida como los pozos de petróleo.

Mecanización: El proceso por el cual se limita progresivamente la capacidad de autorregulación de un organismo puede ser apropiadamente denominado mecanización. Un organismo se distingue de una máquina ante todo por su capacidad de autorregulación e integración, y su diversidad de formas y funciones. Íntimamente relacionados con estos aspectos son la no rigidez y el cambio o evolución coherente. La máquina necesita asistencia externa para su mantenimiento, y su actividad es determinada y programada por fuerzas externas. Además, genera grandes cantidades de entropía durante su fabricación, funcionamiento, mantenimiento, y reciclaje, por no ser un elemento integrado orgánicamente. Un niño, niña, hombre o mujer que ve mermado hasta el mínimo su capacidad de autorregulación, se equipara en comportamiento a una máquina.

Típicamente, la persona mecanizada presenta todo tipo de rigideces a nivel mental, emocional, y físico que consumen gran parte de su economía energética. Al detectar estas rigideces, Reich acuñó el término “coraza caracteriológica-muscular” (REICH, W. 2005). De la mano de este acorazamiento se da también un crecimiento hipertrófico del inconsciente y una reducción proporcional del psiquismo consciente, por lo que las personas se vuelven cada vez más inconscientes de su propia realidad a lo largo de su desarrollo. Casi omnipresentes en este contexto son un tipo de rigideces que solemos denominar “adicciones”, que desencadenan invariablemente la producción de grandes cantidades de entropía. Del mismo modo la práctica agroindustrial mecaniza la tierra y las especies de cultivo al eliminar sus vías naturales de autorregulación, dependientes de la diversidad que es también eliminada. Las especies cultivadas se vuelven así altamente dependientes de la intervención externa (FUKUOKA, M. 1999).

Desintegración orgánica: Integración y Autorregulación son un mismo fenómeno observado a diferentes escalas. Integración hace referencia a las relaciones entre los elementos que conforman un sistema, y autorregulación se refiere a un sistema como unidad. El paradigma reduccionista actúa desde la ignorancia fáctica de este fenómeno, ejerciendo una influencia decisiva sobre la vida cotidiana, la planificación social, y la cualidad de la producción tecnológica. El resultado de toda actividad no integrada es la producción de entropía.

En las relaciones sociales, la expresión más radical de la no integración es el individualismo, en el cual, a través de la competencia, se basa todo nuestro sistema socioeconómico (ABDALLA, 2007). El comportamiento no cooperativo y la economía individualizada suponen un derroche energético extenuante para la mayoría de las personas y para los ecosistemas. El individualismo alcanza a su vez su versión más desarrollada en la que es también la máxima expresión de la no integración en la relación con los medios de producción: La ciudad moderna, megaestructura que subsiste mediante el vampirismo energético de la naturaleza y la energía vital de las personas.

Aquí el progreso ha generado un tipo especial de materia no integrada orgánicamente en el ecosistema humanizado, que se denomina basura. La basura, tal y como se concibe hoy, tiene una aparición muy reciente en la historia de la humanidad. En la naturaleza no existe la basura, ya que la materia está dinamizada, en reciclaje constante, viajando de uno a otro de los elementos integrados del sistema (agua, suelo, bacterias, hongos, plantas, animales), y lo mismo ocurre en los sistemas agrarios y tecnológicos tradicionales. La extracción y traslado de materia de este sistema dinámico a un sistema inercial, acumulativo, actúa como homogeneizador de la diversidad natural de cualidades y funciones: Lo que era una multitud diversa de seres y objetos, pasa a ser una sola cosa: Basura.

Tanto el comportamiento no cooperativo como la producción de basura son, como siempre, síntomas que alcanzan sus cotas más altas en los países más avanzados del progreso (de más a menos Estados Unidos, Europa, Japón…).

Todo elemento no integrado orgánicamente en un sistema genera entropía. En consonancia con la metafísica del omnipresente paradigma mecanicista, según la cual toda transformación energética implica un aumento de entropía, nuestro sistema agrario, nuestro sistema sanitario, urbanismo, arquitectura, organización social, actividad industrial, nuestro modelo socioeconómico… son todos ellos poderosos generadores de entropía. Y todos ellos se hallan bajo una dinámica mecánica, inercial, ascendente en progresión geométrica, en lo que ha sido definido como Crisis de la entropía[30] (RIFKIN, J.1990). Manifestaciones por excelencia de la entropía que genera el progreso son la basura, la polución, y la toxicidad.

Toxicidad: Una toxina es una sustancia no integrada orgánicamente en el sistema donde se aloja. Genera por tanto entropía, y a partir de determinadas cantidades debilita la capacidad autorreguladora del sistema. Este principio se puede aplicar de forma no dualista a todas las manifestaciones de la materia, la energía, y la información. Así, existen las toxinas químicas (productos industriales), físicas (radiaciones), emocionales (traumas, miedos inconscientes), psíquicas (saturación de datos, engaños, pensamientos parásitos), todas ellas procedentes en última instancia de agresiones al sistema orgánico en cuestión[31] (ya sea célula, organismo, o ecosistema).

El sistema orgánico se depura de toxinas bien drenándolas, bien metabolizándolas, o bien atrapándolas en tejidos especializados, actividades todas ellas que consumen grandes cantidades de energía. La eficacia de estos sistemas tiene un límite, y las toxinas se van acumulando en diferentes lugares, ensuciando y afectando al rendimiento autorregulador del conjunto. Y esto es lo que ocurre en el organismo humano: Por un lado, la depuración de las toxinas químicas y el stress psíquico y emocional consumen cantidades ingentes de energía y generan un estado crónico de desvitalización (anorgonosis, en terminología reichiana), y por otro la suciedad del sistema afecta a su rendimiento (por ejemplo, la suciedad del epitelio intestinal impide la correcta asimilación de los nutrientes). Esto nos hace vivir en un estado de sobredemanda energética que multiplica nuestra tasa de consumo de recursos (por ingesta masiva de hidratos de carbono, proteína, y grasas) y acelera de este modo la producción de entropía. Aunque se diga a menudo que estamos sobrealimentados, lo cierto es que en realidad estamos intoxicados, y nos proveemos un aporte energético acorde con nuestras necesidades[32].

La depuración tóxica es un proceso complejo que en ocasiones altera el equilibrio de las poblaciones microbianas generándose lo que llamamos infección. El comportamiento social mecanizado aporta la rigidez necesaria (por ejemplo, la obligación de acudir al puesto de trabajo sobre casi cualquier circunstancia) para interrumpir este proceso autorregulador de desintoxicación.

La alteración de las poblaciones microbianas recibe el nombre de infección en los organismos, y en el caso de los ecosistemas se llama insalubridad. En ambos casos, hay dos soluciones básicas[33]: Detener el flujo tóxico (en todas sus manifestaciones) para hacer posible la restauración del equilibrio del sistema, o bien destruir los microbios con productos tóxicos, lo cual traslada de lugar el problema, además ser una solución evidentemente provisional ya que no trata la causa que está enfermando, y por tanto la enfermedad seguirá manifestándose de una u otra manera.
Enfermedades crónicas y degenerativas: El resultado concreto de la mecanización y la intoxicación física, mental, y emocional de la población humana es la producción masiva de enfermos crónicos, altamente manipulables y dependientes del sistema sanitario, el consumismo compulsivo, y otras costumbres e instituciones generadoras de poder y plusvalía (LANCTOT, G. 2002).

A lo largo del siglo XX, el cáncer ha multiplicado por 20 su incidencia (medida en muertes por cada mil habitantes), y sigue en aumento. Encontramos números similares para enfermedades coronarias, psiquiátricas (especialmente depresión y esquizofrenia), y degenerativas en general. En el plano emocional, se manifiestan los sentimientos crónicos de soledad y sufrimento; en el mental la neurosis y la psicosis, y en el físico la degeneración de los tejidos. Todo ello se puede resumir como desvitalización.[34]

Estas realidades se mantienen en un estado de invisibilidad latente. El principio de manipulación histórica y propaganda del progreso que monopoliza los medios de comunicación, la docencia, y libros de texto, vende con efectividad la imagen de una mejora en la calidad de vida con el desarrollo de la moderna civilización occidental. La literatura médica y científica, por extensión de este principio, oculta y tergiversa la información relacionada con la evolución de la salud y la enfermedad en la sociedad moderna, (ILICH, I. 1975, MARÍN, J.M. 2007, LANCTOT, G. 2002).

Alejamiento de la naturaleza: Estas cuatro palabras resumen todo lo expuesto anteriormente. En la medida en que nos separamos de la naturaleza, acontece todo lo demás: Entropía, desintegración, toxicidad, basura, individualismo, cronificación de enfermedades... Esto no significa que la salud y el equilibrio supongan renunciar a la tecnología, sino que habría que cambiar la cualidad de la tecnología producida. Desde la revolución industrial, toda la tecnología producida en masa es de carácter entrópico, pero existen campos de investigación y práctica alternativos (permacultura, bioconstrucción, energías libres), amén de gran cantidad de técnicas tradicionales perfectamente armónicas con el medio.

El principio de tecnoadicción que desarrolla Stephen Boyden en su análisis biológico de la historia, pone de manifiesto que las “soluciones versátiles de la vida moderna y el progreso tecnológico” que consumimos habitualmente, en realidad lo que solucionan son problemas que el mismo progreso creó en algún punto de su historia. Además, cuando una tecnología se implanta, rápidamente la sociedad se hace adicta a ella, en el sentido de primera necesidad, lo cual nos da una idea (entendiendo la adicción como rigidez) de la profunda mecanización inercial en la que vivimos (BOYDEN, S. 1987).

Pero el alejamiento de la naturaleza supone, ante todo, el aislamiento de las energías sutiles que por ella fluyen, y que generan movimiento de materia y energía en contra de la inercia termodinámica de la entropía.

Finalmente, tras todo este acecho a la fenomenología orgánica y la sintomatología del progreso, quizás ahora nos encontremos más cerca intuitivamente a la cuestión que se planteaba al comienzo del segundo apartado de este trabajo: ¿porqué todo lo que fabricamos por procesos industriales (fibras sintéticas en contacto con la piel, productos químicos en la comida, y agricultura, electrodomésticos que emiten radiaciones, coches que emiten gases tóxicos, etc.) es nocivo para la salud y el medioambiente?


Maternidad y ecología
El título de estos cursos hace referencia a la íntima relación y correspondencia existente entre la fenomenología a nivel de organismo (salud) y la fenomenología a nivel de ecosistema o incluso planetario (ecología).

La racionalidad y tradición intelectual del occidente moderno, siempre tendente al análisis de las partes aisladas de su contexto tanto en el plano físico (por medio de las creación de las denominadas “condiciones de laboratorio”) como en el abstracto (por medio de la sobreespecialización de las disciplinas de estudio), ha empañado en gran medida la capacidad de percepción de este tipo de correspondencias[35]. Las jergas y códigos interpretativos de las diferentes disciplinas de investigación carecen de elementos útiles para abordarlas. La extrema pobreza de visión de conjunto que consecuentemente se genera, ha tenido y sigue teniendo un profundo impacto tanto en el ámbito de la maternidad como en el de la ecología. En el paradigma de la organicidad, en cambio, salud y ecología son inseparables, porque como homólogos o sinónimos de autorregulación e integración, son en realidad un mismo fenómeno visto a diferentes escalas. Solo se autorregula lo que está integrado, y sólo se integra lo que está autorregulado; salud y ecología dependen mutuamente una de la otra.

La maternidad ocupa un lugar central en esta interrelación. Es la función biológica más determinante de las primeras fases del desarrollo ontogénico, y por tanto de la salud, la formación de la psique, y la capacidad socializadora (es decir, la capacidad de establecer relaciones humanas de integración orgánica). La sociedad del progreso, o sociedad de la entropía, sólo es posible desde la mecanización de la maternidad, debido al inmenso potencial autorregulador e integrador de ésta. El debilitamiento de este potencial se da de tres formas (RODRIGÁÑEZ, C. 2008):

-La intervención agresiva directa sobre los procesos de autorregulación en la maternidad y la crianza, que tiene lugar en la práctica ginecológica, obstétrica, y pediátrica, así como en las normas sociales y familiares estandarizadas. La sociedad occidental moderna es la más intervencionista y menos respetuosa con la función biológica de la maternidad y la crianza natural.

-La mecanización de la propia mujer a través del bloqueo al desarrollo de su sexualidad. La intervención en los procesos de autorregulación en el desarrollo de la mujer se da de la misma manera que en el hombre (a través de las prácticas institucionalizadas durante la etapa primal, de la educación durante la infancia, y de la apropiación de la salud por la clase médica durante toda la vida) pero con un mayor énfasis en el desarrollo de sus funciones sexuales. El mecanismo principal es la desaparición de la sexualidad materno-infantil y la función sexual del útero de nuestro código interpretativo, y por tanto, de nuestra percepción. La sexualidad materno-infantil era, nuevamente, un fenómeno bien conocido en todas las culturas antiguas, incluso en las primeras sociedades de la dominación, donde la represión de esta función autorreguladora se realizaba por medio de la fuerza. A través del tabú del sexo ha ido desapareciendo poco a poco de la mentalidad y las expresiones culturales, hasta llegar a su invisibilidad más absoluta con el paradigma reduccionista de la civilización moderna. Una vez más, el pionero organicista Wilhelm Reich ya estableció la desvitalización del útero y la sexualidad materno-infantil como raíz y piedra angular de la desarmonía y entropía social.

-Alejamiento de la naturaleza y desintegración del tejido social en el medio urbano e individualista. La maternidad, al igual que cualquier proceso biológico, cumple su función ecológica de integración en un contexto orgánico, que no puede realizarse en un contexto de no integración en las relaciones de sus elementos. La organización social individualista hace que la crianza sea costosísima energéticamente para madres y padres, y el alejamiento del contexto natural en el que toda la materia es reciclada y dinamizada genera grandes cantidades de basura y toxicidad en forma de pañales, plástico, y productos de limpieza entre otros. Pero por encima de la falta de apoyo material que proporcionaría una comunidad, está el stress psíquico generado por la sensación de inseguridad y soledad, acentuados por el ostracismo social que conlleva la práctica de la maternidad en este medio. A su vez, el bloqueo de la función maternal favorece la formación de psiques reproductoras del orden social competitivo e individualista (ROGRIGÁÑEZ, C. 2008).

Vemos aquí una relación recíproca de retroalimentación entre maternidad y ecología: La degeneración de las relaciones humanas debilita a la maternidad, y a su vez la degeneración de la maternidad debilita las relaciones humanas (desde la perspectiva organicista, entendemos las relaciones humanas como parte de la ecología).

A nivel físico, psíquico, y emocional existe, por un lado, una cierta homología entre la relación con la madre y la relación con el propio cuerpo o integridad física, y por otro, entre la relación con el cuerpo y la relación con la Madre Tierra[36].

La primera de estas homologías ha sido ampliamente documentada a lo largo de las cinco anteriores ediciones de estos cursos. Los estudios epidemiológicos de Michel Odent muestran una correlación estadísticamente significativa entre circunstancias concretas del embarazo, parto, y etapa primal (los episodios de relación más intensa con la madre) y procesos autodestructivos en la edad adulta como alcoholismo, drogadicción, anorexia, criminalidad, o suicidio (ODENT, M. 2001). Odent explica que la capacidad de amar, que evidentemente implica la capacidad de amarse a uno mismo, depende en gran medida del desarrollo durante la etapa primal; afirmación que viene apoyada por una extensa literatura científica sobre neurofisiología del desarrollo y un consistente cuerpo de datos experimentales (RODRIGÁÑEZ, C. 2008). Destacaré aquí el trabajo de Nils Bergman, por su esclarecedora síntesis de información procedente de la neurología, la pediatría, y la biología evolutiva (BERGMAN, N. 2005).

En cuanto a la segunda homología, en estos tiempos en los que tanto la salud de nuestros cuerpos como la de la Madre Tierra reciben una agresión constante, resulta muy sencillo de comprobar observando cualquiera de nuestras acciones cotidianas. Como pequeño ejercicio, podemos repasar una a una las opciones de la siguiente lista y reflexionar sobre la cualidad de su efecto en nuestra salud psíquica y física, por un lado, y en la ecología por otro:

-Comer productos naturales frescos, locales, y de temporada / Comer productos procesados industrialmente, importados, y/o embalados en plástico
-Usar la bici, subir las escaleras / Usar el coche, coger el ascensor
-Gozar de una lactancia prolongada / Alimentarnos con leches especializadas de origen industrial

Se han escogido ejemplos de fácil visualización, pero una reflexión a nivel profundo del contenido aquí expuesto debería llevarnos a las siguientes conclusiones: 1-Toda agresión a la salud es también una agresión ecológica, y viceversa; y 2-Toda agresión a la relación con la madre es una agresión a la salud y a la ecología, y viceversa. Por tanto la restauración del equilibrio en la salud, la maternidad, y la ecología son completamente indesligables entre sí, y se necesitan mutuamente. La plena recuperación funcional de la maternidad y la sanación de las relaciones sociales y ecológicas requiere de una evolución consciente, de la cual el cambio de paradigma planteado en este artículo es sólo una parte, y que actualmente ha comenzado a darse en las siguientes direcciones:

-La creación de comunidades humanas con sueños y objetivos comunes para la restauración de los lazos comunitarios, necesarios para la salud de las personas y el planeta. El desarrollo de relaciones dinámicas de apoyo y cooperación entre estas comunidades, para la consolidación de una auténtica red de tejido social integrador.

-El respeto por los procesos orgánicos de autorregulación, en la consciencia y cuidado de la salud física y psíquica. La eliminación progresiva de las intervenciones agresivas en éstos, procedentes de la medicina, la programación escolar, el trabajo, o las normas sociales de convivencia estipuladas en diversos ámbitos. La protección de los espacios naturales de las agresiones urbanísticas e industriales, en la consciencia y cuidado de la salud planetaria.

-El desarrollo tecnológico no entrópico, integrado y que no provoque un alejamiento de la naturaleza. Recuperación de tecnologías tradicionales y desarrollo de otras nuevas en campos como la permacultura, la bioconstrucción, o las energías libres.

-El regreso al medio rural, o bien la transformación del medio urbano de forma que recupere el contacto con la naturaleza y formas comunitarias de organización y convivencia, que es la única manera de no caer en una espiral ascendente de generación de entropía (basura, toxicidad, enfermedades crónicas).

-El trabajo personal y grupal para la desmecanización y desintoxicación de cuerpos y mentes, la liberación de la percepción y la sensibilidad, y la restauración de la salud. El trabajo por la reconexión con el pulso de la Madre Tierra y la recuperación de la consciencia y funciones del útero y la sexualidad materno-infantil.

-El trabajo personal y grupal para la sanación de todas nuestras relaciones, con las personas y con la naturaleza.

Y para terminar, dos apreciaciones personales. La primera es acerca del trabajo personal de desmecanización, desintoxicación, y sanación de las relaciones. Desde mi perspectiva lo concibo, igual que Reich, básicamente como un trabajo de desbloqueo. Si es cierto que eso que se ha venido llamando fuerza vital, orgón, Qi, o amor universal, es una energía que desata movimientos en contra de las fuerzas inerciales de destrucción y degeneración, entonces la clave del trabajo es la descongestión de todo aquello que bloquea de su flujo. Todo lo demás, vendrá dado.

Por último, quisiera resaltar un aspecto particularmente bello del paradigma de la organicidad (o, como también se ha denominado, ecología profunda), y es su total y absoluto universalismo. En las tradiciones más ancestrales de nuestros lejanos antepasados la salud no se concibe como algo aislado, sino como la salud de la Tierra y todos los seres que en ella habitan, sin hacer distinción entre seres humanos, plantas, y animales. Así lo representan expresiones que han llegado hasta el presente:


Por todas nuestras relaciones (Rezo universal de la Rueda de Medicina de los nativos americanos)

Que todo el mundo sea feliz. Que todo el mundo esté sano. Que todas las cosas sean santas. Que nunca haya desarmonía de ningún tipo, en ningún lugar. (Rezo ayurvédico)

El sentido y mensaje de estos rezos es exactamente el mismo que lanzó Wilhelm Reich al decir la autorregulación es posible y susceptible de una expansión universal. En el apoyo de este mensaje y este rezo se cierra el presente trabajo.

Por todas nuestras relaciones.

Vistabella, 10 de abril de 2009.


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Notas
[1] En realidad esta tradición intelectual tuvo su primera expresión en una tendencia minoritaria de pensamiento entre algunos filósofos de la Grecia Clásica, que Nietzsche identificó como “escuela apolínea”, si bien en aquél tiempo las características que aquí se describen alcanzaron un desarrollo mucho menor (GUÉNON, R. 2001).
[2] Empleando las más drásticas medidas durante la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna, pero sobre todo durante la segunda, y que se prolongaron hasta los albores del siglo XVIII. (EHRENREICH, B. y ENGLISH, D. 1988).
[3]SHIVA, V. 1995, pp 46 a 58. Vandana Shiva, como muchos otros autores, utiliza el término “patriarcado” ó “sociedad patriarcal” para referirse a la organización social basada en relaciones de dominación. Aquí emplearemos el término “sociedad de la dominación”, para enfatizar el hecho de que no se trata únicamente de la dominación del hombre sobre la mujer y los niños, sino también sobre la naturaleza, las culturas no occidentales (en el caso de nuestra civilización), y las personas de inferior estatus social.
[4] SHIVA, V. 1995, p 47. También ABDALLA, M. 2007, p 96, citando el Novum Organum de Bacon.
[5] Esta eliminación selectiva de personas portadoras de conocimiento respondió a los intereses de la clase dominante, la Iglesia, y la nueva e incipiente profesión médica moderna (EHRENREICH, B. ENGLISH, D. 1988).
[6] Lynn Margulis, en el segundo capítulo de su libro ¿Qué es la vida? relata el papel fundamental del mecanicismo, desde los tiempos de Descartes, en el origen y desarrollo de la ciencia moderna, y la gran dificultad que ha supuesto el dominio de esta concepción inanimada de la naturaleza para abordar el fenómeno de la vida (MARGULIS, L. 1996).
[7] La entropía se define en física como el “estado de disipación de la energía” de un sistema dado, que es inversamente proporcional a “la capacidad de realizar un trabajo útil”, así como al grado de organización, porque el estado organizado de un sistema le confiere potencial para realizar trabajo, ya sea químico o mecánico. La organización permite la existencia de gradientes (coexistencia de estados de materia y energía muy reactivos entre sí) que almacenan energía. Aquí sólo disponemos de espacio para ofrecer una aproximación intuitiva a estos conceptos, que será suficiente para los propósitos del texto.
[8] La segunda ley de la termodinámica quedó definida por Boltzman en esos términos. Al comienzo del artículo El año de Darwin y Lovelock de Carlos Castro de Carranza, encontramos otro interesante relato del progresivo avance del mecanicismo frente a la concepción orgánica del mundo. Explica cómo a pesar de este imparable avance, la concepción de la Madre Tierra e incluso del cosmos como algo vivo tuvo una gran influencia en el pensamiento hasta hace poco más de un siglo (CASTRO DE CARRANZA, C. 2009).
[9]En el artículo el espíritu de la doctrina homeopática, compilado en los Escritos menores (HANNEHMAN, S. 1996).
[10] Máximo Sandín afina con gran resolución lo que él denomina las “coordenadas” socioculturales que determinaron el auge de la biología darwinista, que es en última instancia la más genuina expresión intelectual del nuevo orden social que emergió en el seno del imperio británico victoriano, conformado por el capitalismo, el colonialismo, y la industrialización. El darwinismo ha venido a constituir la legitimación metafísica del individualismo y la competencia como base de la sociedad y el desarrollo. Ver Sobre una redundancia: el darwinismo social en SANDÍN, M (2006).
[11] La fundación Rockefeller fue de lejos el principal patrocinador de la biología molecular reduccionista durante sus primeras décadas de existencia. Entre 1954 y 1966, once de los doce premios Nobel que se entregaron fueron a estudios financiados por dicha fundación. SHIVA, V. (2001).
[12] Entendemos por “holística” la epistemología opuesta al reduccionismo, en la que se abordan las partes desde la perspectiva de conjunto y no al revés.
[13] Ver, por ejemplo, Sucesos excepcionales en evolución, en SANDÍN, M. (2006)
[14] Para esta escuela, la higiene se entiende como “equilibrio entre lo entra y lo que sale”. La asepsia sería tan antihigiénica como la insalubridad, pues ambas significan desequilibrios en la población de microorganismos.
[15] MARÍN, J.M. (2007), URIARTE, X. (2002), LANDABURU, E. (1995)
[16] La dualidad partícula-onda y el hecho de que la observación determina el paso de una a otra, fue el primer concepto rompedor con el mecanicismo que el mundo subatómico puso sobre la mesa. Después vendrían muchos otros a derribar nuestras nociones más elementales de causalidad, espacio, materia, o vacío (ARNTZ, W., CHASSE, B., HOFFMAN, M. 2007) De gran significación resulta el que esta serie de fenómenos incompatibles con el paradigma tradicional de la Ciencia Moderna occidental, sean en cambio fácilmente integrables e incluso convergentes con sistemas de conocimiento tradicionales procedentes de otras culturas (CAPRA, F. 1996).
[17] Este complejo fenómeno cultural ha tenido impactos muy diversos, no todos ni mucho menos deseables desde el punto de vista de ecología social desde el que opera este trabajo. Una valoración de aspectos negativos puede encontrarse en la nota 29.
[18] Que tienen un origen muy anterior al advenimiento del Islam. Proceden de la ciencia persa y centroasiática y su origen, al igual que otras prácticas ancestrales, se pierde en la remota antigüedad. Su apabullante complejidad y sutileza se documentan en OUSPENSKY, V. 2001.
[19] La ciencia ayurvédica es abundante en formulaciones explícitas de este principio. Su práctica es indesligable del trabajo por la salud y armonía de todos los animales, plantas, y seres humanos. Ver, por ejemplo, SVOBODA, R. 2005 p 191 ó NALIN, P. 2001. Tanto el ayurveda como el tantra, el yoga, y el vedanta hunden sus raíces en las civilizaciones prepatriarcales de la India.
[20] Existe una modelización denominada “termodinámica de los sistemas disipativos” que describe el proceso factible en un marco perfectamente mecanicista (PRIGOGINE, I. 1997).
[21] Este es el campo de observación que ha llevado a una progresiva reformulación de la segunda ley de la termodinámica, comentada más adelante (HO, M.W. 1994).
[22] En el intento de que su teoría fuera aceptada, Lovelock y Margulis trataron de hacerla compatible con los paradigmas dominantes, incluido el darwinismo. Su estrategia no tuvo éxito, y es fácil averiguar por qué: En el segundo capítulo del artículo citado, Castro de Carranza nos muestra que en realidad la hipótesis Gaia es absolutamente incompatible con la biología darwinista (CASTRO DE CARRANZA, C. 2009).
[23] Descritas con maestría por Margulis, en su narración de Gaia como un entramado simbiótico de bacterias, protistas, hongos, plantas, y animales, cuya red intrincada de relaciones moviliza la materia y la energía para conformar los suelos, la atmósfera, y los océanos (MARGULIS, M. 1996).
[24] Quizás por ello la evolución de la vida, observada desde un marco temporal de miles de millones de años, ha sido definida por Máximo Sandín como un proceso cuántico. Ver, también, nota 35.
[25] La física contemporánea es prolija en cuanto a publicaciones relativas al descubrimiento de nuevos tipos de materia y energía, si bien se mantienen, al igual que la física cuántica, en un campo de estudio abstracto sin aplicaciones aparentes. Muchos de estos hallazgos reproducen los resultados de Reich (confirmados en varias ocasiones por investigadores independientes), pero se describen con otra terminología mientras que la energía orgónica sigue sin reconocerse (DEMEO, 1986).
[26] Estamos acostumbrados a realizar una división radical entre “mundo concreto”, donde incluimos la materia y la energía, y “mundo abstracto” donde incluimos la información. En los sistemas filosóficos tradicionales más antiguos, en cambio, encontramos un “no dualismo” profundo en el que todo lo que existe es material, si bien se organiza en diferentes niveles de sutileza o materialidad (VIVEKANANDA, S. 2002, OUSPENSKY, V. 2001).
[27] Aunque puede darse el caso, este tipo de maniobras de prevaricación no son necesariamente producto de un diseño consciente. Según el principio ya explicado, una vez asimilado el paradigma por una persona, lo reproducirá e incluso lo defenderá de la manera más sutil sin tener porqué comprender el significado de lo que está haciendo.
[28] Probablemente la única región geográfica con menor diversidad cultural que Europa corresponde a los Estados Unidos de América, si descontamos los últimos resquicios de culturas indígenas autóctonas no desintegradas en Alaska y los estados del suroeste. En un radio de 500 km, países como España o Reino Unido presentan mucha más diversidad de acentos y rasgos culturales que en EEUU a lo largo de miles de kilómetros.
[29] Las llamadas “minorías étnicas” que conforman los inmigrantes no pueden ser incluidas en un concepto de diversidad orgánica, ya que sólo se integran en la medida que pierden sus raíces culturales más profundas. En cuanto a los elementos de remotos sistemas de conocimiento procedentes de culturas orientales (ya que en occidente apenas a quedado rastro de ellos) a través del fenómeno “New Age”, en términos generales tampoco se está dando de forma armónica. Al basarse en un lenguaje y código interpretativo completamente diferente al nuestro, a menudo se comprende parcialmente o se tergiversa por completo su sentido, lo cual ha dado pie a su explotación mercantil, el vampirismo sectario, y el reciclaje de muchos de sus principios, que erróneamente comprendidos pueden ser muy peligrosos, para el fortalecimiento de la sociedad de consumo, el individualismo, y la competencia. Nítido ejemplo de esto es la película “El secreto” que ha gozado de una gran difusión (ORTEGA, J. 2008).
[30] Haciendo uso del socorrido principio de Goebbles, por el cual se convierte en verdad cualquier estamento que se repita el número suficiente de veces, la explicación que los medios han difundido a la innegable crisis de la entropía, (normalmente referida como “agotamiento de los recursos”) es que es consecuencia de la superpoblación (en una lógica similar a la que sitúa la invasión bacteriana como causa de la enfermedad), y por tanto el problema proviene de los “países en vías de desarrollo” por su acelerado crecimiento poblacional, mientras que en los nuestros la población es estable. La realidad es justo al contrario, pues son los países en que más se ha desarrollado el progreso los principales generadores de entropía, tanto en su propio territorio como en el ajeno a través del neocolonialismo de las grandes corporaciones transnacionales. En una estimación conservadora, los 1100 millones de hindúes juntos contaminan y consumen cinco veces menos recursos que los 300 millones de norteamericanos, siendo el hindú promedio casi 20 veces menos entrópico que el americano promedio.
[31] También podemos hablar de toxicidad en los planos más sutiles, aunque en el lenguaje moderno carecemos de la terminología adecuada para ello. Tomando prestado el concepto de los sistemas de conocimiento tradicional de la India, en ocasiones se ha empleado el término carga kármica de un producto, análogo al concepto de huella ecológica, en referencia a la totalidad del sufrimiento humano, animal, y de la Tierra generado en todas las fases de su producción, procesamiento, y transporte.
[32] Contamos con abundante documentación histórica y antropológica de que los pueblos recolectores-cazadores, y en general las culturas sostenibles que no viven en condiciones extremas, necesitan un aporte calórico y nutricional mucho menor que el nuestro para gozar de una perfecta salud. En palabras de Bartolomé de las casas, testigo de los primeros años de la colonización de América, Lo que basta para tres casas de a diez personas cada una un mes, come un cristiano y destruye en un día DE LAS CASAS, B. 2005.
[33] Evidentemente, esto es una simplificación (tomada con licencia didáctica). En la vida real la problemática puede llegar a ser muy compleja, y su solución puede tomar una gran diversidad de caminos. La destrucción microbiana por intoxicación no soluciona la causa del problema, pero puede salvar situaciones momentáneas.
[34] Las ciencias tradicionales china e hindú coinciden con la orgonomía reichiana en que la desvitalización puede ser descrita como un bloqueo en el flujo de la energía sutil universal (orgón, Qi, chi, o prana). El flujo natural de esta energía mueve en contra de la inercia termodinámica, en sentido autorregulador y reductor de la entropía.
[35] Este tipo de correspondencia fenomenológica estaba muy presente en los códigos interpretativos de las ciencias de la antigüedad (que como hemos dicho han sobrevivido, al menos en parte, en oriente). La ciencia egipcia aludía a ella en la segunda de sus siete leyes universales que conformaban el kibalion. Se trata de la ley de correspondencia entre el todo y las partes y entre los distintos niveles de materialidad, que se describía en paráfrasis con la máxima “como es arriba, es abajo”. El observador atento podrá percibir como este principio no dualista impregna todo el desarrollo del presente trabajo.
[36] Nuestra psique comprende, como las culturas ancestrales, que el cuerpo se forma dentro de la madre, es su fruto. Cuidar el cuerpo es honrar a la madre ¿qué puede hacer más feliz a una madre que el que sus hijos e hijas estén sanos y felices?
Autor: Jon Ortega Rodrigáñez, Biólogo, Investigador asociado del Área de Antropología Física. Universidad de Murcia.
Fuente: http://crimentales.blogspot.com/2009/08/el-paradigma-de-la-organicidad-en-salud.html.