EL DIAGNOSTICO EN HOMEOPATÍA

Diagnosis (1) : (del griego diagnwsiz, distinguir, conocer). F. Med. Conocimiento diferencial de los signos de las enfermedades.|| 2. Med. Diagnóstico.
Diagnóstico: Arte o acto de conocer la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas y signos.|| Calificación que da el médico a la enfermedad según los signos que advierte.

El diagnóstico en el Órganon de Hahnemann:
§ 6 Síntomas, § 7 Enfermedad,
§ 8 y 9 Salud,
§ 22, 23, 24 y 25 Métodos terapéuticos;
§ 31 Disposición, § 35, 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45 Enfermedades desemejantes y semejantes;
§ 72, 73, 77, 78, 79, 80, 81, 82 Enfermedades agudas, crónicas, indisposiciones, miasmas, individualización;
§ 153 Característicos.


Etiopatogenia y tratamiento homeopático, en el Tratado de las enfermedades crónicas de Hahnemann (2).


El diagnóstico de la persona, según Tomás Pablo Paschero, de la Escuela Homeopática Argentina (3).


Diagnóstico etiológico, según Gregorio Marañón (4), del cual extraemos el siguiente texto:


“La interpretación de la Medicina que hoy camina con paso firme y que la influencia de los tiempos que se avecinan no hará más que confirmar, es que ha pasado la hora de los síndromes o las enfermedades como fin del diagnóstico; porque síndromes y enfermedades son, no el fin de la exploración, sino sólo etapas de acceso a lo que constituye la estación de término de la Clínica, que es la Etiología. Ante un enfermo de corazón no nos detenemos hoy en los virtuosismos de percusión y auscultación que permitían al clínico de hace años diferenciar, entre escarceos académicos, una estrechez de una insuficiencia mitral; o, ante un enfermo de sistema nervioso, fijar exactamente cuál de los estratos del bulbo o de la protuberancia estaba afectado por la lesión. Está bien toda precisión en el sitio y en las modalidades de las lesiones. Pero lo que verdaderamente importa es saber si la lesión cardíaca nerviosa es reumática o sifilítica o debida a una degeneración vascular. Sólo cuando la etiología se nos escapa -y, por desgracia, esto ocurre con harta mayor frecuencia de lo que quisiéramos-, sólo entonces nos contentamos con el rótulo clásico de la enfermedad o del síndrome, que lleva aparejado un tratamiento necesariamente sintomático, y por tanto, incompleto.
Todo el organismo padece por cada causa, por apartada y local que ésta aparezca, en una admirable e indestructible unidad, que se hace aún más patente en el infortunio, en la enfermedad, que en las horas venturosas de la salud.
La relación de la lesión actual con todo lo demás nos la da, en gran parte, la historia clínica. Cuando se enfoca el enfermo con un criterio etiológico nada importa tanto como ésta. El arte del médico bueno es en esta reconstrucción del pasado del enfermo donde se echa de ver; pasando, tal vez, por alto accidentes que parecían primordiales y sopesando, en cambio, con minucia y perspicacia, otros que apenas dejaron huellas en el recuerdo del paciente. Si hubiera de elegirse entre una historia clínica minuciosamente recogida e interpretada y una exploración minuciosa, yo no dudaría en escoger la historia clínica y no la serie de datos objetivos, en la seguridad de estar más cerca de llegar al diagnóstico verdadero. Lo que sirve de eficacia de las historias clínicas es la interrelación de todos sus síntomas, cualquiera que sea su cronología en la vida del enfermo, bajo la preocupación etiológica”.


El diagnóstico individual, según Jahr,
en Nociones elementales de Homeopatía; Del examen del enfermo; De la elección del medicamento, de donde extraemos lo siguiente:

“La escuela Homeopática considera todo caso de enfermedad más bien como la consecuencia de una alteración del principio que rige y mantiene armónicamente el conjunto de las funciones vitales del organismo, que como una afección local de tal o cual órgano, ocasionando un trastorno general en toda la economía. Resulta de esto que, para nuestra escuela, lo importante es, no el hacer desaparecer la afección de un órgano, sino el regularizar el estado normal del principio mencionado; porque tiene la íntima convicción de que reestablecida la normalidad de aquel principio, naturalmente cesará todo el aparato morboso, y de un modo más seguro y durable que si se le hubiese transportado de un punto a otro, mediante los derivativos, o suprimido momentáneamente por medio de paliativos.
Así pues, la Homeopatía, si es lícito decirlo, procura, no curar el órgano, sino el individuo; y he aquí por qué el médico homeópata, en el examen del enfermo, no puede en manera alguna contentarse con haber conocido el asiento principal de la afección, y haber establecido su diagnóstico, conforme a los principios de la antigua escuela: necesita hacerlo con la misma precisión que los alópatas; tiene que apreciar, como éstos, los signos patognómicos del caso que se le presenta, y, a más, establecer las particularidades que ofrece en tal o cual individuo, a consecuencia de esta o aquella causa eficiente, con tales o cuales signos particulares. En una palabra, el médico Homeópata tiene que establecer la forma individual del caso morboso, sirviéndose de la apreciación de los signos accidentales que ofrece el paciente, además de los patognomónicos del órgano enfermo.
Esos síntomas accidentales, que son siempre de la mayor importancia para la elección del remedio homeopático, los ofrecen las circunstancias que acompañan los síntomas patognomónicos; tales son, por ejemplo, en la tosferina, los accesos de tos que se anuncian por el llanto; o bien las condiciones bajo las que aparecen esos síntomas, por ejemplo: la reaparición de los accesos convulsivos al menor contacto, etcétera.
Por otra parte, estos síntomas característicos se manifiestan, para la elección del remedio, o en afecciones simultáneas de otros órganos, tales como padecimientos biliosos con un caso de pleuresía, o bien en los síntomas generales, las afecciones morales, los síntomas febriles, el estado del sueño, del sistema nervioso, las funciones digestivas, etc.; síntomas que, por sus acentuaciones individuales en cualquiera enfermedad, constituyen otras tantas indicaciones para la elección del remedio homeopático.
En las afecciones agudas, los síntomas locales y generales actuales, con sus graduadas acentuaciones bastarán, las más de las veces, para completar el cuadro sintomático hasta el punto de poder escoger el remedio; pero en las enfermedades crónicas, en las que los síntomas son frecuentemente escasos, y que en sí son casi siempre la expresión local de un vicio constitucional más profundo, se hace preciso tener en cuenta tanto las enfermedades antecedentes que se han desarrollado sin causa alguna apreciable, como también los síntomas constitucionales y las dolencias pasajeras a que está sujeto por lo común el paciente y tan connaturalizado con ella que, a menudo, no las cree dignas de mención. El médico homeópata debe anotar todo esto en el examen de las enfermedades crónicas para completar el cuadro sintomatológico.
Las enfermedades epidémicas reclaman además precaución para formar el cuadro de los síntomas. En efecto, la verdadera enfermedad constitucional no ofrece, en las afecciones crónicas, el conjunto de esos síntomas, sino a fuerza de tiempo, al paso que la epidémicas manifiestan a menudo su totalidad en el espacio, esto es, en un conjunto de individuos atacados de esa enfermedad, que ofrecen, cada uno de por sí, una parte del aparato sintomático de la enfermedad total. Para disponer en este caso el cuadro completo de dichos síntomas, y para hallar el remedio que, daguerreotipándolo, tenga la virtud específica de curar la afección parcial de cualquier individuo, es menester que el médico observe atentamente los síntomas, en un crecido número de enfermos, para formar con ellos un sólo cuadro con todas las graduadas acentuaciones que ofrezcan.
El médico homeópata debe, pues, procurar que sea exactísimo el examen que haga de sus enfermos; no ha de despreciar ningún pormenor por más insignificante que parezca, y cuidará que los pacientes describan con la mayor precisión posible las particularidades de sus sensaciones y las circunstancias y condiciones bajo las cuales se presentan los síntomas. Todo esto debe hacerse con mucho tacto, para evitar errores de consecuencias enojosas. Si se obliga al enfermo a que describa un dolor, éste al hacer su descripción, obedece movido por el deseo de contestar a la reiteradas preguntas de su médico; así la contestación, en vez de ser clara, es vaga e incierta, y no suministra dato alguno para elegir el remedio homeopático. Importa, por consiguiente que el médico sepa apreciar por sí mismo las particularidades de un dolor, por ejemplo, y que deje, para corroborar o modificar su juicio, que los enfermos hagan la relación espontáneamente, permitiéndose de vez en cuando algunas preguntas con el objeto de guiarlos en las descripción de sus males, evitando con cuidado el que en ellas haya el menor asomo de dictarles sus respuestas. Por lo demás, examinar un enfermo convenientemente con objeto de averiguar todo cuanto se ha de saber para el tratamiento de su mal, es un arte dificilísimo. Los preceptos que Hahnemann formula acerca de este punto en su Organon, son de la mayor importancia, y ninguno que intente practicar la homeopatía, puede dispensarse de leerlos y estudiarlos con todo detenimiento.
Conviene que se sepa dirigir el examen del enfermo en los puntos más importantes para conseguir este fin, se procurará antes de todo el conocer su constitución, su edad, profesión, género de vida, costumbres, hábitos, disposiciones morales, padecimientos naturales o adquiridos, enfermedades más notables que haya sufrido desde su nacimiento, y los principales medios empleados para combatirlas. Con este motivo se informará, si durante su infancia, ha tenido erupciones, sarna, tiña, herpes, infartos glandulares, tumores indolentes, úlceras, verrugas, sabañones, etc.; igualmente se le preguntará si en la familia se padecen enfermedades hereditarias y de las cuales han muerto sus principales individuos. Si es mujer, se informará cuidadosamente acerca de las indisposiciones sobrevenidas en la época de la pubertad, de los partos, preñeces, edad crítica, etc. Además importa mucho enterarse también de las principales circunstancias físicas o morales que hayan podido contribuir al desarrollo de la enfermedad actual; se averiguará la marcha que desde su origen ha seguido la dolencia, anotando los principales fenómenos que la han acompañado hasta aquel mismo momento. hecho esto, se procederá a formar el cuadro circunstanciado del estado actual del enfermo, anotando únicamente lo que es positivo, y no dando cabida a las vagas opiniones y conjeturas fundadas en razones de poco peso.
Para trazar debidamente este cuadro, es de la mayor importancia el acostumbrarse desde un principio a guardar cierto orden en el examen del enfermo; así ningún dato se pasará por alto, ni se incurrirá en inútiles repeticiones. El modo de disponer este orden no está sujeto a determinadas reglas; basta que tenga regularidad y que se observe constantemente. Con todo, bueno sería que los principiantes adoptasen el que se sigue para la composición de los cuadros sintomatológicos en los manuales de materia médica. Enseguida se informará, después de tener las nociones generales acerca de la enfermedad actual:
1º De los síntomas generales, esto es, de aquéllos que afectan a la vez o sucesivamente el cuerpo en general, sin limitarse a un órgano sólo, y de los síntomas del sueño.
2º De las afecciones y síntomas de la piel y de su estado general.
3º De los síntomas febriles, tales como: escalofríos, calor, sudor, pulso, etcétera.

4º De las facultades morales e intelectuales, el genio, la índole, el carácter, las disposiciones del ánimo, etcétera.
5º De los signos que suministran el cerebro, el sistema sensorial, el cráneo y la cabeza propiamente dicha; y de los dolores, sensaciones, afecciones que experimenta el enfermo.
6º Del estado de los ojos y de la vista, del oído, de la nariz y del olfato.
7º De los síntomas que ofrecen la cara, los labios, las mandíbulas, los dientes, las encías, la boca, la garganta, la lengua, la saliva, etcétera.
8º Del estado del apetito, hambre, sed, repugnancia por ciertas cosas, deseos desordenados, eructos, gustos de la boca, el sabor de los alimentos, náuseas y vómitos, según las particularidades que ofrecen.
9º De los síntomas del estómago, de la región epigástrica, del bajo vientre, de los hipocondrios, de la digestión, de las cámaras, orinas, etcétera.
10º Del estado de los órganos genitales y de sus funciones de la menstruación en las mujeres, etcétera.
11º De los síntomas de la faringe (tos, dolores, esputos), de la respiración, del pecho y del corazón.
12º De los signos suministrados por la espalda, la nuca, la superficie externa del cuello, las extremidades inferiores y superiores, etcétera.
En las enfermedades conviene fijar la atención en los síntomas constitucionales, por más que parezcan estar fuera de la esfera de la enfermedad propiamente dicha; por último, en esas dolencias importa sobre manera que el médico insista acerca de todas las circunstancias conmemorativas, acerca de las afecciones de la niñez, las predisposiciones hereditarias, los tratamientos curativos anteriores a que se haya el enfermo sometido, sin pasar por alto las enfermedades por infección que pudiera haber adquirido.
Esta diferencia proviene de que la antigua escuela conserva todavía el hábito de considerar las lesiones interiores de los órganos como causas de las enfermedades, y los síntomas externos como consecuencias suyas; mientras que la escuela homeopática considera unos y otros como consecuencia de una causa primitiva, anterior, a todos estos desórdenes, la cual no es perceptible a los sentidos, sino a la razón. Todo cuanto podemos notar en el enfermo, por lo que hace a lesiones materiales o perceptibles interior o exteriormente, no le damos ni podemos darle otro valor más que el de simple síntoma. Pero siendo sumamente importante para dirigir con acierto el tratamiento homeopático, que el médico de nuestra escuela conozca perfectamente todos los síntomas, esto es, el conjunto total de los cambios sobrevenidos en los órganos y en las funciones, claro es que no ha de creer terminado el examen del enfermo antes de que se haya ilustrado por medio de la auscultación, el tacto y por todos los demás medios adecuados al objeto, acerca del estado interno de los órganos.
Por lo que dejamos dicho, se ve claramente que el médico homeópata no puede en ningún caso aplicar un remedio, sirviéndole sólo de guía el nombre de la enfermedad; aun cuando su diagnóstico fuese desde luego exactísimo; porque si bien es verdad que, cuando éste se establece convenientemente, puede facilitar la elección, algunas veces entre el número total de los medicamentos, de una pequeña parte de ellos para aplicarlos en el caso de que se trata; también es cierto que los síntomas que habrán de decidir definitivamente al médico homeópata por la elección del remedio específico, no son en manera alguna los patognomónicos que sirven para establecer el diagnóstico, sino que por el contrario, son los accidentales y constitucionales. En esta última especie de síntomas debe haber la más perfecta semejanza entre los efectos del remedio y los padecimientos del enfermo.
Pero al propio tiempo que se da la mayor importancia a los síntomas accidentales para la elección del remedio, importa que el médico se cerciore, comparando los patognomónicos con los patogenéticos del medicamento, que el elegido llena cumplidamente la indicación. Por eso no debe nunca propinarse remedio alguno sin haber previamente verificado la perfecta semejanza de sus síntomas con los que ofrece el individuo enfermo, no debiendo en ningún caso aventurarse a elegir un remedio para tal o cual síntoma tomado aisladamente; pues semejante conducta daría por resultado el que se frustrara por completo la curación, lo cual no puede efectuarse sino en tanto que haya exacta analogía entre el medicamento elegido y la enfermedad.
Y no es todavía bastante para esta semejanza (que es conditio sine qua non) el que participen de ella todos los síntomas en general; preciso también es que el género particular de cada uno de esos síntomas se encuentre en los efectos del medicamento. No es nuestro ánimo decir, sólo con esto, que el médico no se ha de limitar a generalidades, tales como: dolores de cabeza, de muelas, etc., sin otra precisión, puesto que cualquier profesor razonable, por sí mismo lo concebirá; o que queremos decir es que ningún medicamento podrá ser tenido como verdadero específico, si, ofreciendo todos los fenómenos que presenta la enfermedad, no corresponde a la vez a todas las condiciones de tiempo, de lugar, de situación, bajo las que los fenómenos se manifiestan, se agravan o disminuyen; siendo sobre todo el cambio sobrevenido en el estado moral del individuo enfermo lo que, en ciertos casos, debe tomarse muy particularmente en consideración”.


Notas
[1] Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, 20ª ed. Tomo I.
[2] Tratado de las enfermedades crónicas. S. Hahnemann. Ed. Academia de Homeopatía de Asturias. Trad. Ana Reig. Oviedo 1991.
[3] Paschero, PT. Homeopatía. Ed. Ateneo. 2ª ed. p. 70-71. Buenos Aires, 1983.
[4] Marañón, Gregorio. Manual de diagnóstico etiológico. Prólogo, 1943. 13ª ed. Espasa Calpe SA, Madrid, 1984.

Autor: Dr. E. González Peirona
Apuntes del Máster FEMH 95-97, Sevilla.