Contestación al artículo “La homeopatía y las flores de Bach son eficaces… placebos”


El señor Monvoisin asegura desde su cátedra de profesor de Didáctica de la Ciencia, bien sentado en su despacho de la Universidad de Grenoble, que la Homeopatía es puro efecto placebo.

Ignora olímpicamente que la buena fama de la Homeopatía, que viene de finales del siglo XVIII y primera mitad del XIX, se consolidó haciendo frente a las epidemias de cólera, difteria, tifoidea, tos ferina y la famosa gripe española. Ignora que los resultados de la homeopatía fueron claramente superiores a los de la medicina oficial, como queda bien acreditado en varios registros de la época. Dudo bastante que sólo con efecto placebo, se pudiera hacer frente a estas enfermedades y se pudieran conseguir buenos resultados.

Por otro lado, yo, como médico, no me atrevería a tratar una neumonía o una amigdalitis estreptocócica con un placebo, no sé si lo haría el tal Monvoisin. En todo caso, los homeópatas -que no tenemos cátedra en Ginebra, pero que vemos enfermos cada día- sí que lo hacemos con los medicamentos homeopáticos, y lo hacemos con toda la confianza y la seguridad que nos da los resultados que obtenemos día tras día.

Y en cuanto a las enfermedades crónicas, los enfermos no vienen en busca de una explicación racional de lo que les pasa. Esta ya se la han dado por activa y por pasiva los médicos alópatas. Lo que quieren es mejorar su estado de salud y no tener que pasar el resto de su vida ingiriendo fármacos.

Además, el señor Monvoisin dice mentiras. Dice que la Homeopatía no tiene efectos terapéuticos clínicamente demostrables y que no hay estudios clínicos que la avalen.

Ambas cosas son falsas. Podéis consultar los estudios que lo acreditan en esta misma web (“Evidencias científicas de la homeopatía“): no sólo hay estudios clínicos que aplican escrupulosamente el método científico y demuestran el buen resultado de la homeopatía, sino que hay también meta- análisis donde se demuestra que la acción del remedio homeopático no se explica sólo con el efecto placebo.

De las medicinas llamadas alternativas, la Homeopatía es la que tiene más estudios de tipo científico que avalan sus resultados. El problema es que se basa en otro paradigma que no es el paradigma molecular, y esto, a los racionalistas de pro, los saca de quicio.

La cuestión de las dosis infinitesimales es el problema, como lo pudo comprobar el Dr.. Benveniste en su propia carne, que por haber diseñado un estudio donde se hacía patente la acción de las dosis ultra-moleculares y donde se ponía en evidencia un resultado que no encajaba en el paradigma molecular, pasó de científico respetado a científico proscrito , por obra y gracia de la todopoderosa-hablando de lobbys … … .- revista Nature.

Por otro lado, si el efecto placebo es tan potente, como aseguran todos los detractores de la homeopatía, ¿por qué no se estudia a fondo? ¿Cómo es que no hay presupuesto ni dotación económica en los grandes centros de investigación para estudiar dicho efecto? Y la medicina convencional, con toda su infraestructura tecnológica y su lenguaje críptico para el usuario, ¿queda fuera del efecto placebo? ¿ No tiene ningún efecto placebo que te cuenten la causa de tu enfermedad-versión alopática-mientras ves tus intestinos reflejados en una pantalla?

Una de dos: o el efecto placebo no es tan potente como nos quieren hacer creer, o no interesa mucho investigarlo porque se sacarían pocos réditos económicos …

Tiene gracia que atribuya el éxito de la Homeopatía en Francia a la existencia de un lobby farmacéutico homeopático con fuertes intereses económicos … ¿pero que se piensa que nos chupamos el dedo este señor? Hablando de lobbys e intereses farmacéuticos … … … aquí si que nos gana por goleada la medicina convencional.


Autor: Dr. Joan Mora
Artículo publicado en su web http://www.joanmorahomeopatia.com/ Fuente: http://www.joanmorahomeopatia.com/2010/11/arran-de-la-contra-del-16-de-novembre/, donde se puede leer el artículo en catalán y el artículo objeto de esta contestación de la sección La Contra de La Vanguardia, del 16 de noviembre de 2010.