Homeopathy now / Homéopathie maintenant / Omeopatia adesso / Homöopathie jetzt / Homeopatia agora / Homeopatia ara / Homeopatia orain - Bitácora plurilingüe de salud y homeopatía, como una revista en crecimiento, dedicada a la salud, y a la homeopatía clásica, desde su uso tradicional hasta los métodos modernos. A multilingual homeopathic health blog, arranged as a cumulative growing journal, devoted to health matters, specially classical homeopathy, from traditional use to modern methods -
Aprendiendo de la historia (de la Homeopatía)
Dicen que es
bueno conocer la historia para no repetirla, para no caer en los mismos errores
que ya cayeron nuestros ancestros. Lamentablemente ese consejo se sigue poco, y
se repiten y se repiten las mismas equivocaciones. Aquello de tropezar con la
misma piedra varias veces, peor que los burros.
Esta
introducción viene a cuento por lo que está ocurriendo con la Homeopatía en
España y en el mundo. La oposición a la Homeopatía es constante desde su
fundación. Ya Hahnemann tuvo que lidiar con ella. ¿Hemos
aprendido alguna lección a lo largo de más de dos siglos de andadura?
Los
detractores de la Homeopatía existieron entonces y existen ahora, a pesar de
las diferentes condiciones sociopolíticas. La oposición de los médicos alópatas
(ahora les llamamos “convencionales”) se ha mantenido a lo largo del tiempo, a
pesar de la prevalencia de la práctica homeopática y de sus evidentes
resultados beneficiosos para la salud. En distintas épocas los éxitos
terapéuticos se han observado en distintas
patologías.
Al principio, fueron muy definitivos con el tratamiento de las
epidemias infecciosas que afectaban a gran parte de la población; ahora son más
claros con las enfermedades crónicas, la mayoría incurables con la terapéutica
química, que precisan de tratamiento continuo, con añadido de efectos
secundarios.
La historia
del auge y el declive de la Homeopatía en EEUU es un ejemplo claro de la
actitud de los médicos, tanto alópatas como homeópatas. Harris Coulter, un
historiador de la medicina y, en especial, de la Homeopatía, realizó un estudio
exhaustivo de la historia de la medicina en Occidente, desde Hipócrates hasta
el siglo XX, poniendo de relieve los conflictos entre médicos alópatas y
homeópatas. Su obra cumbre, en 4 gruesos volúmenes, fue Divided Legacy. Una historia del cisma en el pensamiento médico. Ya
sea porque no se ha leído (-se leen poco los libros de historia, además de no
estar éste traducido al español-) o si se ha leído porque no se le ha hecho el
caso suficiente, la cuestión es que, en la historia del desarrollo de la
Homeopatía en EEUU, la actitud de los médicos da indicios suficientes del
colectivo con el que estamos profesionalmente implicados. Y debería darnos
claves para saber cómo actuar, para no caer en los mismos errores que ya
cayeron nuestros predecesores.
Vamos a
intentar resumir el problema de la forma más concisa y clara posible.
La medicina es un negocio. La medicina en sí misma no es un negocio, no
lo ha sido en otras épocas; lo es sobre todo en el sistema económico
capitalista que tenemos ahora. Quien se opone a dicho negocio puede tener
graves problemas. Un ejemplo se muestra en la película Un jardinero fiel, del 2005; hasta entonces no se había realizado
ninguna película que criticara los tejemanejes de la industria farmacéutica.
Para los que no habéis visto la película, se basa en una novela de John Le
Carré, donde se investiga un asesinato relacionado con la sospecha de malas
prácticas empresariales en la investigación de un nuevo medicamento con riesgo
para la población de Kenia a quien se le administra.
Todas las partes son cómplices de dicho negocio. Tanto políticos de la sanidad, gestores de la
salud, como médicos, enfermeros, y, por
supuesto, la industria farmacéutica. Son escasas las voces que se alzan
criticando esta situación, honrosas excepciones de algunos profesionales, entre
ellos, clínicos como los médicos de familia Juan Gervás, del equipo Cesca[i], y Abel
Novoa, de la plataforma NoGracias[ii], el
farmacólogo Joan-Ramon Laporte, entre algunos pocos, que parece que tienen poca
repercusión mediática.
La Homeopatía, dentro de la medicina, supone un
negocio limitado.
Por un lado, pone en entredicho el uso de muchos medicamentos químicos de
escasa o nula utilidad o con demasiados efectos adversos, para los que la
Homeopatía ofrece alternativas terapéuticas inocuas y eficaces; por otro lado,
supone una competencia con la medicina alopática (llamada ahora “convencional”),
al ofrecer tratamientos efectivos para la mayoría de patologías agudas y
crónicas. En una reunión de la Asociación Médica Americana, uno de los médicos
ortodoxos más respetados dijo que “debemos admitir que nunca luchamos contra
los homeópatas por cuestión de principios, sino porque vienen y nos quitan el
negocio”.[iii]
Los tratamientos homeopáticos son baratos. Incluso en las condiciones actuales del
mercado farmacéutico, cualquier tratamiento homeopático es mucho más barato que
cualquier tratamiento químico convencional, empezando por el uso de un solo
medicamento, donde la medicina convencional prescribe varios. Hahnemann también
tuvo conflicto con los farmacéuticos de su época, por el uso tan limitado de
medicamentos, y, además, porque los daba él mismo para asegurarse de su forma
de preparación. Sin llegar a la propuesta, ya olvidada, de Hahnemann, de un
solo laboratorio nacional, que asegurara el suministro de medicamentos
homeopáticos bien elaborados.
Cualquier medicina barata es un peligro. Además de la Homeopatía, cualquier forma de
tratamiento que por su idiosincrasia abarate los costes supone un riesgo para
el negocio de la salud, entre otras cosas porque pone en evidencia los
exagerados recursos que se dedican a la fabricación de medicamentos químicos.
Aquí podemos incluir a todas las formas de medicina tradicional, natural, y
todas las técnicas que prescinden de medicamentos (higienismo, dietas, masajes,
imposición de manos, manipulaciones, etc).
Hay que ser
conscientes que estamos hablando del
tercer sector de la economía, detrás de la venta de armas y el narcotráfico. La
revista Forbes publicó en 2015 un artículo sobre
los sectores de negocio más rentables en EEUU. En lo alto de la lista
destacaban las tecnologías de la salud, incluyendo las farmacéuticas, con 21%. Las
tres principales empresas farmacéuticas: Pfizer, Merck & Co y Johnson &
Johnson, todas presentan tasas de beneficio del 25% o superiores. Los EEUU se
embolsan la
mayor parte (45%) de esos ingresos, seguido por las industrias de
la salud europeas, que se encuentran en declive.
Después de
la Standard Oil de Rockefeller (hoy Exxon), el segundo conglomerado de empresas
farmacéuticas y petroquímicas más grande del mundo durante la primera mitad del
siglo XX, fue del grupo IG Farben con sede en Alemania. Este conglomerado de
empresas fue el factor principal que explica la subida de Hitler al poder y su
invasión conjunta de Europa y del mundo. De hecho, la Segunda Guerra Mundial
fue una guerra de agresión preparada, comenzada y dirigida desde los consejos
de planificación de IG Farben. IG Farben fue la accionista principal de la
Standard Oil de Rockefeller, y viceversa. En el Consejo de Crímenes de
Guerra de Nuremberg de 1947 contra los directores del cartel IG Farben, algunos
de ellos (24 ejecutivos) fueron declarados culpables y condenados por cometer
crímenes contra la humanidad, como masacres, pillaje y otros delitos. El
Consejo de Crímenes de Guerra de Nuremberg también desmanteló el cartel IG
Farben, que se disolvió en las empresas Hoechst, Bayer y BASF. Hoy en día, cada
una de estas sociedades es más
grande que su antigua sociedad matriz IG Farben
en aquel momento.
Una
condición previa para el auge de la industria farmacéutica como fulgurante
negocio de inversión fue la eliminación de la competencia de las terapias
seguras y naturales, ya que éstas no son patentables y sus márgenes de
beneficio son escasos. Y esto es lo
que seguimos viendo hoy en día.
Conclusiones
1.- La
defensa del gremio médico en su conjunto, por parte de los dirigentes políticos
(nacionales y de las organizaciones profesionales) supone siempre un detrimento
para los homeópatas, porque siempre son una minoría. Las negociaciones con ellos
son inútiles por infructuosas.
2.- La
industria farmacéutica dominante hará siempre todo lo posible para evitar el
desarrollo de la Homeopatía (y de cualquier terapia que se erija como
alternativa a los medicamentos químicos y cuyos productos no sean patentables),
porque pone en peligro su propio desarrollo.
3.- Las
organizaciones médicas y la industria farmacéutica suelen coincidir y colaborar
en muchas cuestiones de interés mutuo, que no incluyen a la Homeopatía, o
quizás sí, su crítica.
4.-
Pretender que los médicos convencionales escuchen las reivindicaciones de los
homeópatas es pecar de inocencia. ¿Por qué les podría interesar a los médicos
alópatas llegar a un acuerdo con los homeópatas?
5.- Cuando
los homeópatas se esfuerzan en complacer a sus “colegas” alópatas, eso suele ir
en detrimento del ejercicio de la Homeopatía: la formación y la práctica
homeopáticas se “alopatizan”, se deja de tratar la totalidad sintomática a
expensas de prescribir por la patología o la queja principal (sin modalizar).
6.- Lo
anterior, junto a otras razones, favorece la desunión entre los propios
homeópatas, haciéndoles perder fuerza, la fuerza minoritaria que ya tienen.
7.- La única
fuerza que podemos tener los homeópatas son los resultados, valorados por los médicos
y los pacientes, y reivindicados a través de organizaciones de homeópatas y de pacientes
y usuarios. Por lo tanto, manteniéndonos en una práctica homeopática rigurosa,
sin concesiones a la medicina oficial predominante.
Los
homeópatas siempre hemos sido minoría en el sector médico, y probablemente
seguiremos así durante mucho tiempo. Sólo podemos blandir el argumento ético del
respeto a las minorías, en una sociedad supuestamente democrática: la minoría
de médicos que ejercen libremente la Homeopatía y la minoría de pacientes que
la eligen libremente como opción terapéutica, ambos satisfechos con ella.
¿Seguiremos
repitiendo los errores históricos que diezmaron a la Homeopatía en el pasado o
miraremos hacia el futuro para forjar un nuevo camino?
Notas sobre la historia de la Homeopatía
en EEUU[iv]
Como ya
hemos dicho, una de las razones principales por las que a los médicos
convencionales no les gusta ni la Homeopatía ni los homeópatas es porque les
quitamos el negocio, no es por cuestión de principios, que en todo caso es una
buena excusa.[v]
En Estados
Unidos los homeópatas crearon una asociación médica nacional en 1844 (el American Institute of Homeopathy), que
fue la primera asociación médica americana, dos años antes de fundarse la American Medical Association (A.M.A.) en
1846, en parte para frenar el auge de la Homeopatía.[vi] Varios
miembros de la A.M.A., que eran particularmente adversos a la Homeopatía de
hacía tiempo, decidieron purgar todas las asociaciones de médicos locales donde
hubiera homeópatas.[vii]
Además de ello, desalentaron la asociación con homeópatas; en 1855 la A.M.A.
estableció un código ético donde sancionaba a los médicos ortodoxos con perder
su condición de miembro si tan solo consultaban a un homeópata o a cualquier
practicante “irregular”, cosa que en algunos estados suponía la pérdida de la
licencia para practicar medicina.[viii]
Hacia el
1900 existían 22 escuelas médicas homeopáticas, más de 100 hospitales
homeopáticos, unos 60 orfanatos y residencias de ancianos, y más de 1.000
farmacias homeopáticas en E.E.U.U. Las estadísticas indican que el número de
homeópatas en Nueva York se doblaba cada cinco años entre 1829 y 1869. Según la
Comisión de Educación de E.E.U.U., tres de las cuatro escuelas médicas con las
bibliotecas más grandes eran homeopáticas. Y a finales de siglo XIX, existían
unas 29 revistas homeopáticas diferentes.
Probablemente,
la razón principal de la popularidad de la Homeopatía fue el éxito en el
tratamiento de varias epidemias infecciosas que asolaron América y Europa
durante el siglo XIX. Las estadísticas indican que la mortalidad en los
hospitales homeopáticos por dichas epidemias a menudo era de la mitad a una
octava parte de la que se daba en los hospitales médicos convencionales.
En 1910, la
Fundación Carnegie publicó el famoso/infame informe Flexner. El informe Flexner
era una valoración de las escuelas médicas americanas presidido por Abraham
Flexner, en colaboración con líderes de la A.M.A.[ix] Con
pretensiones de objetividad, el informe establecía directrices para sancionar a
las escuelas médicas ortodoxas y condenar a las homeopáticas. Como consecuencia
de dicho informe, sólo a los graduados de las escuelas que recibían una alta
valoración se les permitía realizar los exámenes para licenciarse en Medicina.
De los 22 colegios homeopáticos que había en 1900, sólo quedaban dos en 1923.
Para hacer frente a las directrices y para poder acceder a los nuevos exámenes
de licenciatura que exigían ciencias básicas, los colegios homeopáticos
decidieron ofrecer más formación en patología, química, fisiología, y otras
ciencias médicas. Aunque ofrecían mejor formación en esas disciplinas, la
formación homeopática se resintió.[x] Como
resultado, los graduados de esos colegios homeopáticos estaban menos preparados
para practicar bien la Homeopatía: en lugar de individualizar los medicamentos
según la totalidad de los síntomas de la persona, muchos homeópatas empezaron a
prescribir medicamentos en función de las enfermedades. Las consecuencias de
ese tipo de práctica eran resultados predeciblemente pobres, con lo que muchos
homeópatas renunciaron al ejercicio homeopático y muchos pacientes homeopáticos
buscaron otras formas de tratamiento.
Quizás la
historia hubiera cambiado si John D. Rockefeller, un fuerte defensor de la
Homeopatía, hubiera concedido mayores subvenciones a las instituciones
homeopáticas. Instruyó a su asesor financiero, Frederick Gates, para hacerlo
así, pero éste, ferviente defensor de la medicina ortodoxa, no cumplió las
órdenes de Rockefeller[xi]. Esa
pérdida de financiación fue trágica, pues supuso unos 300-400 millones de
dólares, a principios del siglo XX, que fueron a parar a instituciones médicas
ortodoxas.
Además de
varios factores externos que obstaculizaron el crecimiento de la Homeopatía,
también hubo problemas entre los mismos homeópatas. El desacuerdo dentro de la Homeopatía
tiene una larga tradición. Los más famosos homeópatas norteamericanos fueron
hahnemanianos. Sin embargo, la mayoría de homeópatas no prescribían sus
medicamentos en base a la totalidad de los síntomas, sino principalmente según
la queja principal; eran lo que Hahnemann, ya en su tiempo, llamó pseudohomeópatas.
Las escuelas de altas y bajas potencias desarrollaron organizaciones,
hospitales y revistas separados. En 1901, debido a ese desacuerdo, en Chicago
existían cuatro asociaciones médicas homeopáticas diferentes.
Hacia 1950
todos los colegios homeopáticos de EEUU fueron cerrados o ya no enseñaban
Homeopatía. Sólo quedaban 50-150 médicos homeópatas practicantes, y la mayoría
tenían más de 50 años.
[iii] Martin Kaufman, Homoeopathy
in America, Baltimore: Johns Hopkins, 1971, 158.
[iv]
Selección y traducción del artículo A Condensed History of Homeopathy de Dana Ullman, leído en junio 2019 en https://homeopathic.com/a-condensed-history-of-homeopathy/
[v] Martin Kaufman, Homoeopathy
in America, Baltimore: Johns Hopkins, 1971, 158.
[vi] Harris Coulter, Divided
Legacy, Berkeley: North Atlantic, 1975, volume III, 124-126.
[vii] Harris Coulter, Divided
Legacy, Berkeley: North Atlantic, 1975, volume III, 199.
[viii] Harris Coulter, Divided
Legacy, Berkeley: North Atlantic, 1975, volume III, 206-219.
[ix] Paul Starr, The Social
Transformation of American Medicine, New York: Basic, 1982, 119. Harris Coulter, Divided Legacy,
Berkeley: North Atlantic, 1975, volume III, 446.
[x] Harris Coulter, Divided
Legacy, Berkeley: North Atlantic, 1975, volume III, 444.
[xi] E. Richard Brown, Rockefeller’s
Medicine Men, Berkeley: University of California, 1979, 109-111.
EL PARADIGMA DE LA HOMEOPATÍA
En el año 2007 inauguré el ciclo académico realizando una descripción del paradigma de la biomedicina, en el que se inserta actualmente la enseñanza médica universitaria y –en general- el manejo de la salud y de la enfermedad.
Decía en aquella oportunidad que la homeopatía se halla en un estado de pre-paradigma o de paradigma alternativo al dominante, y daré hoy el fundamento de tal opinión.
El uso del término paradigma lo tomo del sociólogo e historiador de la ciencia Thomas Kuhn (1), quien, con la publicación de su libro La Estructura de las Revoluciones Científicas, aportó una gran polémica en los círculos de la Filosofía de la Ciencia de los años ’60, polémica que en algún grado aún se mantiene.
Antes de llegar a la noción de paradigma, hagamos un breve recorrido histórico de la ciencia en occidente.
1. La ciencia en Occidente
Recordemos que desde la antigua Grecia la ciencia se vincula con la búsqueda de la verdad de los hechos. Aristóteles fue quien sentó las bases de cómo se debía considerar a una ciencia para que fuera un conocimiento objetivo y se diferenciara de las opiniones subjetivas ante un fenómeno en estudio.
Aristóteles señalaba que para asegurar el conocimiento se debía partir de las observaciones hasta la formulación de principios generales en un proceso de inducción y de allí nuevamente a las observaciones para deducir las explicaciones de lo observado.
La ciencia del medioevo se rigió en general por los fundamentos aristotélicos, pero recurriendo a Dios como último garante de la verdad. Las Escrituras no podían ser contradichas, y ejemplo de esto es la condena a la hoguera de Giordano Bruno.
Luego del Renacimiento, entre los siglos XVI y XVII se produce la llamada “revolución científica”, época en que se cambia la visión del mundo. Los episodios más conocidos son los correspondientes a la física y a la astronomía, con nombres tales como Copérnico, Galilei, Kepler y Newton, pero la revolución se contagió a otros campos de saber.
Si bien algunos de los nombrados eran hombres religiosos, sin embargo pretendían rigurosidad en las explicaciones científicas sin recurrir a fundamentos extraídos de la religión.
De allí el famoso aforismo de la Ilustración del que se hiciera eco Imannuel Kant: “aude sapere”, “atrévete a saber”, sin dogmas religiosos o metafísicos.
En la Modernidad, la ciencia pretendía el conocimiento de la estructura última de la realidad de los fenómenos que se observan, pretensión que de alguna manera para muchos continúa hasta la actualidad.
Al conocer el mecanismo de producción de los fenómenos, se podría dominar a la Naturaleza, proyecto iniciado por Francis Bacon en el siglo XVII.
Según Palma - Wolovelsky:
Durante este período (...) tiene lugar la aparición y constitución de la denominada “ciencia moderna”, que se caracteriza sustancialmente por el interés centrado en el conocimiento de la naturaleza, el recurso a las matemáticas como medio de conocimiento y el uso –o cuando menos la búsqueda- de un método científico. (2)
Así manifestaba Galilei esta pretensión:
La filosofía se halla escrita en el gran libro que está siempre abierto ante nuestros ojos –quiero decir, el universo-; pero no podemos entenderlo si antes no aprendemos la lengua y los signos en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático y los símbolos son triángulos, círculos u otras figuras geométricas, sin cuya ayuda es imposible comprender una sola palabra de él y se anda perdido por un oscuro laberinto. (3)
Por cierto que este proyecto fue en gran medida exitoso, y a la vista están los llamados progresos científicos que permiten al hombre una vida más confortable, una extensión de la expectativa de vida, un dominio del espacio y de la naturaleza.
Estos mismos progresos son los que –mal orientados- han sustentado también la escalada de armas de exterminio más sofisticadas, el control y la vigilancia del hombre tal como aventuraran Bentham con su panóptico y Foucault al comentarlo.
Así también el domeñar la naturaleza se ha convertido en un maltrato hacia la misma que hace peligrar los ecosistemas y la vida planetaria en su conjunto.
Aún hoy, el conocimiento científico es –para muchos- el único posible si se quiere tener la certeza de cómo se producen los fenómenos.
Según esta postura, el único conocimiento serio es el de la ciencia. Y aquellas disciplinas que no tengan una metodología científica son pseudociencias, como gusta calificar Mario Bunge, “pope” de la Epistemología, por ejemplo, al psicoanálisis o a la homeopatía.
El saber de la ciencia cuenta con prestigio, y quien lo posea tiene poder de palabra y de decisión.
2. El concepto de paradigma en filosofía de la ciencia
En los años ’60 Kuhn publica su libro, que en alguna medida socava los cimientos sobre el que se basaba el concepto de ciencia desde la antigüedad, ya que la verdad anhelada es relativa al paradigma en el cual esa ciencia está sumergida. Y una verdad actual puede ser una falsedad en el futuro, por lo que hay una concepción relativista en la teoría acerca de la verdad.
Para Kuhn, un paradigma es un conjunto de ideas que durante un tiempo proveen de problemas y soluciones a una determinada comunidad científica.
Dice Kuhn:
Un paradigma es lo que miembros de una comunidad científica comparten y, recíprocamente, una comunidad científica consiste en hombres que comparten un paradigma (...) Bajo esta perspectiva, una comunidad científica está formada por practicantes de una especialidad científica. Han pasado por una iniciación profesional y una educación similar en un grado que no tiene comparación con la de la mayor parte de otros campos. En este proceso, han absorbido la misma literatura técnica y desentrañado muchas de sus mismas lecciones (...)
Dentro de tales grupos, la comunicación es relativamente completa y los juicios profesionales, relativamente unánimes (...) Por supuesto, existen en este sentido comunidades a muchos niveles. La más global es la comunidad de todos los científicos naturales. (...) Las comunidades de esta clase son las unidades que este libro ha presentado como las autorizadas y productoras del conocimiento científico. (4)
Kuhn llama a la ciencia que se practica dentro del paradigma “ciencia normal”, y los que la ejercen están comprometidos de tal forma que no pueden analizar los fenómenos de otra manera que bajo las consignas propias de ese paradigma.
Dicho de otra forma, aquel que se instala en la práctica de la “ciencia normal” tiene los anteojos propios de ese paradigma, y sólo ve lo que le permite ver el mismo.
El científico habla a su vez con el lenguaje de la comunidad científica, y le es incomprensible todo discurso que se aparte del mismo, todo lenguaje que provenga de un paradigma distinto.
En esto se basa la inconmensurabilidad de los paradigmas: la dificultad de comprensión de los miembros de una comunidad científica de un paradigma respecto del lenguaje que se habla en un paradigma alternativo.
La comunidad realiza una tarea acumulativa de conocimientos y se produce un progreso en el mismo, que es sólo relativo al paradigma en que se encuentra.
Los problemas que se producen como “enigmas” son trabas en el conocimiento que la comunidad se empeña en resolver. Y si no se resuelven, la comunidad los deja momentáneamente de lado ya que confían en que en algún momento –con nuevos descubrimientos dentro del mismo contexto paradigmático- se resolverán.
Sólo que si se cronifican y acumulan, producen anomalías (enigmas recalcitrantes) que a la vez desencadenan un estado de crisis dentro de la “ciencia normal” que puede predisponer a la aparición de otro paradigma, con una ciencia que es revolucionaria respecto de la “normal”, y que termina imponiéndose. Así se convierte en “ciencia normal” dentro de un nuevo paradigma, que era alternativo al predominante.
Este cambio se da -según el autor- en forma brusca, como reacción ante una idea original comunicada por uno o varios pensadores disconformes con el paradigma en el que se mueven.
Dice Kuhn:
(...) el nuevo paradigma o un indicio suficiente para permitir una articulación posterior, surge repentinamente, a veces en medio de la noche, en la mente de un hombre sumergido profundamente en la crisis. (5)
En esto se basan las sucesivas revoluciones científicas que se han dado en la historia de la ciencia: el pasaje de un paradigma a otro que resuelva mejor las anomalías que tenía en su seno el anterior.
Otros elementos pueden coadyuvar para el cambio.
Según Palma - Wolovelsky:
Es importante esta recurrencia de Kuhn al ‘sentimiento’ como uno de los elementos importantes en el cambio de paradigma, dado que dicho cambio no puede explicarse, según Kuhn, en argumentos fundados únicamente en la lógica y la experiencia, sino que obedece a razones de tipo sociológico y psicológico. (6)
La sucesión sería entonces:
3. El paradigma de la homeopatía
La homeopatía fue descubierta por Samuel Hahnemann (Meissen, 1755 – París, 1843) quien creó el nuevo sistema terapéutico, decepcionado de los rudos tratamientos habituales de su época. Observó que el medicamento que se utilizaba para el tratamiento de la fiebre terciana, la cinchona officinalis, era capaz de producir en sus manifestaciones toxicológicas síntomas similares de la misma enfermedad. Concibió entonces la idea de realizar experimentaciones de las substancias en sujetos sanos, comenzando la práctica en sí mismo con la cinchona.
La homeopatía es una terapéutica fundamentada en una filosofía de la biología de corte vitalista, la que sustenta que cada ser humano está animado por una fuerza vital. Para la homeopatía, cuando esta fuerza vital se desequilibra se produce la enfermedad.
Dado que la doctrina homeopática piensa además que no hay una escisión entre la psiquis y el cuerpo, sino una unidad, el desequilibrio mencionado se muestra en forma sintomática en ambos planos. Y las diversas y sucesivas manifestaciones que se producen como síntomas físicos o psíquicos en la vida del paciente son sólo efectos de una misma causa, el desequilibrio vital que es a su vez la enfermedad crónica –en términos técnicos para la homeopatía, -la psora- que aqueja al enfermo desde su nacimiento.
El regreso de la fuerza vital al equilibrio se produce con la adecuada elección de un remedio de origen natural, preparado a dosis infinitesimales, y de acuerdo a la totalidad de los síntomas que pesquisa el médico homeópata en su práctica.
A diferencia de la biomedicina, los síntomas que recava el homeópata no son solamente los que pertenecen a la entidad clínica por la que consulta, sino que es de su interés cualquier manifestación del desequilibrio vital que individualiza a su paciente.
La homeopatía no niega la responsabilidad de que un germen determinado provoque una enfermedad infecciosa, por ejemplo el HIV como agente etiológico del SIDA. Pero si bien el HIV es causa necesaria de dicha enfermedad, no es causa suficiente. Para el homeópata hay una concausa aún más importante que el virus, y que corresponde al terreno, o sea, el ser humano que es susceptible de enfermar.
De acuerdo a la individualización y la jerarquización de los síntomas obtenidos, el médico homeópata aplica la llamada “ley de la semejanza”, la cual promulga que aquella sustancia que produce determinados síntomas en un experimentador sano, cura los mismos en el paciente que los trae a la consulta (similia similibus curantur).
El homeópata tiene un acceso al paciente propio de una medicina humanista, e intenta la comprensión del desarrollo de la enfermedad dentro del proceso vital de cada enfermo. El síntoma homeopático se vuelve un signo de desequilibrio de la totalidad del paciente, dado que la fuerza vital está omnipresente en cada parte del ser humano. Y el objetivo último de la curación no es sólo la desaparición de los síntomas de determinada entidad clínica –asma bronquial, úlcera gástrica o la que fuera-, sino el equilibrio completo del paciente y de éste con su entorno.
Al respecto, decía Tomás P. Paschero:
No se enferma el cuerpo ni la mente por separado, ni el enfermo lo está en su estómago, hígado, pulmones o corazón, sino todo él está enfermo en el centro dinámico motor de su personalidad, en ese núcleo hontanar del organismo donde palpita el ser del hombre y se establece la unidad del cuerpo y de la psique. (7)
De esta forma el tratamiento homeopático le brinda herramientas para que logre su desarrollo personal sin el obstáculo que le produce la enfermedad.
Decía Hahnemann en el recorrido parágrafo 9 de su Órganon:
En el estado de salud la fuerza vital (autocrática) que dinámicamente anima el cuerpo material (organismo), gobierna con poder ilimitado y conserva todas las partes del organismo en admirable y armoniosa operación vital tanto respecto a las sensaciones como a las funciones, de modo que el espíritu dotado de razón que reside en nosotros, puede emplear libremente estos instrumentos vivos y sanos para los más altos fines de nuestra existencia.
De modo que el equilibrio vital que debe lograr el homeópata a través de su tratamiento debe colocar al paciente, como ideal terapéutico, en condiciones de libertad de elección para que pueda cumplimentar una función acorde a su naturaleza humana, sin el parasitismo de la enfermedad que lo encadene a una naturaleza biológica inferior a su condición.
4. Conclusiones
La homeopatía como sistema terapéutico se halla relegada como “medicina alternativa” ya que la filosofía de la medicina que predomina en el paradigma actual es de corte mecanicista.
Para los círculos médicos que predominan en ámbitos de enseñanza e investigación, la medicina debe ser considerada como ciencia, y su objeto de estudio, el ser humano enfermo, debe enfocarse según las premisas de la “ciencia moderna”.
Es así como el paradigma que domina actualmente es el biomédico, heredero del concepto de ciencia de la Modernidad.
Bajo esta óptica el ser humano debe considerarse desde un punto de vista mecanicista, y la enfermedad no es más que un proceso físico, tanto en las patologías del cuerpo como en las de índole psíquica; esta últimas no son más que el resultado de una alteración de la bioquímica cerebral, o sea, también un defecto físico.
Tal como el proyecto de la Modernidad, la biomedicina intenta el dominio de la naturaleza, esta vez del cuerpo humano, único lugar en donde se produce la enfermedad, para restablecer la salud.
En este paradigma la comunidad médica se maneja –como se describió en el caso de cualquier paradigma-, con un lenguaje en común que excluye a cualquier otro, y la enseñanza y la investigación se hacen con el supuesto -en general no explicitado- de una filosofía de la biología de corte –como se dijo- mecanicista y fisicalista en su fundamento.
Por supuesto, existen gradaciones en el culto con el que se ejerce la tarea; hay así médicos y profesionales de la salud que aún insertos en este paradigma ejercitan su tarea con vocación humanística y no sólo con técnica precisa.
En general estos profesionales sospechan del marco paradigmático en donde se mueven, y no comparten la visión del ser humano enfermo –como dije ya sea física o psíquicamente- como un mero mecanismo descompuesto.
Las anomalías que detectan muchos de los que ejercen dentro del paradigma provienen de su percepción de que la enfermedad no sólo es el producto de un agente externo, una inmunidad disminuida o un genotipo determinante, sino que éstas no son más que condiciones que se agregan a un fenómeno de origen dinámico y vital que está en la base de la patología; ellos son los miembros de la comunidad científica que predispondrán al cambio de paradigma, superador del anterior.
Asimismo este cambio estará potenciado por los pacientes que sienten en la actualidad que sus problemas no son resueltos en su totalidad por la medicina que hoy predomina.
Desde las primeras décadas del siglo XX, la física cuántica nos ha enseñado que no existen precisiones últimas en las mediciones ya que el ojo del observador modifica irremediablemente la experiencia. Asimismo, no se puede predecir con exactitud en qué lugar va a estar en un momento “t” una partícula “p”, sino en forma aproximada.
La física, modelo de ciencia dura edificada sobre certezas ya no puede detentar el prestigio de ciencia exacta.
La misma matemática se haya socavada en sus fundamentos. En filosofía de las matemáticas es conocido desde la descripción de los teoremas de la incompletitud de Gödel (1930) la endeblez de la lógica matemática, ya que nunca se podrá encontrar un sistema axiomático que sea capaz de demostrar todas las verdades matemáticas y ninguna falsedad.
Estas investigaciones se dan en el marco de una cosmovisión social de gran sospecha hacia las antiguas verdades.
El proyecto moderno de que “el universo es un libro que se halla escrito en idioma matemático” se ve así debilitado en sus fundamentos.
La homeopatía es el sistema terapéutico ideal para aquellos médicos que deseen abrirse a otros caminos, y que desconfíen de las “certezas” del paradigma biomédico.
Damos la bienvenida a aquellos que deseen una terapéutica de profundidad para su paciente y que se aventuren en nuevos senderos.
Para ellos, reivindicamos el aforismo kantiano (y que utilizara Hahnemann en su Órganon) y que he citado en ocasión del pasaje del concepto de ciencia del Medioevo a la Ilustración: aude sapere: atrévete a saber; en aquel momento invocado por Kant como invitación de atreverse a pensar sin dogmas religiosos o metafísicos, hoy citado por mí para decirles: atrévanse a saber, sin el dogma que nos pretende imponer la llamada ciencia médica predominante.
Muchas gracias.
Notas:
1. KUHN, T. La Estructura de las Revoluciones Científicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1971.
2. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Imágenes de la racionalidad científica; Eudeba, Buenos Aires, 2001., p. 26.
3. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit, pp. 32-33.
4. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit., pp. 98-99.
Decía en aquella oportunidad que la homeopatía se halla en un estado de pre-paradigma o de paradigma alternativo al dominante, y daré hoy el fundamento de tal opinión.
El uso del término paradigma lo tomo del sociólogo e historiador de la ciencia Thomas Kuhn (1), quien, con la publicación de su libro La Estructura de las Revoluciones Científicas, aportó una gran polémica en los círculos de la Filosofía de la Ciencia de los años ’60, polémica que en algún grado aún se mantiene.
Antes de llegar a la noción de paradigma, hagamos un breve recorrido histórico de la ciencia en occidente.
1. La ciencia en Occidente
Recordemos que desde la antigua Grecia la ciencia se vincula con la búsqueda de la verdad de los hechos. Aristóteles fue quien sentó las bases de cómo se debía considerar a una ciencia para que fuera un conocimiento objetivo y se diferenciara de las opiniones subjetivas ante un fenómeno en estudio.
Aristóteles señalaba que para asegurar el conocimiento se debía partir de las observaciones hasta la formulación de principios generales en un proceso de inducción y de allí nuevamente a las observaciones para deducir las explicaciones de lo observado.
La ciencia del medioevo se rigió en general por los fundamentos aristotélicos, pero recurriendo a Dios como último garante de la verdad. Las Escrituras no podían ser contradichas, y ejemplo de esto es la condena a la hoguera de Giordano Bruno.
Luego del Renacimiento, entre los siglos XVI y XVII se produce la llamada “revolución científica”, época en que se cambia la visión del mundo. Los episodios más conocidos son los correspondientes a la física y a la astronomía, con nombres tales como Copérnico, Galilei, Kepler y Newton, pero la revolución se contagió a otros campos de saber.
Si bien algunos de los nombrados eran hombres religiosos, sin embargo pretendían rigurosidad en las explicaciones científicas sin recurrir a fundamentos extraídos de la religión.
De allí el famoso aforismo de la Ilustración del que se hiciera eco Imannuel Kant: “aude sapere”, “atrévete a saber”, sin dogmas religiosos o metafísicos.
En la Modernidad, la ciencia pretendía el conocimiento de la estructura última de la realidad de los fenómenos que se observan, pretensión que de alguna manera para muchos continúa hasta la actualidad.
Al conocer el mecanismo de producción de los fenómenos, se podría dominar a la Naturaleza, proyecto iniciado por Francis Bacon en el siglo XVII.
Según Palma - Wolovelsky:
Durante este período (...) tiene lugar la aparición y constitución de la denominada “ciencia moderna”, que se caracteriza sustancialmente por el interés centrado en el conocimiento de la naturaleza, el recurso a las matemáticas como medio de conocimiento y el uso –o cuando menos la búsqueda- de un método científico. (2)
Así manifestaba Galilei esta pretensión:
La filosofía se halla escrita en el gran libro que está siempre abierto ante nuestros ojos –quiero decir, el universo-; pero no podemos entenderlo si antes no aprendemos la lengua y los signos en que está escrito. Este libro está escrito en lenguaje matemático y los símbolos son triángulos, círculos u otras figuras geométricas, sin cuya ayuda es imposible comprender una sola palabra de él y se anda perdido por un oscuro laberinto. (3)
Por cierto que este proyecto fue en gran medida exitoso, y a la vista están los llamados progresos científicos que permiten al hombre una vida más confortable, una extensión de la expectativa de vida, un dominio del espacio y de la naturaleza.
Estos mismos progresos son los que –mal orientados- han sustentado también la escalada de armas de exterminio más sofisticadas, el control y la vigilancia del hombre tal como aventuraran Bentham con su panóptico y Foucault al comentarlo.
Así también el domeñar la naturaleza se ha convertido en un maltrato hacia la misma que hace peligrar los ecosistemas y la vida planetaria en su conjunto.
Aún hoy, el conocimiento científico es –para muchos- el único posible si se quiere tener la certeza de cómo se producen los fenómenos.
Según esta postura, el único conocimiento serio es el de la ciencia. Y aquellas disciplinas que no tengan una metodología científica son pseudociencias, como gusta calificar Mario Bunge, “pope” de la Epistemología, por ejemplo, al psicoanálisis o a la homeopatía.
El saber de la ciencia cuenta con prestigio, y quien lo posea tiene poder de palabra y de decisión.
2. El concepto de paradigma en filosofía de la ciencia
En los años ’60 Kuhn publica su libro, que en alguna medida socava los cimientos sobre el que se basaba el concepto de ciencia desde la antigüedad, ya que la verdad anhelada es relativa al paradigma en el cual esa ciencia está sumergida. Y una verdad actual puede ser una falsedad en el futuro, por lo que hay una concepción relativista en la teoría acerca de la verdad.
Para Kuhn, un paradigma es un conjunto de ideas que durante un tiempo proveen de problemas y soluciones a una determinada comunidad científica.
Dice Kuhn:
Un paradigma es lo que miembros de una comunidad científica comparten y, recíprocamente, una comunidad científica consiste en hombres que comparten un paradigma (...) Bajo esta perspectiva, una comunidad científica está formada por practicantes de una especialidad científica. Han pasado por una iniciación profesional y una educación similar en un grado que no tiene comparación con la de la mayor parte de otros campos. En este proceso, han absorbido la misma literatura técnica y desentrañado muchas de sus mismas lecciones (...)
Dentro de tales grupos, la comunicación es relativamente completa y los juicios profesionales, relativamente unánimes (...) Por supuesto, existen en este sentido comunidades a muchos niveles. La más global es la comunidad de todos los científicos naturales. (...) Las comunidades de esta clase son las unidades que este libro ha presentado como las autorizadas y productoras del conocimiento científico. (4)
Kuhn llama a la ciencia que se practica dentro del paradigma “ciencia normal”, y los que la ejercen están comprometidos de tal forma que no pueden analizar los fenómenos de otra manera que bajo las consignas propias de ese paradigma.
Dicho de otra forma, aquel que se instala en la práctica de la “ciencia normal” tiene los anteojos propios de ese paradigma, y sólo ve lo que le permite ver el mismo.
El científico habla a su vez con el lenguaje de la comunidad científica, y le es incomprensible todo discurso que se aparte del mismo, todo lenguaje que provenga de un paradigma distinto.
En esto se basa la inconmensurabilidad de los paradigmas: la dificultad de comprensión de los miembros de una comunidad científica de un paradigma respecto del lenguaje que se habla en un paradigma alternativo.
La comunidad realiza una tarea acumulativa de conocimientos y se produce un progreso en el mismo, que es sólo relativo al paradigma en que se encuentra.
Los problemas que se producen como “enigmas” son trabas en el conocimiento que la comunidad se empeña en resolver. Y si no se resuelven, la comunidad los deja momentáneamente de lado ya que confían en que en algún momento –con nuevos descubrimientos dentro del mismo contexto paradigmático- se resolverán.
Sólo que si se cronifican y acumulan, producen anomalías (enigmas recalcitrantes) que a la vez desencadenan un estado de crisis dentro de la “ciencia normal” que puede predisponer a la aparición de otro paradigma, con una ciencia que es revolucionaria respecto de la “normal”, y que termina imponiéndose. Así se convierte en “ciencia normal” dentro de un nuevo paradigma, que era alternativo al predominante.
Este cambio se da -según el autor- en forma brusca, como reacción ante una idea original comunicada por uno o varios pensadores disconformes con el paradigma en el que se mueven.
Dice Kuhn:
(...) el nuevo paradigma o un indicio suficiente para permitir una articulación posterior, surge repentinamente, a veces en medio de la noche, en la mente de un hombre sumergido profundamente en la crisis. (5)
En esto se basan las sucesivas revoluciones científicas que se han dado en la historia de la ciencia: el pasaje de un paradigma a otro que resuelva mejor las anomalías que tenía en su seno el anterior.
Otros elementos pueden coadyuvar para el cambio.
Según Palma - Wolovelsky:
Es importante esta recurrencia de Kuhn al ‘sentimiento’ como uno de los elementos importantes en el cambio de paradigma, dado que dicho cambio no puede explicarse, según Kuhn, en argumentos fundados únicamente en la lógica y la experiencia, sino que obedece a razones de tipo sociológico y psicológico. (6)
La sucesión sería entonces:
3. El paradigma de la homeopatía
La homeopatía fue descubierta por Samuel Hahnemann (Meissen, 1755 – París, 1843) quien creó el nuevo sistema terapéutico, decepcionado de los rudos tratamientos habituales de su época. Observó que el medicamento que se utilizaba para el tratamiento de la fiebre terciana, la cinchona officinalis, era capaz de producir en sus manifestaciones toxicológicas síntomas similares de la misma enfermedad. Concibió entonces la idea de realizar experimentaciones de las substancias en sujetos sanos, comenzando la práctica en sí mismo con la cinchona.
La homeopatía es una terapéutica fundamentada en una filosofía de la biología de corte vitalista, la que sustenta que cada ser humano está animado por una fuerza vital. Para la homeopatía, cuando esta fuerza vital se desequilibra se produce la enfermedad.
Dado que la doctrina homeopática piensa además que no hay una escisión entre la psiquis y el cuerpo, sino una unidad, el desequilibrio mencionado se muestra en forma sintomática en ambos planos. Y las diversas y sucesivas manifestaciones que se producen como síntomas físicos o psíquicos en la vida del paciente son sólo efectos de una misma causa, el desequilibrio vital que es a su vez la enfermedad crónica –en términos técnicos para la homeopatía, -la psora- que aqueja al enfermo desde su nacimiento.
El regreso de la fuerza vital al equilibrio se produce con la adecuada elección de un remedio de origen natural, preparado a dosis infinitesimales, y de acuerdo a la totalidad de los síntomas que pesquisa el médico homeópata en su práctica.
A diferencia de la biomedicina, los síntomas que recava el homeópata no son solamente los que pertenecen a la entidad clínica por la que consulta, sino que es de su interés cualquier manifestación del desequilibrio vital que individualiza a su paciente.
La homeopatía no niega la responsabilidad de que un germen determinado provoque una enfermedad infecciosa, por ejemplo el HIV como agente etiológico del SIDA. Pero si bien el HIV es causa necesaria de dicha enfermedad, no es causa suficiente. Para el homeópata hay una concausa aún más importante que el virus, y que corresponde al terreno, o sea, el ser humano que es susceptible de enfermar.
De acuerdo a la individualización y la jerarquización de los síntomas obtenidos, el médico homeópata aplica la llamada “ley de la semejanza”, la cual promulga que aquella sustancia que produce determinados síntomas en un experimentador sano, cura los mismos en el paciente que los trae a la consulta (similia similibus curantur).
El homeópata tiene un acceso al paciente propio de una medicina humanista, e intenta la comprensión del desarrollo de la enfermedad dentro del proceso vital de cada enfermo. El síntoma homeopático se vuelve un signo de desequilibrio de la totalidad del paciente, dado que la fuerza vital está omnipresente en cada parte del ser humano. Y el objetivo último de la curación no es sólo la desaparición de los síntomas de determinada entidad clínica –asma bronquial, úlcera gástrica o la que fuera-, sino el equilibrio completo del paciente y de éste con su entorno.
Al respecto, decía Tomás P. Paschero:
No se enferma el cuerpo ni la mente por separado, ni el enfermo lo está en su estómago, hígado, pulmones o corazón, sino todo él está enfermo en el centro dinámico motor de su personalidad, en ese núcleo hontanar del organismo donde palpita el ser del hombre y se establece la unidad del cuerpo y de la psique. (7)
De esta forma el tratamiento homeopático le brinda herramientas para que logre su desarrollo personal sin el obstáculo que le produce la enfermedad.
Decía Hahnemann en el recorrido parágrafo 9 de su Órganon:
En el estado de salud la fuerza vital (autocrática) que dinámicamente anima el cuerpo material (organismo), gobierna con poder ilimitado y conserva todas las partes del organismo en admirable y armoniosa operación vital tanto respecto a las sensaciones como a las funciones, de modo que el espíritu dotado de razón que reside en nosotros, puede emplear libremente estos instrumentos vivos y sanos para los más altos fines de nuestra existencia.
De modo que el equilibrio vital que debe lograr el homeópata a través de su tratamiento debe colocar al paciente, como ideal terapéutico, en condiciones de libertad de elección para que pueda cumplimentar una función acorde a su naturaleza humana, sin el parasitismo de la enfermedad que lo encadene a una naturaleza biológica inferior a su condición.
4. Conclusiones
La homeopatía como sistema terapéutico se halla relegada como “medicina alternativa” ya que la filosofía de la medicina que predomina en el paradigma actual es de corte mecanicista.
Para los círculos médicos que predominan en ámbitos de enseñanza e investigación, la medicina debe ser considerada como ciencia, y su objeto de estudio, el ser humano enfermo, debe enfocarse según las premisas de la “ciencia moderna”.
Es así como el paradigma que domina actualmente es el biomédico, heredero del concepto de ciencia de la Modernidad.
Bajo esta óptica el ser humano debe considerarse desde un punto de vista mecanicista, y la enfermedad no es más que un proceso físico, tanto en las patologías del cuerpo como en las de índole psíquica; esta últimas no son más que el resultado de una alteración de la bioquímica cerebral, o sea, también un defecto físico.
Tal como el proyecto de la Modernidad, la biomedicina intenta el dominio de la naturaleza, esta vez del cuerpo humano, único lugar en donde se produce la enfermedad, para restablecer la salud.
En este paradigma la comunidad médica se maneja –como se describió en el caso de cualquier paradigma-, con un lenguaje en común que excluye a cualquier otro, y la enseñanza y la investigación se hacen con el supuesto -en general no explicitado- de una filosofía de la biología de corte –como se dijo- mecanicista y fisicalista en su fundamento.
Por supuesto, existen gradaciones en el culto con el que se ejerce la tarea; hay así médicos y profesionales de la salud que aún insertos en este paradigma ejercitan su tarea con vocación humanística y no sólo con técnica precisa.
En general estos profesionales sospechan del marco paradigmático en donde se mueven, y no comparten la visión del ser humano enfermo –como dije ya sea física o psíquicamente- como un mero mecanismo descompuesto.
Las anomalías que detectan muchos de los que ejercen dentro del paradigma provienen de su percepción de que la enfermedad no sólo es el producto de un agente externo, una inmunidad disminuida o un genotipo determinante, sino que éstas no son más que condiciones que se agregan a un fenómeno de origen dinámico y vital que está en la base de la patología; ellos son los miembros de la comunidad científica que predispondrán al cambio de paradigma, superador del anterior.
Asimismo este cambio estará potenciado por los pacientes que sienten en la actualidad que sus problemas no son resueltos en su totalidad por la medicina que hoy predomina.
Desde las primeras décadas del siglo XX, la física cuántica nos ha enseñado que no existen precisiones últimas en las mediciones ya que el ojo del observador modifica irremediablemente la experiencia. Asimismo, no se puede predecir con exactitud en qué lugar va a estar en un momento “t” una partícula “p”, sino en forma aproximada.
La física, modelo de ciencia dura edificada sobre certezas ya no puede detentar el prestigio de ciencia exacta.
La misma matemática se haya socavada en sus fundamentos. En filosofía de las matemáticas es conocido desde la descripción de los teoremas de la incompletitud de Gödel (1930) la endeblez de la lógica matemática, ya que nunca se podrá encontrar un sistema axiomático que sea capaz de demostrar todas las verdades matemáticas y ninguna falsedad.
Estas investigaciones se dan en el marco de una cosmovisión social de gran sospecha hacia las antiguas verdades.
El proyecto moderno de que “el universo es un libro que se halla escrito en idioma matemático” se ve así debilitado en sus fundamentos.
La homeopatía es el sistema terapéutico ideal para aquellos médicos que deseen abrirse a otros caminos, y que desconfíen de las “certezas” del paradigma biomédico.
Damos la bienvenida a aquellos que deseen una terapéutica de profundidad para su paciente y que se aventuren en nuevos senderos.
Para ellos, reivindicamos el aforismo kantiano (y que utilizara Hahnemann en su Órganon) y que he citado en ocasión del pasaje del concepto de ciencia del Medioevo a la Ilustración: aude sapere: atrévete a saber; en aquel momento invocado por Kant como invitación de atreverse a pensar sin dogmas religiosos o metafísicos, hoy citado por mí para decirles: atrévanse a saber, sin el dogma que nos pretende imponer la llamada ciencia médica predominante.
Muchas gracias.
Notas:
1. KUHN, T. La Estructura de las Revoluciones Científicas, Fondo de Cultura Económica, México, 1971.
2. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Imágenes de la racionalidad científica; Eudeba, Buenos Aires, 2001., p. 26.
3. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit, pp. 32-33.
4. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit., pp. 98-99.
5. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit, p. 101.
6. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit, p. 103.
7. Candegabe, M.; Diálogos con Tomás Pablo Paschero, p. 50.
Autor: Dr. Gustavo Cataldi
Conferencia inaugural del Curso 2007.
Publicado en la web de la Universidad Candegabe de Homeopatía.
6. Héctor Palma-Eduardo Wolovelsky; Op. cit, p. 103.
7. Candegabe, M.; Diálogos con Tomás Pablo Paschero, p. 50.
Autor: Dr. Gustavo Cataldi
Conferencia inaugural del Curso 2007.
Publicado en la web de la Universidad Candegabe de Homeopatía.
El monopolio de la verdad
La ciencia es
un cuerpo de conocimientos acumulado a lo largo de los siglos gracias a la
investigación humana. En cada época el concepto de ciencia ha variado según el
uso y las costumbres, en cada sociedad. Lo que se consideraba ciencia en la antigua
Babilonia no es lo mismo que en la Grecia clásica, ni coincide con Francis
Bacon ni con los avances actuales. La ciencia como disciplina dispone de
métodos de investigación adecuados a sus objetos de estudio. El método
científico, que nace con Francis Bacon en el siglo XVII, no es más que un
instrumento humano para aproximarnos a una parte de la realidad. Los
científicos saben que con el método científico hay realidades a las que no se
puede acceder, porque el instrumento no
se adapta a ellas. A partir de ahí, una de dos: o se niegan esas realidades o
se aceptan las limitaciones propias del método científico.
La
homeopatía, ciencia cuyo corpus se desarrolla durante el siglo XVIII, se adapta
al método científico tal como estaba elaborado hasta ese momento. Los dos
principios básicos de la homeopatía, la ley de similitud y la experimentación
pura, cumplen rigurosamente con los requisitos del método inductivo y del
método hipotético-deductivo, tales como los sistematizó Bacon. Y, de hecho,
como prueba difícil de refutar, la Homeopatía ha persistido en sus mismos
fundamentos durante más de dos siglos, adaptándose a la cambiante patología
humana, y a pesar de los avances en el conocimiento de la fisiología humana. Si
lo comparamos con la variabilidad en el diagnóstico y el tratamiento del
devenir de la medicina más convencional, con sus cambiantes diagnósticos y pautas
de tratamiento, y sus resultados muchas veces empíricos y aleatorios, no cabe
duda que la medicina homeopática ha ofrecido durante estos últimos dos siglos
mayores garantías de éxito en el tratamiento de la enfermedad humana, tanto en
las grandes epidemias que asolaron el siglo XVIII, donde la Homeopatía destacó por
su relevante éxito frente a las alternativas convencionales, hasta el
tratamiento de las enfermedades crónicas, gran plaga de las sociedades más
modernas, que no se han conseguido atajar con la avanzada tecnología médica.
Los avances científicos en varias ciencias teóricas (Física, Química, Matemáticas) durante el siglo XX han demostrado fehacientemente que la visión mecanicista de la medicina que todavía se contempla en la actualidad, ha quedado totalmente obsoleta. La aplicación de esos avances a las ciencias aplicadas, como es el caso de la Medicina, han supuesto un retraso en la efectividad de los tratamientos propuestos, sobre todo a largo plazo. El éxito se ha conseguido en ciertas áreas muy limitadas, en el campo de la Cirugía sobre todo, donde la consideración del cuerpo humano como una máquina resulta funcional para obtener resultados prácticos a la hora de reparar o sustituir órganos. Pero en el campo propiamente médico, donde la curación debería medirse por el grado de desaparición de la sintomatología y la independencia respecto a medicamentos que imponen efectos terapéuticos violentos, sin respetar la homeostasis, los fracasos y la polifarmacia son la norma.
Frente a esa realidad clínica insidiosa, la medicina debería estar abierta a experimentar con todo aquello que pueda beneficiar al ser humano sufriente, sin reparar en prejuicios teóricos. Porque… ¿cuál es el objetivo de la medicina: la curación de la enfermedad o la elaboración de hipótesis? Si la ciencia no es capaz de aliviar el sufrimiento humano con toda su complejidad, ¿porqué no recurrir a otras disciplinas que puedan aportar su grano de arena?
Parecería
que el dilema es conceptual, pero frente al dolor y al sufrimiento lo
determinante no son las disquisiciones teóricas sino su alivio. Muchos
supuestos defensores a ultranza de la ciencia están en total desacuerdo en usar
otros instrumentos que no sean los proporcionados por la ciencia; ciencia, por
cierto, con la que también se han logrado algunos de los desastres más grandes
de la humanidad (las bombas de Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo). Los avances
científicos no están exentos de riesgo, y eso lo vemos en los efectos
secundarios de la mayoría de medicamentos químicos, habiéndose convertido en
una de las principales causas de morbomortalidad a nivel mundial.
Los políticos –incluyendo también los que ejercen cargos en estamentos médicos y académicos-, que deberían estar al servicio de las necesidades sociales, deben estar abiertos a las demandas que los ciudadanos expresan, entre ellas en materia de sanidad. Las sociedades actuales son sociedades plurales, donde conviven creencias múltiples. En este contexto, la libertad de elección terapéutica se convierte en un imperativo moral de primer orden. No puede ser el estado ni el gobierno quien decide cómo nacer, cómo vivir, cómo tratarse, cómo morir. Existen diferentes alternativas y cada ciudadano elige según sus referencias. Aquí la cuestión no es quién tiene la verdad, sino quién ejerce la justicia, quién permite que esa justicia sea igual para todos los ciudadanos, quién la respeta a pesar de sus convicciones quizás incluso opuestas.
La verdad es inaccesible, en toda su amplitud, a la percepción del ser humano. Para acercarse a ella, el hombre dispone de los sentidos de la percepción, que le permiten observar, y del raciocinio, que le permite deducir y sacar conclusiones. A partir de esas mismas facultades, algunos han desarrollado percepciones y han llegado a conclusiones desde diferentes perspectivas. Les llamemos magia, ciencia o arte, lo importante es que sean útiles para mejorar la vida en el planeta.
Toda persona que se crea en posesión de la verdad, al igual que todo gobierno o todo estamento de poder, es un peligro para el resto de la sociedad, si pretende imponer su criterio por encima del de los demás. La democracia impone el respeto y la tolerancia hacia lo diferente, el respeto por todas las opciones, si no atentan a la vida, y si no son peligrosas para el resto.
En medicina, como en cualquier otra disciplina, hay perspectivas diferentes, más amplias o más reducidas, todas ellas con un mismo objetivo: mejorar la salud de la población. Y cualquier autoridad, cualquier gobierno, debe velar por el cumplimiento de ese objetivo, por encima de intereses particulares, económicos o de otra índole; intereses que siempre existirán, y a los que habrá que poner límites, para que prevalezca el bien común.
La medicina no sólo es ciencia, también es arte; y ese aspecto artístico le confiere unos rasgos de imponderabilidad por encima de lo mensurable, que le permite adaptarse e interpretar más adecuadamente la realidad del sufrimiento humano.
HOMEOPATÍA: LA GRAN ACOSADA
Mientras algunas autoridades intentan coger agua bendita entre las manos y oficiar el sepelio de las mal llamadas medicinas alternativas (Medicina Tradicional y Complementaria les llama la Organización Mundial de la Salud, OMS), nuestro Congreso de los Diputados rechazó en febrero pasado una Proposición no de ley presentada por el partido ¿liberal? Ciudadanos que alegaba la necesidad de proteger a los enfermos de las citadas medicinas considerándolas “pseudociencias y/ pseudoterapias” (entre las cuales se encuentran la Acupuntura y la Homeopatía) proponiendo que los mismos médicos denunciasen a aquellos colegas compañeros que ejercieran cualquier práctica como estas alejadas, eso dicen, de la evidencia científica.
Siguiendo la estela tan extravagante caza de brujas en pleno siglo XXI la Organización Médica Colegial (OMC) constituyó el “Observatorio contra las Pseudociencias, Pseudoterapias, Intrusismo y Sectas Sanitarias” cuya alta misión es perseguir, controlar y fiscalizar, y en su caso denunciar, a los médicos que las prescriben a pesar de la tozuda realidad que supone que la OMS no solo no ha puesto en duda la eficacia de tales enfoques terapéuticos, afirmación que puede verse en su informe “Estrategia de la OMS sobre Medicina Tradicional 2014-2023”. En él se afirma que, sobre la eficacia y su valoración, estas terapias presentan métodos igualmente valiosos instando a los gobiernos de todo el mundo a regular e incluir en los sistemas públicos a las mismas. En el citado informe la anterior Secretaria General de la OMS reconoció que la función de la Medicina Tradicional o Medicina Complementaria en el mundo es bien “el pilar principal de la prestación de servicios de salud” bien “su complemento”. Es más, añadió también que tal tipo de medicina es “una parte importante y con frecuencia subestimada de la atención de salud que se practica en casi todos los países del mundo y cuya demanda va en aumento”. Por otro lado también subrayó que “muchos países reconocen ya la necesidad de elaborar un enfoque coherente e integral sobre la atención de la salud que facilite a los gobiernos, a los profesionales sanitarios y muy especialmente a los usuarios de los servicios sanitarios el acceso a la Medicina Tradicional y Complementaria de manera segura, respetuosa, asequible y efectiva”. De ahí que uno de los objetivos para la OMS para el periodo 2014-2023 sea fomentar la integración de la Medicina no Convencional en los sistemas nacionales de salud.
Para alguno esto ha sido como mentar a la bicha al no coincidir, en esta ocasión, sus propios criterios con los de la citada institución. El propio Ministerio de Sanidad español contestó a la propuesta de Ciudadanos recordándole que si bien no existe regulación estatal específica sobre este tipo de “terapias” los productos homeopáticos tienen en toda Europa la consideración legal de fármacos de venta exclusiva en farmacias. Algo que los farmacéuticos tienen claro y que aquí, en nuestra Comunidad Valenciana, han dejado claro a pesar de la campaña en contra de su venta a la que se ha sumado la real Academia de Farmacia. Por lo tanto seguirán vendiéndola (véase el diario Información del día 27 de julio del presente) o la opinión de la presidenta del Colegio de Farmacéuticos de Alicante aparecida en el diario El Mundo el mismo día, señalando que “la Homeopatía no es una cuestión de opinión sino de ley”. Opinión en contra del peculiar criterio desfavorable hacia la misma de nuestra Consellera de Sanidad que quizás desconozca o calle los preceptos derivados de la OMS y que el ejercicio de la Homeopatía tiene la consideración de “Acto Médico” reconocido por la propia OMC el 17 de diciembre de 2009. La citada Consellera remitió, no hace mucho, una instrucción a todos los departamentos de salud valencianos para recordarles que la Homeopatía está excluida de la cartera de servicios del Sistema Nacional de Salud (SNS) y que su promoción y desarrollo en centros sanitarios públicos están prohibidos. Además solicitó por carta a la ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, que retirase el Real Decreto Legislativo 1/2015, el que reconoce la legalidad del medicamento homeopático.
Este acto de agresión hacia la homeopatía, agravado por el establecimiento del citado Observatorio de la OMC, pertenece a una estrategia que se inició cuando fue publicado el informe sobre “Terapias Naturales” que en 2011 realizo en Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad: primer documento oficial sanitario español realizado por numerosos representantes de todas las comunidades. Se da el caso de que la medicina convencional no tacho en ningún momento dicho documento de no ser fiable y nunca definió a tales terapias como “pseudoterapias o pseudociencias”. Es más, en dicho documento jamás se solicitó inhabilitar a quienes ejercen tales terapias o cerrar páginas web con tales contenidos. Estrategia que continuó mediante la utilización interesada de los “escépticos” agrupados en dos principales organizaciones contrarias a estas terapias, a pesar de que sus miembros poseen escasa formación académica y profesional en materia sanitaria y de salud. Esta fue la segunda batalla perdida por ellos. La tercera batalla es la que fue enarbolada por determinadas asociaciones de enfermos denunciando a determinados prescriptores de este tipo de terapias. Denuncias que fueron archivadas finalmente. Asociaciones, estas y otras, a las que se les ha demostrado estar financiadas por multinacionales farmacéuticas. No se nos escapa que al frente del Grupo Español de Pacientes con Cáncer, esté una experta en empresas formada en Harvard y no un paciente afectado por tal patología. La propia patronal farmacéutica española, Farmaindustria, ya admitió sin ningún rubor su interés por las asociaciones de enfermos. Interés que fue denunciado por el Comité Permanente de Médicos Europeos el 11 de septiembre de 2004 en un comunicado oficial y que evidenciaba que el mismo no es más que puro marketing. Táctica de “acercamiento a los pacientes” que emplearon cuando se dieron cuenta de la mala prensa que tenían por su relación “directa” con los médicos a través de sus visitadores médicos. La cuarta batalla es la que todavía se está librando: la batalla de una conspiración perfectamente organizada.
Sin embargo toda esta actividad contraria a la Homeopatía no puede esconder otras tantas investigaciones, estudios y posicionamientos favorables – hasta de algún que otro premio Nobel-. Ejemplo de ello es el Proyecto CAMbrella, impulsado por la Comisión europea para conocer la actualidad y la radicación de tales terapias en los estados europeos. Así 19 de los 39 países tiene una legislación general relativa a tales terapias; 11 de ellos con una Ley específica y 8 incluyéndolas en sus leyes sanitarias: Francia, Bélgica, Finlandia, Alemania y Suiza. Por otro lado y según un informe del Centro de Información Europeo sobre Medicina Complementaria y Alternativa más de 100 millones de europeos las utilizan. La propia OMS recoge en el informe citado arriba que en Europa más de 146.000 médicos utilizan terapias complementarias, de los que unos 50.000 son homeópatas. Bien es sabido que en 1997 el Parlamento Europeo instó a la Comisión Europea a regular en la Unión la enseñanza y la práctica de las medicinas no convencionales con numerosos argumentos, entre los que estaban el derecho y el deber que los médicos tienen de utilizar en conciencia y según sus conocimientos todos los métodos terapéuticos de los que disponen. Propuesta apoyada en 1999 por el Consejo de Europa. Es más, la anterior Directora general de la OMS (Margaret Chan) durante la Conferencia Internacional para los países de Asia Sudoriental celebrada en febrero de 2013, afirmo que “para muchos millones de pacientes este tipo de terapias representa la principal fuente de atención sanitaria…//…haciéndola atractiva en el actual contexto de encarecimiento de la citada atención”.
Entonces ¿por qué tanto ruido en nuestro país? ¿Qué está detrás de este aquelarre de políticos y médicos contra médicos? ¿Qué hay en la trastienda de esta campaña de desprestigio contra la Homeopatía y contra los médicos que la prescriben? ¿Por qué la OMC, Ciudadanos, algunos políticos y algunas agrupaciones de escépticos no reconocen, es más persiguen con saña la Homeopatía mientras que su eficacia no la pone en duda ni la mismísima OMS? El asunto no es baladí y su respuesta es atronadora aunque deja en el aire varias cuestiones. La primera es que si la OMC tiene razón y estas terapias no son válidas ¿cómo es posible que las consintiesen durante años incluso dentro de sus propios colegios permitiendo que miles de pacientes fuesen estafados? Y si estas terapias, repito avaladas por la OMS, son efectivas ¿no están demonizando y fiscalizando la profesionalidad de aquellos que las ejercen? Puedo aportar documentos que demuestran que un presidente del colegio de médicos de Alicante, ya fallecido, apoyó y refrendo, dentro del propio colegio, la formación en materia homeopática, facilitando cursos y espacios de reunión. Eran otros tiempos.
La respuesta, por tanto, no ha de buscarse en la falta de eficacia de estas terapias, ni en la falta de estudios e investigaciones, ni en la adecuada formación de quienes la practican (en muchos Colegios de médicos, incluido el de Alicante, se crearon para tal fin comisiones de acreditación) ni siquiera en la pretendida capacidad de la medicina oficial para solucionar problemas pues ahí están las estadísticas de mortalidad y morbilidad. El sistema sanitario actual, ineficaz, caro e insostenible, no ha conseguido, pese a los avances tecnológicos, cumplir con su máximo objetivo: aumentar el nivel de salud de la población. La medicina actual, anclada en el paradigma mecanicista, no ha incorporado los nuevos avances conceptuales ni los descubrimientos que sobre las altas diluciones se han efectuado. Véase, por ejemplo, el artículo en PloS sobre una investigación realizada en la Universidad de Verona sobre la eficacia del árnica en diluciones homeopáticas o las investigaciones sobre la presencia de nanoparticulas en las mismas. Por lo tanto es incapaz de dar una respuesta que no va más allá de ofrecer, en la mayoría de casos, soluciones intermedias, sintomáticas y paliativas sin llegar a entender la verdadera raíz o causa de ninguna patología. Tampoco es capaz de responder al 25 % de aumento en el número de pacientes que mueren por alguna “enfermedad” en los últimos 15 años. Aumento que también alcanza a los fallecidos por cáncer en nuestro país año tras año. Aumento no explicable siquiera por el aumento de población. Es insufrible, a la par que insólito que indocumentados e ignorantes sigan negando la existencia de trabajos científicos que avalan la Homeopatía aun a sabiendas de que muchos pediatras, obstetras y cirujanos la prescriben de forma sistemática tras sus intervenciones.
La respuesta finalmente, y a pesar de los apoyos institucionales de la máxima autoridad sanitaria, del Consejo de Europa y de la Comisión Europea, hay que buscarla en la presión que sobre los estados y sus gobernantes, sobre los médicos y sus representantes, sobre los planes de estudios dentro de las facultades de medicina y sobre la mayoría de sociedades científicas y de pacientes españolas ejerce la industria farmacéutica.
No se trata, por tanto, de eficacia tal y como se desprende de las instrucciones dadas por la Consellera valenciana señalando además que son “prácticas sin evidencia científica que no curan y generan confusión” y que, por ello, es necesario crear “un instrumento dirigido a sentar criterios uniformes” para los profesionales sanitarios, “contribuyendo a la claridad en la adecuada prestación asistencial”. De hecho si de eficacia hablamos habrá que colegir que la medicina “oficial”, a pesar de sus destellantes avances tecnológicos, no ha conseguido fármaco ni tratamiento alguno que sea capaz de prevenir o curar ni una sola enfermedad crónica o degenerativa. En su día la revista British Medical Journal –uno de los altares donde genuflexionan los fervorosos creyentes de la ciencia médica– en una investigación titulada Clinical Evidence, y que analizó unos 2.500 tratamientos convencionales llegó a la conclusión de que solo el 13 % de los mismos eran beneficiosos, el 23 % algo beneficiosos, el 8 % entre beneficiosos y dañinos, el 6 % poco probable de ser beneficiosos y el 4 % ineficaces o perjudiciales. Del resto (46 %) no se sabía nada. Algún tiempo después esta investigación se amplió a 3.000 tratamientos convencionales demostrando que: el 11 % eren claramente beneficiosos, el 24 % algo beneficiosos, el 7 % entre beneficiosos o dañinos, el 5 % poco probables de ser beneficiosos y el 3 % ineficaces y/o dañinos. Del otro 50 % no se sabía, ni se sabe, nada. Otro estudio de la Universidad de Duke, aparecido en la revista JAMA sobre las guías de práctica clínica cardiológica avaladas por el Colegio Americano de Cardiólogos y la Asociación americana del corazón, demostró que solo el 11 % de los tratamientos cardiológicos se basaron en ensayos clínicos aleatorios: el más alto nivel de evidencia clínica.
También recomiendo leer el artículo aparecido en PloS Medicine de título ¿Por qué la mayoría de los resultados publicados sobre investigación son falsos? Escrito por John Ioannidis, uno de los investigadores más destacados en metaanálisis a nivel mundial. Según sus conclusiones, el 80 % de los estudios no aleatorios y el 25 % de los aleatorios son erróneos. En otro estudio publicado en la misma revista con el título de ¿Por qué la mayoría de la investigación clínica es inútil? da una medida de lo que está pasando en la medicina oficial.
Un trabajo, aparecido en Acta Sanitaria y fundamentado en otras tantas investigaciones, de un conocido colega, coordinador del equipo CESCA, de título La Medicina como ciencia: menos arrogancia que tiene poca ciencia, presentó unas conclusiones que deberían hacer sonrojar a muchos. Por ejemplo que el 90 % de la investigación publicada en medicina es falsa; que la mayoría de estudios publicados no se pueden replicar; que el 85 % del dinero usado en investigación es puro despilfarro; que apenas el 11 % de los 3.000 protocolos de la medicina convencional han demostrado ser útiles; que los medicamentos de síntesis causan en la Unión Europea la muerte de 179.000 personas al año; que las embarazadas, parturientas y madres lactantes están siendo sometidas a tratamientos y pruebas innecesarias; que millones de varones se vuelven incontinentes e impotentes a causa de los tratamientos que prescriben urólogos al diagnosticarles canceres de próstata inexistentes; que los psicofármacos lleva cada año a la muerte a más de 500.000 personas, etc, etc.
La fracasada medicina oficial, en manos de quienes ya desregularon la innovación farmacológica, está causando un aumento de enfermos y enfermedades, un aumento del gasto sanitario y el fracaso del sistema de salud. Las Agencias sanitarias casi no intervienen en la investigación preclínica y numerosas investigaciones, véase el artículo de la organización Proyect on Goverment Oversight (POGO), por ejemplo, describen como “fantasmas” a los autores en áreas tan específicas como la de los antidepresivos pediátricos. Así se fabrica la “evidencia”. Véase también la denuncia aparecida en el Journal of Nervous and Mental Diseases, sobre el mismo tema efectuada por el investigador Glen Spielmans en 2008, o la denuncia de Richard Horton, editor de The Lancet sobre este tipo de revistas y su relación con las multinacionales farmacéuticas, o las críticas de la editora del New England Journal of Medicine,o las del ex Editor Jefe del Britisch Medical Journal, o las numerosas denuncias sobre los daños ocasionados por fármacos realizadas por muchos investigadores, médicos, pacientes, periodistas y concienciados, incluso premios Nobel. ¿Y aún nos preguntan por qué usamos Homeopatía y defendemos otro modelo sanitario y asistencial?
No, no se trata de hacer una lista de aquello que nos pueda parecer malo o bueno de forma arbitraria, de tachar de pseudoterapias determinadas estrategias terapéuticas avaladas por máximos organismos internacionales. Hay terapias y métodos complementarios y alternativos, con elementos discutibles como cualquier otra, cuya seguridad y eficacia ya no es discutible incluso son corrientes en muchos y prestigiosos centros sanitarios del mundo.
La política y el interés no deben confundirse con la ciencia. El escéptico, médico o no, y algunos políticos, incluso los bienintencionados, se nombran a sí mismos defensores de la ciencia pero en realidad no se basan en la duda científica sino en la fe en la Ciencia. Y esto es bastante absurdo porque tener fe, incluso en la ciencia, no es nada científico. Las sesgadas afirmaciones de los escépticos están repletas de una enorme confianza en lo científico y por ello establecen una especie de cruzada contra lo acientífico, supuestamente, por el bien de la humanidad, de la cual ellos son su agente mediador y benefactor. Con ello, utilizando la ciencia como fuente de ética olvidan que la ciencia es una herramienta para conocer las consecuencias de nuestras acciones, pero no para decidir si éstas son buenas o malas. La ciencia no puede ni deber ser una religión. Los que la deifican no tardaran en levantar hogueras allá donde consideren. Ya lo hicieron y volverán a intentarlo. A las pruebas me remito.
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El lado oscuro, crematístico y criminal de los gestores de la ciencia
“En tanto que la razón científica se ha constituido en la más eficaz retórica de la verdad de nuestros tiempos también debe constituirse en el blanco principal para quienes pretendemos luchar contra los dispositivos de sumisión. Atacar la razón científica es hoy una necesidad, no para acabar con el conocimiento científico sino para romper su funcionamiento como retórica de la verdad”.
Tomás Ibáñez. Archipiélago, 20: El cuento de la ciencia.
El pasado 29 de febrero, apareció en la sección de Opinión de Rebelión un artículo de Rosa Guevara Landa titulado El lado oscuro, crematístico y criminal de las pseudociencias [1], en el que hace una crítica que me veo obligado a calificar de severa y arrojada, pero también de totalmente desafortunada y falaz.
Que este tipo de diatribas aparezcan en la prensa sistémica es algo que podríamos considerar connatural con el ejercicio del poder, pero que lo haga en las páginas —tan queridas y respetadas— de este medio rebelde y de la mano de una autora que ha demostrado sobradamente su compromiso y capacidad crítica resulta cuando menos preocupante y muestra hasta qué punto es necesario y urgente atender al llamamiento de Tomás Ibáñez con el que he querido arrancar estas reflexiones.
Guevara no parece consciente del papel que el discurso científico tiene como sostén del discurso ideológico del capitalismo, tal y como advierten y analizan autores como Paul Feyerabend, Humberto Galimberti, Roger Garaudy, Emmanuel Lizcano o Tomás Ibáñez.
Guevara obvia la diferencia fundamental entre la Ciencia y sus gestores. Como toda idea, la idea de Ciencia puede ser maravillosa; pero como toda idea, el problema viene cuando se encarna en seres humanos imperfectos y por desgracia poco maravillosos. No desconfío de la Ciencia como tal —siempre y cuando permanezca dentro de los límites que le corresponden— desconfío de quienes gestionan su discurso, sus aplicaciones, sus resultados. Y rechazo absolutamente que pretendan convertirla en la única herramienta de conocimiento posible en un alarde de etnocentrismo cuyo único fin es el dominio y el mantenimiento de la desigualdad y los privilegios de los de siempre.
Guevara refuerza el modelo médico dominante industrial y enraizado en el capitalismo: ese modelo surgió durante el siglo XIX al confluir los intereses de la industria farmacéutica y los de la clase médica dominante, se consolidó a lo largo del siglo XX, favorecido por la reconversión de las multinacionales farmacéuticas tras la Segunda Guerra Mundial y su control de la formación, información, investigación y servicios sanitarios (tanto los privados como los mal llamados “públicos”), y mantiene una amplia credibilidad e influencia debido, no a razones científicas sino socio-políticas: son los enormes intereses de poder —no sólo económico— los que mantienen vigentes los dogmas de un modelo que ha fracasado a la hora de resolver los problemas de salud crónicos y degenerativos que él mismo ha contribuido a provocar y que está haciendo que cada vez más gente acuda a otras terapias, lo que ha desatado una guerra contra ellas.
Guevara se hace cómplice de lo que Emmanuel Lizcano llama fundamentalismo tecno-científico, reproduciendo en este artículo su discurso integrista que pretende imponer lo que ellos definen como “medicina científica”, considerando el resto como “magia” y “estafa”, con la paradoja añadida de que es precisamente la medicina moderna, industrial, farmacológica, reduccionista, la que adolece de base científica estricta.
Y por último, Guevara nos pone como ejemplo un caso que está siendo utilizado de modo absolutamente rastrero por los mencionados grupos de integristas científicos –más o menos organizados, más o menos “incrustados” en instituciones científicas, universidades y medios de comunicación- tomando como base un artículo publicado por el diario que ella denomina “global-imperial” y a cuyos jerifaltes ha denominado “derecha extrema más literal”. El caso está aún en instancias judiciales tras haber sido desestimado en primera instancia, y me consta que se avecinan novedades que pondrán en claro todos los detalles sacando a la luz las manipulaciones y mentiras que se han vertido y que Guevara reproduce sin contrastar.
En el mejor de los casos, el artículo de Guevara peca de una peligrosa ingenuidad que no podemos permitirnos en estos tiempos en que nos encontramos en manos de quienes tienen el poder suficiente para conseguir que sus teorías se acepten y para impedir que otros las refuten; o, en caso de que algún investigador honesto lo consiga, simplemente acallarlo, desprestigiarlo, encarcelarlo y lo que haga falta. En palabras de paul Feyerabend, “la ciencia [...] ya no amenaza a la sociedad, es uno de sus más poderosos soportes”.
Quienes queremos cambiar la sociedad y entretanto luchar contra quienes ostentan poder y privilegios, tenemos la obligación de atravesar ese muro de falsa legitimidad que pretende conferir el discurso científico para producir Verdad: detrás –o mejor dicho, por encima- de quienes controlan el modelo médico dominante están los mismos que declaran las guerras, arrasan nuestro ecosistema, controlan los recursos y administran la muerte. Mucho cuidado a la hora de elegir compañeros de batalla.
Nota
[1] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=209442
Autor: Jesús García Blanca
Fuente: rebelion.org
Etiquetas:
Crítica sanitaria,
Medicinas alternativas
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