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Mercaderes en el Templo: hegemonía del paradigma bio-comercial en Psiquiatría.

Como profesionales de la salud mental, debemos recuperar el poder sobre nuestro trabajo. Creemos que otra Psiquiatría puede ser posible y, sin duda, que es necesaria. Una Psiquiatría que se dedique al estudio de su objeto (la mente, la conducta, la locura o como queramos llamarlo...) sin injerencias de intereses comerciales que sesguen nuestra información. Una Psiquiatría capaz de ponerse límites a sí misma y no pretender tratarlo todo, sabiendo que la normalidad, en la consulta psiquiátrica, muchas veces no mejora sino se cronifica, y que si tratas a alguien sano como un enfermo, lo más probable es que acabe viéndose, sintiéndose y comportándose como un enfermo.
José García-Valdecasas Campeloa y Amaia Vispe Astolab, autores del artículo, han decidido, en línea con plataformas como No Gracias, cortar sus vínculos con la industria farmacéutica.

Autores: Dr. José García-Valdecasas Campeloa, Psiquiatra, Hospital Universitario de Canarias, Servicio Canario de la Salud. jose_valdecasas@hotmail.com
Amaia Vispe Astolab, Enfermera Especialista en Salud Mental, Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria, Servicio Canario de la Salud.
Artículo publicado en Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2011; 31 (110), 321-341.
Enlace a artículo completo.

Placebo: El efecto de creer.

Cómo la mente controla el cuerpo
Mi idea de que las creencias controlan la biología está basada en los estudios que he realizado sobre células endoteliales clonadas, las células que forman la pared de los vasos sanguíneos. Las células endoteliales del medio de cultivo examinaban su entorno con detenimiento y cambiaban su comportamiento en función de la información que recaban del ambiente.
Cuando les suministraba nutrientes, las células se movían hacia esos nutrientes con el equivalente celular de unos brazos abiertos. Cuando las introducía en un ambiente tóxico, las células del cultivo se alejaban de los estímulos en un intento por protegerse de los agentes nocivos. Mi investigación se centraba en los receptores de membrana que controlan el paso de un comportamiento a otro.

El complejo que estudié en un principio tenía una proteína de membrana que reaccionaba a la histamina, una moléculaque el organismo utiliza corno sistema local de alarma.
Descubrí que había dos tipos de complejos, Hl y H2, que respondían a la misma molécula de histamina. Cuando se activaban, los complejos con receptores Hl desencadenaban una espuesta de protección, el tipo de comportamiento mostrado or las células con medios de cultivo tóxicos. Los complejos ue contenían receptores H2 desencadenaban una respuesta e crecimiento o desarrollo ante la presencia de histamina, imilar al comportamiento de las células en presencia de nutrientes.

Más tarde descubrí que la molécula que desencadena una respuesta de alerta general en el organismo, la adrenalina, también tenía dos complejos de receptores diferentes, llamados alfa y beta. Los receptores de adrenalina desencadenan exactamente los mismos comportamientos celulares que la histamina. Cuando el receptor alfa-adrenérgico forma parte de un complejo de PIM, desencadena una respuesta de protección en presencia de adrenalina. Cuando es el receptor beta-adrenérgico el que forma parte del complejo, la misma olécula de adrenalina desencadena una respuesta de crecimiento o desarrollo (Lipton, et al., 1992).

Todo esto resultaba muy interesante, pero el descubrimiento más excitante tuvo lugar cuando añadí adrenalina e histamina a la vez a mi cultivo celular.

Descubrí que las moléculas de adrenalina, que son liberadas por el sistema nervioso central, anulaban a las de histamina, que se producen a nivel local. Aquí es donde la política de la comunidad que describí con anterioridad entra en juego.
Imagina que trabajas en un banco. El director de la sucursal te da una orden. El presidente de la empresa aparece y te da una orden contraria. ¿A quién de los dos obedecerías? Si quieres conservar tu empleo, obedecerías al presidente de la empresa.
Nuestro sistema biológico sigue un sistema de prioridades similar que requiere que las células sigan las instrucciones del jefazo, el sistema nervioso, aun cuando sus órdenes entren en conflicto con los estímulos locales.

Me sentí entusiasmado ante semejante descubrimiento porque creí que revelaban, si bien a nivel unicelular, una verdad que también valía para los organismos multicelulares:
que la mente (actuando mediante la adrenalina liberada por el sistema nervioso central, por ejemplo) domina el cuerpo (que actúa en respuesta a estímulos locales, como la histamina). Quise explicar las implicaciones de mis experimentos por escrito, pero a mis colegas casi les dio un infarto ante la idea de incluir la conexión entre mente y cuerpo en un texto sobre biología celular. Así pues, hice un críptico comentario sobre el ignificado del estudio, pero no pude decir cuál era ese significado. Mis compañeros no querían que incluyera las conclusiones de mi investigación porque la mente no es un concepto biológico aceptado. Los científicos biológicos son newtonianos hasta la médula, si no hay materia, no existe. La «mente» es una energía no localizada y, por tanto, no tiene relevancia para la biología materialista. Por desgracia, esa idea es una «creencia» que ha demostrado ser manifiestamente errónea en el universo cuántico.

Placebos: el efecto de creer
Todos los estudiantes de medicina saben, al menos durante un tiempo, que la mente puede afectar al cuerpo. Saben que algunas personas mejoran cuando creen (de forma equivocada) que están recibiendo un tratamiento médico. Cuando los pacientes mejoran tras recibir una pastilla de azúcar, la medicina lo define como «efecto placebo». Mi amigo Rob Williams, creador del PSYCH-K™, un sistema de tratamiento fisiológico basado en la energía, sugiere que sería más apropiado denominarlo «efecto ideológico». Yo lo llamo «efecto de las creencias» para recalcar el hecho de que nuestras ideas y percepciones, sean acertadas o no, tienen su efecto en nuestro cuerpo y en nuestro comportamiento.

Celebro que exista el «efecto de las creencias», ya que es un testimonio extraordinario de la capacidad de sanación de la unión cuerpo-mente. No obstante, la medicina tradicional relaciona ese efecto placebo de «todo está en la mente» con curanderos, en el peor de los casos, y con pacientes débiles y sugestionables en el mejor. Las facultades médicas le han restado rápidamente importancia al efecto placebo a fin de que los estudiantes utilicen las verdaderas herramientas de la medicina moderna, como los fármacos y la cirugía.

Craso error. El efecto placebo debería ser un tema de estudio principal en todas las facultades de medicina. Creo que la educación médica debería formar doctores que reconocieran el poder de nuestros recursos interiores. Los médicos no deberían descartar el poder de la mente como algo inferior al poder de las sustancias químicas y el escalpelo.

Deberían desechar la convicción de que el cuerpo y sus componentes son estúpidos y de que necesitamos una intervención externa para conservar la salud.

La investigación del efecto placebo debería recibir importantes subvenciones. Si los investigadores médicos llegaran a averiguar cómo hacer uso del efecto placebo, los doctores dispondrían de una herramienta basada en la energía y sin efectos secundarios para tratar una enfermedad. Los sanadores energéticos dicen que ya poseen dichas herramientas, pero yo soy un científico y creo que cuanto más descubra la ciencia sobre el placebo, más oportunidades tendremos de utilizarlo en las instalaciones clínicas.

Creo que la razón de que la mente haya sido tan tajantemente descartada en medicina es el resultado, no sólo de su pensamiento dogmático, sino también de las consideraciones económicas. Si el poder de la mente puede curar las enfermedades del cuerpo, ¿por qué íbamos a ir al médico? Y más importante aún, ¿para qué íbamos a comprar medicamentos?

De hecho, descubrí hace poco que, por desgrada, las compañías farmacéuticas están estudiando a los pacientes que mejoran tras la administración de pfldoras de azúcar con la intención de eliminarlos de los ensayos clínicos iniciales. Como era de esperar, a la gran industria farmacéutica le molesta que en la mayoría de sus ensayos clínicos con placebos, los fármacos «falsos» demuestren ser tan efectivos como sus combinados químicos diseñados por ingenieros (Greenberg, 2003). Aunque las compañías farmacéuticas insisten en que su objetivo no es facilitar que se aprueben fármacos ineficaces, está claro que la eficacia de las pildoras de placebo supone una amenaza para su industria. El mensaje de las compañías farmacéuticas me parece de lo más evidente: si no puedes vencer a las pildoras de placebo, ¡limítate a eliminarlas de la competición!

Resulta irónico que a casi ningún médico se le enseñe a tener en cuenta el impacto del efecto placebo, ya que muchos historiadores dan pruebas fehacientes de que la historia de la medicina es en su mayor parte la historia del efecto placebo.
Durante la mayor parte de su historia, los médicos no disponían de métodos eficaces para combatir la enfermedad.

Algunos de los más famosos tratamientos prescritos por la medicina tradicional son las sangrías/ el tratamiento de heridas con arsénico y la legendaria panacea del aceite de serpiente de cascabel. Está claro que algunos pacientes/ los mismos que las estadísticas conservadoras cuentan entre el tercio de la población sensible al poder curativo del efecto placebo, mejorarían con esos tratamientos. Es posible que hoy en día, cuando los médicos se ponen sus batas blancas y aplican con decisión un tratamiento, los pacientes crean que el tratamiento funciona y por eso lo hacen, sea un verdadero fármaco o una pastilla de azúcar.

Aunque la cuestión de cómo funcionan los placebos haya sido obviada por la mayor parte de la profesión médica, recientemente algunos investigadores se han propuesto descubrirlo. Los resultados de sus estudios sugieren que no sólo los excéntricos tratamientos del siglo xix pueden provocar un efecto placebo, sino también los sofisticados métodos tecnológicos de la medicina moderna, entre los que se incluye la más «sólida» de las herramientas médicas, la cirugía.

Un estudio de la Facultad Médica de Baylor publicado en 2002 en la revista New England Journal of Medicine, evaluó la eficacia de la cirugía en pacientes con dolores graves y debilitantes de rodilla (Moseley, et al., 2002). El autor principal del estudio, el doctor Bruce Moseley, «sabía» que la cirugía de rodilla ayudaba a estos pacientes: «Todo buen cirujano sabe que en la cirugía no existe el efecto placebo».

Sin embargo, Moseley estaba tratando de averiguar qué parte de la cirugía provocaba la mejora en los pacientes. Los pacientes del estudio estaban divididos en tres grupos.
Moseley rebajó el cartílago dañado en uno de los grupos. En otro, limpió la articulación de la rodilla para eliminar cualquier material que pudiera estar causando la respuesta inflamatoria. Ambos tratamientos constituyen el tratamiento estándar de la artritis de rodilla. El tercer grupo recibió una «falsa» cirugía. Una vez que el paciente estaba sedado, Moseley hacía las tres incisiones de rigor y después hablaba y actuaba como solía hacerlo durante las intervenciones quirúrgicas reales.
Incluso metía las manos en suero salino para imitar el ruido producido al limpiar la articulación. Tras cuarenta minutos, Moseley cosía las incisiones como si de verdad hubiera llevado a cabo la operación. En los tres grupos se administraron los mismos cuidados posoperatorios, que incluían un programa de ejercicios.

Los resultados fueron sorprendentes. Sí, los grupos que se sometieron a una cirugía real, mejoraron, tal y como era de esperar. Pero ¡el grupo placebo mejoró tanto como los otros dos! A pesar de que se llevan a cabo seiscientas cincuenta mil operaciones de rodilla al año para mejorar la artritis, con un coste medio de unos cinco mil dólares cada una, el doctor Moseley tenía bastante claro el resultado: «Mi habilidad como
cirujano no supuso beneficio alguno en esos pacientes. Cualquier posible beneficio de la cirugía para la osteoartritis de rodilla se debió al efecto placebo». Los noticiarios de televisión ilustraron con todo detalle los asombrosos resultados.
Se mostraron imágenes de los miembros del grupo placebo andando y jugando al baloncesto, haciendo de pronto cosas que no podían hacer antes de la «cirugía». Los pacientes del grupo placebo no descubrieron que habían recibido una falsa cirugía hasta dos años después. Uno de los miembros del grupo placebo, Tim Pérez, que caminaba con la ayuda de un bastón antes de la operación, juega al baloncesto con sus nietos en la actualidad. Este hombre resumió el tema de mi libro cuando habló para el Discovery Health Channel: «Todo es posible en este mundo cuando te convences de ello. Sé que la mente puede obrar milagros».

Diferentes estudios han demostrado que el efecto placebo puede ser de lo más útil en el tratamiento de otras enfermedades, entre las que se incluyen el asma y la enfermedad de Parkinson. Los placebos son verdaderas estrellas en el tratamiento de la depresión. Tanto es así que el psiquiatra Walter Brown, de la Escuela Universitaria de Medicina de Brown, ha llegado a proponer que los placebos sean el tratamiento principal de los pacientes con casos de depresión leve o moderada (Brown, 1998). Se informaría a los pacientes de que están tomando un remedio sin principios activos, pero eso no debería disminuir la eficacia de las pastillas. Los estudios sugieren que incluso en los casos en los que los pacientes saben que no están tomando un fármaco, las pastillas de placebo siguen funcionando.

Uno de los indicios de la eficacia de los placebos aparece en un informe del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos. El informe revela que la mitad de los pacientes con depresión grave que toman fármacos mejora, frente al treinta y dos por ciento de los que toman placebo (Horgan, 1999). Incluso esas impresionantes cifras pueden infravalorar el poder del efecto placebo, ya que muchos de los participantes en el estudio averiguaron que estaban tomando el fármaco auténtico porque experimentaron efectos secundarios que no sufrían los que tomaban el placebo.

Una vez que esos pacientes se dan cuenta de que están tomando el medicamento (es decir, una vez que comienzan a creer que toman el verdadero fármaco) se vuelven especialmente susceptibles al efecto placebo.

Dada la eficacia del placebo, no es de extrañar que la industria de los antidepresivos, que gana alrededor de ocho mil doscientos millones de dólares al año, sufra el ataque de los críticos que afirman que las compañías farmacéuticas exageran la eficacia de sus comprimidos. En 2002, en un artículo de la revista Prevention & Treatment de la Asociación Psicológica Norteamericana titulado Las nuevas drogas del emperador, el profesor de Psicología de la Universidad de Connecticut, Irving Kirsch, reveló que el ochenta por ciento de los efectos de los antidepresivos descubiertos en los ensayos clínicos podían atribuirse al efecto placebo (Kirsch, et al., 2002). Kirsch se vio obligado a recurrir a la Ley de Libertad de Información en 2001 para reunir información sobre los ensayos clínicos de los principales antidepresivos, ya que estosdatos no estaban disponibles en el departamento correspondiente del Departamento de Salud y Recursos Humanos. Los datos revelaban que en más de la mitad de los ensayos clínicos de los seis antidepresivos principales, los fármacos no obtenían mejores resultados que las pildoras de placebo fabricadas con azúcar. Y Kirsch resaltó en una entrevista en el Discovery Health Channel que: «La diferencia entre la respuesta a los fármacos y la del placebo era de menos de dos puntos de media en la escala clínica que va desde los cincuenta a los sesenta puntos. Eso es una diferencia muy pequeña. Es una diferencia clínicamente irrelevante».

Otro hecho interesante sobre la efectividad de los antidepresivos es que han mejorado su eficacia en los ensayos clínicos con el paso de los años, lo que sugiere que el efecto placebo es debido en parte a una avispada publicidad. Cuanto más se proclama en los medios el milagroso efecto de los antidepresivos, más eficaces se vuelven. ¡Las creencias son contagiosas!

Vivimos en una cultura en la que la gente cree que los antidepresivos funcionan, así que lo hacen.

Una diseñadora de interiores de California, Janis Schonfeid, que tomó parte en un ensayo clínico para demostrar la eficacia de Effexor en 1997, se quedó tan «asombrada» como Pérez al descubrir que había estado tomando un placebo. Las pildoras no sólo le habían mejorado la depresión que padecía desde hacía casi cuarenta años, sino que el escáner que le hicieron durante el estudio reveló que la actividad de su corteza prefrontal había aumentado de forma considerable (Leuchter, et al., 2002). Su mejora no era en absoluto algo que estuviera «sólo en su mente». Cuando la mente cambia, afecta por completo a tu biología. Schonfeid también experimentó náuseas, un efecto secundario frecuente cuando se toma Effexor. Ella es una de esos típicos pacientes que mejoran con el tratamiento placebo y después descubren que no estaban tomando el fármaco; estaba convencida de que los médicos habían cometido un error en el etiquetado, porque «sabía» que estaba tomando el fármaco. Insistió en que los investigadores volvieran a comprobar sus informes para estar absolutamente seguros de que no estaba tomando el medicamento.
 
Autor: Dr. Bruce H. Lipton 
Extracto del libro "La Biología de la creencia". 
Fuente: http://disiciencia.blogspot.com/2010/09/placebo-el-efecto-de-creer.html

Los Emociones son Señales Electromagnéticas que Afectan al Mundo por Candace Pert, Ph.D

La Doctora Candace Pert, Ph.D es una farmacéutica reconocida mundialmente. Ha publicado más de 250 artículos sobre los péptidos, los receptores y la conducta de estos neuropétidos en el sistema inmune. Se licenció con un doctorado en farmacología de la facultad de Medicina del John Hopkins University.

Incluso antes de ser la responsable del departamento de la bioquímica cerebral del Nacional Institute of Health, Candace Pert hizo un descubrimiento que cambió la forma en que los científicos entienden la conexión mente-cuerpo. Encontró el receptor opiáceo; el mecanismo a través del cual una clase de químicos (los péptidos) alteran la mente y el cuerpo. Su investigación le llevó a la comprensión de cómo funcionan las emociones como sistemas regulatorios en el cuerpo. Desde el descubrimiento ella ha estado enfocándose en desarrollar un tratamiento para el SIDA usando péptidos, primero en la Universidad de GeorgeTown Medical Center y ahora como directora científica de RAPID Pharmaceutical.

Por su trabajo en las emociones, Dr. Pert fue una de las protagonistas de la película ¿Y tu que sabes? y da conferencias sobre la relación mente-cuerpo. El trabajo de Pert ha ayudado a cambiar el paradigma de “emociones como neurociencia” a “emociones como biología”. En su libro Everything You Need to Know to Feel Go (o)d –Todo lo que Necesitas Saber para Sentirte Bien/Dios- ella lleva la ciencia del sentir un paso mas allá y presenta el concepto de “emociones como física”

Las emociones, aclara Pert, no son simplemente química en el cerebro. Son señales electromagnéticas que afectan a la química y a la electricidad de cada célula del cuerpo. El estado eléctrico del cuerpo está modulado por las emociones cambiando el mundo desde dentro del cuerpo. A cambio, Pert descubre que los estados emocionales afectan al mundo fuera del cuerpo.

Le pedí a Pert que explicara como es posible que las emociones tengan ese poder. “No somos simples pedazos de carne. Estamos vibrando como un tenedor bailante, y mandamos vibraciones a la gente todo el tiempo. Emitimos y recibimos. Entonces las emociones orquestan las interacciones entre nuestros órganos y sistemas para controlar eso.”

Tal cual explica Pert en su libro anterior, “Moléculas de Emoción”, los neurotransmisores, llamados péptidos, cargan mensajes emocionales. “Tal como nuestras emociones cambian, la mezcla de péptidos, viajan a través de tu cuerpo y tu mente. Y literalmente cambian la química de cada célula en tu cuerpo.”

Esto es ciencia mainstrean –o tendencia mayoritaria- pero no explica como las emociones de una persona afectan a otra y al mundo. “Nosotros todavía pensamos en esto en términos químicos”. Se queja Pert. “Claro es química pero también física y vibración. “ Los neurotransmisores son químicos, pero tienen carga eléctrica. Las señales eléctricas de nuestra mente y cuerpo afectan la forma de cómo se comportan e interactúan las células y las funciones que realizan. Tienes receptores en cada célula del cuerpo. Son de hecho como mini bombas eléctricas. Cuando el receptor se activa por una “molécula de emoción”, el receptor pasa una carga a la célula cambiando la frecuencia eléctrica y química de la célula.” Pert dice que tal como nuestras células individuales llevan una carga eléctrica, así también en cuerpo entero como organismo. Como un campo generando electromagnetismo, Pert dice que la gente tiene una carga positiva en su cabeza y una negativa debajo. “Y así, de hecho nos mandamos varias señales eléctricas o vibraciones.”

“Los mensajes electroquimicos se pasan de una célula a otra. Señales semejantes se pasan al resto del cuerpo. Y cada una está cargada con “sitios recpetores”, una clase de buzón de correos para estos mensajeros electromagnéticos.”

“Todos estamos familiarizados con un tipo de vibración: cuando hablamos mandamos un tipo de vibración a través del aire que alguien percibe como sonido. Y tal como explico en el libro, también mandamos todo tipo de vibraciones. Es una ley básica de la Física que cuando estás cerca de una fuente de energía, tiene un efecto más grande y disminuye conforme te alejas. Pero cuando estás lejos no hay efecto.”

“No es algo que se pueda explicar en 25 palabras. Es un nuevo cambio de paradigma que básicamente te lleva a saber que no estás solo. Estás conectado a todos los demás. Y las emociones son la llave. Estamos en un despertar, cambiando ampliamente el mundo alrededor nuestro. El libro anterior de Pert, “Moléculas de Emoción” es en parte ciencia, en parte una biografía que cuenta su proceso de descubrimiento y aprendizaje.

Quizá todos los científicos que rompen un nuevo camino tiene que estar conducidos incluso obsesionados con su trabajo. “He aprendido a tener un mejor balance con mis hijos, con los tres y espero haber huido de la imagen de madre judía superprotectora”. Pert dice que su mayor reto fue llevar a la práctica las ideas sobre las que escribía. En su libro, “Todo lo que Necesitas Saber para Sentirte Bien/Dios” hace una relación implícita entre sentirte bien y conectar con Dios. Pert admite que esto es algo inusual para un científico “duro de pelar”. “Estoy enfadada con todos estos rabiosos científicos ateos que escriben libros que dicen que Dios es una ilusión. Cualquier científico bueno sabe que es imposible “desaprobar” algo. Las cosas solo se puede probar”. Aún así, Pert admite que como científico, lo metafísico le hace sentir incómoda.

“Mi ´persona científica´ es estrictamente lógica. Y por tanto, cuestiono lo supernatural. Y esa parte me hace sentir dolor agudo. Pero trabajando en la vacuna del SIDA (Pert ha desarrollado el péptido “T” contra el SIDA), los dos mundos se fusionan, mi mundo científico y ese otro donde cosas maravillosas ocurren. Es imposible pensar que mi descubrimiento fuera tan solo un accidente. El descubrimiento este es realmente increíble.

A nivel neurológico continua Pert, el sentimiento de estar conectado con Dios, de sentirse bendecido es una parte importante para el cerebro. La “bliss response” o “respuesta gozo” está directamente conectada con el trabajo de Pert sobre los receptores de opiáceos. Tal como los receptores de otros neuropéptidos desencadenan una respuesta celular, los receptores de opiáceos recogen la presencia de un neurotransmisor para la euforia. Los “químicos gozosos” que ocurren de forma natural se llaman endorfinas y son enviados por el cerebro y en el cuerpo como respuesta a los estados emocionales y a las actividades físicas.

Pert dice que la forma en como trabajan las endorfinas es evidencia del gozo como una necesidad de la evolución. “Es por eso que las endorfinas son moléculas altamente conservadas. Son los mismos en los organismos unicelulares y en los humanos. En su nuevo libro habla sobre la evolución de los receptores de opiáceos y como se encuentran situados en la corteza frontal, la parte mas evolucionada de nuestro cerebro.”

Es como si estuviésemos diseñados para hacer elecciones alrededor del placer. La parte más evolucionada e inteligente de nuestro cerebro está empapada de receptores que nos hacen utilizar el placer como criterio en las decisiones. Entonces está bien sentirse bien. Mientras está claro que los receptores del gozo está asentados en la corteza prefrontal, no esta tan claro la parte del cerebro que toma complejas decisiones. “Los científicos no pueden preguntar porque. Solo qué y como. Pero sabemos que la vibración en estos receptores median o lideran al organismo entero hacia al sentimiento de gozo. Y en el libro también hablo de cómo la vibración de las endorfinas es realmente el gozo de la unión divina.”

Así que cuando creamos ese tipo de resonancia internamente, estamos sintonizados con el ser divino. Este estado es la función natural del ser pero nuestra sociedad interfiere. No tenemos que enseñarles esto a gente indígena. La mayoría de nosotros ha perdido el sentido de la realidad. “Todo es solo cuestión de sentirse bien”.


Entrevista a Candace Pert, farmacéutica.
Fuente: http://medicinacuantica.net/?p=677#more-677
Otra entrevista sobre Psiconeuroinmunología aquí.

La ciencia de la consciencia; dominio total del organismo

El término retroalimentación es de origen relativamente reciente. Se define como un método de controlar un sistema al reinsertar en él los resultados de su desempeño pasado. Podemos aprender a controlar nuestro desempeño en los deportes al observar y actuar según los resultados de nuestros intentos previos.
De esta manera, la retroalimentación biológica es simplemente una clase particular de retroalimentación. En este caso, puede ser la retroalimentación de diferentes partes de nuestro organismo. Puede ser el cerebro, el corazón, los músculos o cualquier otra parte del cuerpo. Luego tenemos el entrenamiento de retroalimentación biológica, el cual es el procedimiento que nos permite entonarnos con nuestras funciones corporales y con el tiempo, controlarlas. Esto es realmente fascinante.
 En una sesión típica de entrenamiento de retroalimentación biológica, a un sujeto se le da esta retroalimentación al conectarlo con un equipo que puede amplificar una de sus señales corporales y traducirlas en señales fácilmente observables. Puede ser una luz, un sonido, etc. Una vez que una persona pueda “ver” sus latidos cardíacos y “oír” sus ondas cerebrales, tiene la información que necesita para empezar a controlarlos y literalmente lo logra. Nadie sabe porqué sucede esto. Pero sí sucede. Es más, después de un poco de práctica, ya no se necesitará ninguna ayuda mecánica. Es decir, el propio aparato de retroalimentación biológica.
En la medicina integrativa, proclamamos que el paciente tiene la responsabilidad para y el poder sobre su propia salud. La retroalimentación biológica pone énfasis sobre el entrenamiento, más bien que sobre medicamentos o cirugía.
Una vez que nos damos cuenta de que el hombre tiene la capacidad de jugar un papel activo en combatir sus propios problemas médicos, debemos darle toda la ayuda posible al hacer ese papel tan efectivo como sea posible. Aquí es donde el entrenamiento de retroalimentación biológica entra: es la mejor herramienta que tenemos para ayudar al hombre a lograr controlar las actividades del sistema nervioso relacionadas con su bienestar.
Usando el entrenamiento de retroalimentación biológica, el paciente y el médico pueden trabajar conjuntamente contra las enfermedades. En esta clase particular de lucha, el paciente se convierte en su propia prescripción para conservar una buena salud.
Existe un sistema de retroalimentación biológica creado por Doc Childre, un investigador del estrés, autor y consultor de muchos líderes en los negocios, la ciencia y la medicina. Este sistema de retroalimentación ofrece una visión innovadora de la fisiología, la psicología y el potencial humano que provee un nuevo modelo para una vida eficiente en el mundo moderno.
El Dr. Childre pasó la mayor parte de su vida adulta investigando y desarrollando este sistema innovador. Su meta con este sistema, ha sido darle a la gente la capacidad de desarrollar una nueva inteligencia y sentimientos compasivos y más apreciativos para ayudarles a enfrentarse a los muchos retos de la vida con adaptabilidad y aplomo. En 1991 el Dr. Childre junto con un pequeño grupo de profesionales representando a un amplio espectro de talentos, experiencia y competencia fundaron el Instituto de HeartMath, una organización educacional y de investigación no lucrativa. La investigación del instituto ha hecho incursiones pioneras en los campos de la neurociencia, la cardiología, la psicología, la fisiología, la bioquímica, la bioelectricidad y la física.
En la actualidad, este sistema de retroalimentación está siendo oficialmente enseñado en 4 continentes en una variedad de contextos societarios, incluyendo corporaciones, agencias gubernamentales, instituciones de cuidado para la salud y sistemas de educación.
Todos sabemos que nuestros sentimientos y pensamientos influyen en nuestra salud tanto física, mental como emocional. Sin embargo, muy pocos saben cómo influyen y cómo cambiarlos para mejorar nuestra vida en estos 3 aspectos.
Seguramente que alguna vez en la vida, alguien nos ha aconsejado que sigamos los mandatos de nuestro corazón. Parece una buena idea y además sencilla de seguir. Sin embargo, a la hora de la verdad, nos damos cuenta de que no es lo mismo hablar que actuar. No sabemos exactamente qué significa seguir los mandatos de nuestro corazón.
En los últimos años, los científicos han descubierto nueva información acerca del corazón, con la cual han demostrado que todo esto es mucho más complejo que lo que imaginamos. Ahora, contamos con evidencia científica de que el corazón nos manda señales intuitivas y emocionales para ayudar a gobernar a nuestras vidas. En vez de simplemente bombear sangre, el corazón dirige y alinea muchos sistemas en el cuerpo para que puedan funcionar en armonía uno con otro. Y aunque el corazón está en constante comunicación con el cerebro, sabemos que muchas veces toma sus propias decisiones.
Este sistema de retroalimentación, es un sistema comprensible que le dará a Ud. mucha nueva información acerca de la inteligencia del corazón; nuevas herramientas, técnicas y ejercicios para acceder a esa inteligencia e instrucciones y ejemplos con relación a cómo y cuándo aplicarlos para hacer mejor su vida.
El corazón no es blando y sentimental. Es inteligente y poderoso y se cree que sostiene la promesa para el siguiente nivel del desarrollo humano y para la supervivencia de nuestro mundo.
Nuevos descubrimientos revelan que dentro de cada uno de nosotros existe una inteligencia organizadora y central que puede levantarnos más allá de nuestros problemas y en una nueva experiencia de realización aun en medio del caos. Es una fuente intuitiva de alta velocidad de sabiduría y percepción clara, una inteligencia que abarca y promueve la inteligencia emocional y mental. El Dr. Childre la llama “inteligencia del corazón”.
De acuerdo al Dr. Childre, las palabras corazón y matemáticas rara vez se usan juntas. Pero pensó que una combinación provocadora de pensamientos reflejaría los 2 aspectos más esenciales de su trabajo. La palabra corazón tiene significado para casi todos. La palabra matemáticas resuena con la mayoría de la gente también. En el contexto del Instituto HeartMath, se refiere a los escalones del sistema para desarrollar sistemáticamente las cualidades del corazón. También se refiere a las ecuaciones fisiológicas y psicológicas para acceder y desarrollar el potencial increíble del corazón.
En el Yoga, nos enseñan la importancia de alcanzar el equilibrio y se reconoce al corazón como el asiento de la consciencia individual. En su práctica, se pone énfasis en cultivar la consciencia del latido del corazón de uno mismo.
Por otro lado, en la medicina tradicional china, el corazón es visto como el asiento de conexión entre la mente y el cuerpo, formando un puente entre los dos.
Desde el punto de vista biológico, el corazón tiene una eficiencia sorprendente. Trabaja sin interrupción unos 80 años. Palpita más de 100,000 veces al día. Eso significa que palpita aproximadamente 4, 000,000 de veces al año. Tiene la capacidad de bombear casi 8 litros de sangre por minuto, o sea unos 380 litros por hora (Schiefelbein, S. The powerful river. In: Poole R. ed. The indredible machine. Washington, D.C.: The National Geographic Society, 1986).
La embriología nos enseña que el corazón empieza a palpitar en el feto antes de que se haya formado el cerebro. Los científicos todavía no saben exactamente lo que dispara el latido, pero usan la palabra “autorrítmico” para indicar que el latido del corazón es auto-iniciado desde dentro del corazón.
Mientras que la fuente del latido del corazón está dentro del corazón mismo, se cree que la regulación del estímulo del latido es controlada por el cerebro a través del sistema nervioso autónomo. Sorprendentemente el corazón no necesita una conexión alámbrica con el cerebro para seguir palpitando. Cuando alguien recibe un transplante de corazón, el cirujano le corta los nervios que van del corazón al cerebro. Y cuando se reestablece el latido del corazón transplantado en el paciente, el corazón palpita a pesar de que no hay conexión entre el cerebro y el corazón.
En los últimos años, los científicos han hecho un descubrimiento muy interesante. Encontraron que el corazón tiene su propio sistema nervioso independiente al cual se conoce como “el cerebro en el corazón”. Se sabe que al menos hay 40,000 neuronas en el corazón (Armour J., and Ardell J., eds. Neurocardiology, New York: Oxford University Press, 1984). El cerebro intrínseco del corazón y el sistema nervioso transmiten información de regreso al cerebro, creando una comunicación de 2 caminos entre uno y otro.
Los fisiólogos Laceys del Fels Research Institute encontraron que cuando el cerebro manda “órdenes” al corazón a través del sistema nervioso, el corazón no obedece automáticamente. En vez de eso, el corazón responde como si tuviera su propia lógica distintiva. Los Laceys también encontraron que parece que el corazón está mandando mensajes de regreso al cerebro lo cuales, el cerebro no sólo entiende sino obedece. Y parece que estos mensajes del corazón podrían realmente influir en el comportamiento de una persona (Lacey J and Lacey B. Some autonomic-central nervous system interrelationships. In: Black P., Physiological correlates of emotion. New York: Academic Press, 1970:205-227).
Una de las indicaciones médicas del entrenamiento de retroalimentación biológica es la ansiedad. Cuando el paciente aprende a conservarse en el estado alfa en patrón de ondas cerebrales, puede disminuir a voluntad su nivel de ansiedad.
De la misma manera, un paciente que sufra de migraña o dolores de cabeza tensionales, puede regular – a través de este entrenamiento – el flujo sanguíneo entre la cabeza y la mano.
Sabemos que el 95 % de la gente que padece de hipertensión, sufre del tipo conocida como hipertensión esencial. Esto significa que el médico no puede encontrar una causa física objetiva de dicho síndrome. La retroalimentación biológica es un tratamiento efectivo y excelente para todos estos pacientes.
En la medicina convencional, la evidencia ha demostrado que ciertos medicamentos hipnóticos que usamos para el insomnio, pueden suprimir ciertas partes del ciclo del sueño que son importantes para nuestro bienestar psicológico.
La retroalimentación biológica con EMG (electro miografía) es útil también en el tratamiento de muchas enfermedades neuromusculares, incluyendo los tics espasmódicos y los calambres musculares.
El Dr. Weiss y el Dr. Engel hicieron un importante estudio clínico con 8 pacientes cardíacos para ver si podrían aprender a controlar las irregularidades peligrosas en sus latidos cardíacos con la fuerza de disciplina mental nada más. Las contracciones ventriculares prematuras aumentan la posibilidad de una muerte repentina. Estos investigadores demostraron que la retroalimentación biológica realmente funciona.
Hace varios años, en la Universidad de Guadalajara hicimos algunos estudios clínicos en pacientes con tartamudez, déficit de atención y epilepsia. En estos padecimientos y en otros más, el entrenamiento de retroalimentación biológica ayudó a todos los individuos.
En general, la retroalimentación puede ayudar en la drogadicción, lesiones del cuello, sordera histérica, víctimas de embolia, cantantes de ópera, pacientes con síndrome de Raynaud, asma, estrés, insomnio, migraña, depresión, ansiedad, anorexia, bulimia, dolores musculares, asma, epilepsia, alcoholismo, tabaquismo, hipertensión esencial, falta de atención, obsesiones hiperactividad, problemas de peso y muchas otras enfermedades.
Un uso no convencional de la retroalimentación biológica es el de cambiar nuestro estado interior, es decir nuestra conciencia. Después del entrenamiento, no necesitaremos medicamentos experimentales peligrosos para explorar nuestro ser interior. Podemos cambiar nuestras mentes sin perder la cabeza.
Podemos fácilmente aprender cómo disminuir la frecuencia de nuestras ondas cerebrales, alcanzando el estado alfa (entre 8 y 13 ciclos por segundo). El estado de alfa es un estado mental casi siempre descrito como relajado, pasivo y placentero. Con la práctica podemos lograr una hipersincronía inter e intra hemisférica cerebral. Esto se traduce en un aumento en el desarrollo de nuestra inteligencia, nuestra creatividad y demás habilidades. Para mí es como una especie de raja yoga moderno y electrónico. Y además es manera objetiva de demostrar que podemos entrar en un estado profundo de consciencia.
Al principio, la mayor parte de la investigación sobre las ondas cerebrales se centraba en el estado de alfa. Había razones obvias para esto. El estado de alfa es una frecuencia relativamente fácil de monitorear y controlar. Además la relación entre el estado de alfa y las experiencias de placer era un incentivo para los científicos soñadores. La evidencia se acumula e indica que el estado theta es un estado más intrigante de las ondas cerebrales. Los Maestros Zen, por ejemplo, pasan del estado alfa al theta durante la meditación profunda.
La retroalimentación biológica ha demostrado lo que la psicología tradicional ha negado o ignorado; que podemos entrar en estados alterados de conciencia, controlar nuestros órganos internos y cambiar nuestras ondas cerebrales a voluntad. Esto es real y demostrable.
Hay una analogía interesante entre el impacto de la investigación de la retroalimentación biológica en la parapsicología y los primeros desarrollos en la investigación del sueño. Hace unos 30 años los sueños eran vistos como ocurrencias extrañas por casi todos los científicos teóricos y los médicos. Solamente los Freudianos y algunos otros psicoterapeutas aceptaban la importancia de los sueños. Luego algunos investigadores observaron que cuando la gente duerme, presenta una serie de movimientos en los ojos. Ahora a esto se le conoce como el período REM del sueño. Así que de repente, los sueños, en vez de ser aquellas experiencias subjetivas, se hicieron reales. Al grado que los sueños los podemos medir, así que en la actualidad son objetos válidos de estudio.
Algunas ventajas de la retroalimentación son que no tiene efectos adversos, una vez aprendido se tienen los efectos permanentemente, se logra regular la fisiología del cuerpo, tiene efecto sobre los emociones y puede ser en muchas ocasiones, la solución a problemas no curables o de por vida.

Autor: Dr. Héctor E. Solórzano del Río, coordinador de Medicina Ortomolecular y Acupuntura del Cedemi de la Universidad Autónoma de Guadalajara y Presidente de la Sociedad de Retroalimentación biológica de Guadalajara.
Fuente: http://hector.solorzano.com.mx/articulos/consciencia.html

Entrevista a Mario Alonso Puig: sobre Psiconeuroinmunobiología.


-Más de 25 años ejerciendo de cirujano. ¿Conclusión?
-Puedo atestiguar que una persona ilusionada, comprometida y que confía en sí misma puede ir mucho más allá de lo que cabría esperar por su trayectoria.

-¿Psiconeuroinmunobiología?
-Sí, es la ciencia que estudia la conexión que existe entre el pensamiento, la palabra, la mentalidad y la fisiología del ser humano. Una conexión que desafía el paradigma tradicional. El pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad (y ha sido demostrado de forma sostenible) de interactuar con el organismo y producir cambios físicos muy profundos.

-¿De qué se trata?
-Se ha demostrado en diversos estudios que un minuto entreteniendo en un pensamiento negativo deja el sistema inmunitario en una situación delicada durante seis horas. El distrés, esa sensación de agobio permanente, produce cambios muy sorprendentes en el funcionamiento del cerebro y en la constelación hormonal.

-¿Qué tipo de cambios?
-Tiene la capacidad de lesionar neuronas de la memoria y del
aprendizaje localizadas en el hipocampo. Y afecta a nuestra capacidad
intelectual porque deja sin riego sanguíneo aquellas zonas del cerebro
más necesarias para tomar decisiones adecuadas.

-¿Tenemos recursos para combatir al enemigo interior, o eso es cosa de sabios?
-Un valioso recurso contra la preocupación es llevar la atención a la
respiración abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de producir
cambios en el cerebro. Favorece la secreción de hormonas como la
serotonina y la endorfina y mejora la sintonía de ritmos cerebrales
entre los dos hemisferios.

-¿Cambiar la mente a través del cuerpo?
-Sí. Hay que sacar el foco de atención de esos pensamientos que nos
están alterando, provocando desánimo, ira o preocupación, y que hacen
que nuestras decisiones partan desde un punto de vista inadecuado. Es
más inteligente, no más razonable, llevar el foco de atención a la
respiración, que tiene la capacidad de serenar nuestro estado mental.

-¿Dice que no hay que ser razonable?
-Siempre encontraremos razones para justificar nuestro mal humor,
estrés o tristeza, y esa es una línea determinada de pensamiento. Pero
cuando nos basamos en cómo queremos vivir, por ejemplo sin tristeza,
aparece otra línea. Son más importantes el qué y el porqué que el
cómo. Lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando.

-Exagera.
-Cuando nuestro cerebro da un significado a algo, nosotros lo vivimos
como la absoluta realidad, sin ser conscientes de que sólo es una
interpretación de la realidad.

-Más recursos…
-La palabra es una forma de energía vital. Se ha podido fotografiar
con tomografía de emisión de positrones cómo las personas que
decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva,
específicamente personas con trastornos psiquiátricos, consiguieron
remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los
circuitos que les generaban estas enfermedades.

-¿Podemos cambiar nuestro cerebro con buenas palabras?
-Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, dijo una
frase tremendamente potente que en su momento pensamos que era
metafórica. Ahora sabemos que es literal: “Todo ser humano, si se lo
propone, puede ser escultor de su propio cerebro”.

-¿Seguro que no exagera?
-No. Según cómo nos hablamos a nosotros mismos moldeamos nuestras
emociones, que cambian nuestras percepciones. La transformación del
observador (nosotros) altera el proceso observado. No vemos el mundo
que es, vemos el mundo que somos.

-¿Hablamos de filosofía o de ciencia?
-Las palabras por sí solas activan los núcleos amigdalinos. Pueden
activar, por ejemplo, los núcleos del miedo que transforman las
hormonas y los procesos mentales. Científicos de Harward han
demostrado que cuando la persona consigue reducir esa cacofonía
interior y entrar en el silencio, las migrañas y el dolor coronario
pueden reducirse un 80%.

-¿Cuál es el efecto de las palabras no dichas?
-Solemos confundir nuestros puntos de vista con la verdad, y eso se
transmite: la percepción va más allá de la razón. Según estudios de
Albert Merhabian, de la Universidad de California (UCLA), el 93% del
impacto de una comunicación va por debajo de la conciencia.

-¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?
-El miedo nos impide salir de la zona de confort, tendemos a la
seguridad de lo conocido, y esa actitud nos impide realizarnos. Para
crecer hay que salir de esa zona.

-La mayor parte de los actos de nuestra vida se rigen por el inconsciente.
-Reaccionamos según unos automatismos que hemos ido incorporando.
Pensamos que la espontaneidad es un valor; pero para que haya
espontaneidad primero ha de haber preparación, si no sólo hay
automatismos. Cada vez estoy más convencido del poder que tiene el
entrenamiento de la mente.

-Déme alguna pista.
-Cambie hábitos de pensamiento y entrene su integridad honrando su
propia palabra. Cuando decimos “voy a hacer esto” y no lo hacemos
alteramos físicamente nuestro cerebro. El mayor potencial es la
conciencia.

-Ver lo que hay y aceptarlo.
-Si nos aceptamos por lo que somos y por lo que no somos, podemos cambiar.
Lo que se resiste persiste. La aceptación es el núcleo de la transformación.
Sin fe en uno mismo hay temor,
el temor produce violencia,
la violencia produce destrucción,
por eso, la fe interna supera la destrucción.


¿Crea el cerebro la realidad?

En otra ocasión en este mismo lugar expresé la opinión de que el cerebro nos engaña, lo que dio posteriormente lugar a la publicación de un libro con ese título. Quería decir que es una opinión cada vez más extendida de que el cerebro no es un órgano que esté preocupado con la especulación filosófica o con LA VERDAD o la REALIDAD, escritas en letras mayúsculas, sino que su principal tarea es garantizar la supervivencia del organismo que alberga ese cerebro. Esto explica por qué en ocasiones sufrimos estos engaños y por qué el cerebro cuando le falta información la suple con confabulaciones e invenciones generadas por él mismo.
Esta forma de pensar está adquiriendo cada vez más relevancia y corresponde a lo que se ha venido a llamar “constructivismo”, que es un concepto que se remonta al siglo XVIII y que fue acuñado por el filósofo napolitano Giambattista Vico. Vico escribía en 1710 lo siguiente: “si los sentidos son capacidades activas, de ahí se deduce que nosotros creamos los colores al ver, los gustos al gustar y los tonos al oír, así como el frío y el calor al tocar”. Otras raíces históricas son los trabajos de Comenius, Kant, Montessori y Piaget. El verdadero núcleo de la postura constructivista es la opinión de que nuestro saber se genera por la construcción subjetiva e interna de las ideas y los conceptos. Con otras palabras, la realidad no la descubrimos objetivamente, sino que la inventamos subjetivamente. El constructivismo no niega la existencia de un mundo “ahí afuera”, más bien subraya que ese mundo sólo nos es accesible por la observación, pero siempre es un mundo interpretado sobre el que podemos entendernos de forma comunicativa. No existe, pues, la realidad objetiva que fuese accesible al entendimiento humano.
El representacionismo parte de la base de que en la consciencia existen sólo copias de la realidad objetiva y el solipsismo niega rotundamente incluso la existencia de una realidad externa. Aunque el constructivismo está más cerca de esta última posición, lo cierto es que afirma que el mundo externo existe, pero que no puede ser percibido de forma objetiva.
En este sentido los trabajos del biólogo y teórico del conocimiento chileno Humberto Maturana han sido decisivos. Maturana fue el que acuñó el término organización autopoyética, como característica diferencial entre los seres vivos y los inanimados. Esta forma de organización es autoorganizativa y cerrada estructuralmente. Los seres humanos tienen, para Maturana, sistemas autopoyéticos que no poseen entradas y salidas, las informaciones son creadas por el propio sistema y todas las interacciones con el entorno son exclusivamente de tipo energético. Incluso las percepciones más simples, como la visión o la audición, no son copias, sino construcciones individuales. Estas percepciones no tienen lugar en los órganos de los sentidos, sino en las regiones corticales que están en contacto funcional con ellos.
Tanto Humberto Maturana como Francisco Varela, otro chileno recientemente fallecido, describen la relación entre el entorno y el individuo como el acoplamiento estructural de la unidad y el entorno en el que se producen procesos de adaptación, que son la premisa para la supervivencia del organismo. Las perturbaciones son circunstancias en el entorno del organismo que provocan cambios de estado en sus estructuras. Estos desencadenantes no determinan la forma de reaccionar de las estructuras internas, sino que siempre determina la estructura interna del organismo cómo se reacciona ante esas perturbaciones. Los seres vivos son, pues, autónomos y determinan sus propias leyes. En consecuencia, no existe una relación de causa-efecto entre los estímulos del entorno y las estructuras cognitivas individuales.
Frente a la opinión de que el aprendizaje es un proceso de elaboración de informaciones que proceden del entorno, el conocimiento es para el constructivismo el resultado de una construcción individual y activa del aprendiz, ya que los conocimientos nuevos se construyen siempre en relación con él. En este proceso de aprendizaje juegan los pre-conocimientos, su orden, sus correcciones, ampliaciones y diferenciaciones, así como su integración, un papel decisivo.
El aprendizaje es una construcción individual, que está basada en la modificación apropiada de las estructuras cognitivas.
En realidad, lo que el constructivismo hace es deconstruir nuestra confianza en el mundo que nos rodea, en la realidad tal y como la vemos y la percibimos.
En 1978 tuvo lugar en San Francisco un Simposio con el tema “la construcción de las realidades”, en el que participaron especialistas en biología, sociología, ciencias políticas, lógica, lingüística, antropología y psicoterapia, y llegaron todos a la conclusión de que la teoría del conocimiento tradicional ya no podía mantenerse; por eso el constructivismo intenta responder, como teoría del saber, a las cuestiones tradicionales de la teoría del conocimiento.
El problema que plantea el constructivismo es, pues, el siguiente: si la realidad es construida por el cerebro, ¿tiene entonces una existencia real o no? La respuesta del constructivismo es que desde luego una realidad ontológica no existe. A cada sujeto sólo es accesible la propia realidad y más allá de ella es imposible conocer nada, por lo que nunca podremos conocer ni siquiera la realidad de otra persona, cuanto menos la REALIDAD en letras mayúsculas, que ya hemos dicho que no existe. Como dice Heinz von Foerster, nacido en Viena, pero asentado en Estados Unidos y que fue con Warren McCulloch, Norbert Wiener y John von Neumann, entre otros, fundadores de la cibernética, cito textualmente: “La objetividad es la alucinación de que las observaciones pueden realizarse sin observador”.
La idea de que a los hombres les está vedado el conocimiento de una verdad absoluta no es nada nuevo en la historia del pensamiento. Demócrito de Abdera en el siglo V a.C. ya había dicho que no podríamos saber cómo son las cosas en realidad. Y Jenófanes de Colofón, un siglo anterior, también expresó su creencia de que nunca íbamos a poseer un saber verdadero del mundo real.
Por tanto, lo nuevo del constructivismo, en palabras de Ernst von Glaserfeld, profesor emérito de psicología de la universidad de Georgia en Estados Unidos y representante del constructivismo radical, es lo siguiente: “La diferencia radical estriba en la relación entre el saber y la realidad. Mientras que la idea tradicional en la teoría del conocimiento como en la psicología cognitiva era que la relación es siempre considerada como una más o menos coincidencia o correspondencia icónica, el constructivismo radical la ve como una adaptación en sentido funcional”.
El constructivismo se basa, entre otras cosas, en la obra del psicólogo suizo Jean Piaget, que creó y dirigió el Centro Internacional de Epistemología Genética. Sobre esta base, el constructivismo radical postula los siguientes principios fundamentales: a) El conocimiento no se adquiere pasivamente, ni por los órganos de los sentidos ni por la comunicación b) El conocimiento se construye activamente por el sujeto pensante. La función de la cognición es de naturaleza adaptativa, en sentido biológico, y tiene como meta el ajuste o la viabilidad. La cognición sirve para la organización del mundo vivencial del sujeto y no para el “conocimiento” de una realidad ontológica objetiva.
Hemos mencionado anteriormente a Ernst von Glaserfeld, que está considerado como el fundador del constructivismo radical. Este profesor de psicología llegó al constructivismo porque muy joven estuvo en contacto con diversas lenguas. Nacido en Munich, estuvo durante mucho tiempo en Irlanda, Italia y Estados Unidos. De este poliglotismo sacó la conclusión de que el acceso al mundo es distinto en cada idioma, confirmando la hipótesis de Sapir-Whorf que dice que la estructura del mundo se troquela con el lenguaje materno. Las personas ven y describen el mundo de acuerdo con el idioma materno y cada idioma significa un mundo conceptual diverso.
Ernst von Glaserfeld llega a la conclusión de que el significado de las palabras se construye sobre la base de la experiencia subjetiva. Esto lleva a comprender los problemas del entendimiento entre las personas. Si una persona le dice algo a otra, esta última no tiene la menor posibilidad de saber lo que pasa en la cabeza de la primera persona y no hay manera de constatar si la información que ha salido de la cabeza de la primera persona ha llegado fielmente a la cabeza de la segunda. Para von Glaserfeld lo que ocurre es que la segunda persona ha conseguido construir una red conceptual que se ajusta a mi opinión sobre la primera persona y no conduce a dificultades. De aquí concluye von Glaserfeld que Humberto Maturana tiene razón cuando dice que el lenguaje no comunica, sino que orienta. El lenguaje no es un medio de transporte sino que mediante él se puede limitar la construcción conceptual del oyente y dirigirla en una dirección deseada. Por eso han tenido tanto éxito las novelas radiofónicas porque el oyente puede dejar correr la fantasía y la creatividad a su gusto. Lo mismo ocurre al leer un libro porque así nos construimos la acción descrita con nuestras propias imágenes, de ahí la discrepancia que siempre existe entre la lectura del libro y la versión cinematográfica del mismo.
Respecto al concepto de adaptación biológica, Ernst von Glaserfeld se remite a Piaget quien había dicho que la función de la capacidad cognitiva no era la representación de una realidad ontológica, sino ser un instrumento de la adaptación al mundo de las vivencias. La adaptación biológica no tiene nada que ver con realizar copias de la realidad; adaptarse significa encontrar posibilidades y medios para pasar por las resistencias y obstáculos del mundo experimentado.
Desde otro punto de vista, desde la cibernética, otro representante del constructivismo radical es Heinz von Foerster, fallecido hace dos años en California y que fue durante muchos años director del Biological Computer Laboratory de Illinois. Nacido en Viena, estudió física en la Universidad Técnica de Viena y después de la Segunda Guerra Mundial se trasladó a Illinois. Quizás una buena definición de la cibernética la dio Gregory Bateson, un antropólogo y cibernético que está considerado como uno de los científicos sociales más importantes del siglo XX. Bateson dijo que la cibernética era una rama de las matemáticas que se ocupaba de los problemas del control, de la recursividad y de la información. También existen muchas otras definiciones de la cibernética, pero, según von Foerster, lo común a todas es el tema de la circularidad, principio este último que está en contra del principio de objetividad que dicta la separación del observador de lo observado.
Von Foerster dice al respecto lo siguiente: “si las propiedades del observador, es decir las propiedades de la observación y de la descripción se excluyen, no queda nada, ni la observación ni la descripción”.
En la cibernética de hoy es necesario tener en cuenta que se necesita un cerebro para escribir una teoría sobre el cerebro. De aquí se deduce que una teoría sobre el cerebro que tenga la pretensión de ser completa tiene que satisfacer al escritor de esa teoría, y lo que es más fascinante, es que el escritor de esa teoría tiene que rendirse cuenta a sí mismo. En el campo de la cibernética esto significa que en cuanto el cibernético entra en el terreno de la cibernética tiene que rendir cuenta de sus propias actividades, o sea que la cibernética se convierte en cibernética de la cibernética o en la cibernética de segundo orden.
Von Foerster insiste en que el entorno que percibimos es nuestra invención, y pone como ejemplo la mancha ciega del ojo. Lo que percibimos es un campo visual cerrado y coherente y en ninguna parte vemos un escotoma. Para reducirlo a una frase conocida: “No vemos que no vemos”.
Heinz von Foerster describe muchas situaciones en las que vemos u oímos lo que no está ahí o no vemos ni oímos lo que sí está. Esto se ve corroborado por el llamado “principio de la codificación indiferenciada” que dice que en los estados de actividad de una célula nerviosa no se codifica la naturaleza física del estímulo, sino su intensidad, es decir un “cuánto” en vez de un “qué”. El Prof. Gerhard Roth, director del Instituto de Investigaciones cerebrales de la Universidad de Bremen en Alemania lo expresa de la siguiente manera: “El cerebro puede ser estimulado por el entorno a través de los órganos de los sentidos, pero estas excitaciones no contienen informaciones importantes y fiables sobre ese entorno. Antes bien, el cerebro tiene que generar significados por comparación y combinación de sucesos sensoriales elementales y estos significados tienen que ser examinados de acuerdo con criterios internos. Estos son los sillares de la realidad. La realidad en la que estoy inmerso es, por tanto, una construcción del cerebro”.
Heinz von Foerster dice de las células sensoriales, sean del gusto, del tacto, olfativas, térmicas o auditivas que son ciegas para la cualidad de los estímulos y que sólo responden a la cantidad. Por eso no es de extrañar que “ahí afuera” no exista ni la luz ni el color, sino sólo ondas electromagnéticas; tampoco sonidos ni música, sino oscilaciones periódicas de la presión del aire; ni calor ni frío, sino sólo moléculas que se mueven con mayor o menor energía cinética. Y tampoco existe ahí afuera el dolor.
Las consecuencias del constructivismo para las ciencias cognitivas serían, de acuerdo con Hans Rudi Fischer, filósofo en Heidelberg, las siguientes:
La representación no es una copia del entorno en el aparato cognoscitivo, porque el acceso a ese entorno sólo se puede conseguir a través del sustrato neuronal, la representación del entorno está determinada por la estructura del sistema cognoscitivo y no por la estructura objetiva del entorno (determinismo estructural, autonomía de la organización cognoscitiva); el sistema cognoscitivo sólo interactúa con sus propios estados (recursividad, autoreferencialidad).
No penetra ninguna información desde afuera en el sistema, sino que la información se genera según el patrón de los determinantes del sistema y a partir de los datos que llegan de la superficie sensorial (perturbaciones); a esto se le llama un sistema cognoscitivo y semántico cerrado.
La dinámica representada en el sistema neuronal no es ningún conocimiento “objetivo” sobre el mundo exterior, sobre la realidad, sino depende de la estructura del aparato neuronal en el sujeto cognoscente.
Para un mejor entendimiento del constructivismo se suele utilizar un experimento que el psicólogo Alex Bavelas, de la Universidad de Stanford realizó hace años. A un sujeto experimental se le lee una larga serie de pares de números (por ejemplo, 31 y 80). Cada vez que se nombra un par, el sujeto tiene que indicar si esos números se corresponden de alguna manera o no. Cuando el sujeto pregunta enseguida en qué sentido deben corresponderse, el experimentador debe responder que la tarea consiste precisamente en encontrar las reglas de esa correspondencia. De esta manera se crea la impresión de que se trata de una tarea corriente de ensayo y error. El sujeto comienza en primer lugar a decir “se corresponden” o “no se corresponden” sin orden ni concierto y recibe del experimentador al principio casi siempre la respuesta “falso” como valoración. Pero poco a poco el rendimiento del sujeto mejora y la respuesta “verdadero” del experimentador son cada vez más numerosas. Así se forma una hipótesis que a lo largo del experimento no es completamente exacta, pero que cada vez parece más fiable.
Lo que el sujeto no sabe es que entre las respuestas y las reacciones del experimentador no existe la más mínima correspondencia inmediata. El experimentador da la respuesta “verdadero” siguiendo la mitad ascendente de una curva de Gauss, es decir, que primero lo hace raramente y luego con mayor y mayor frecuencia. Esto genera en el sujeto una idea de la “realidad” del orden que subyace a los pares de números, que es tan persistente que incluso es mantenida cuando el experimentador le explica al sujeto que sus reacciones no eran contingentes.
El sujeto ha inventado en el sentido literal de la palabra una realidad de la que sospecha con razón haberla encontrado él mismo. La causa de esa convicción es que la imagen así construida de la realidad se ajusta a los datos de la situación test, o lo que es lo mismo, que no está en contradicción con esos datos. Ahora bien, esa relación encontrada simplemente no existe.
En algún momento he hecho alusión a opiniones de neurocientíficos actuales que están de acuerdo con esta teoría del constructivismo. La neurociencia moderna está muy cerca de sus posturas y añade la importancia que tienen determinadas predisposiciones innatas que ordenan las señales sensoriales. Estoy convencido que muy pronto descubriremos totalmente la falsedad de la posición empirista de que el cerebro es una tabula rasa y asistiremos a descubrimientos que darán la razón a William James cuando decía que es absurdo que neguemos al ser humano la posesión de los instintos que le atribuimos a los demás animales; para James el ser humano tiene todos los instintos que tienen los demás animales y muchos más. Karmiloff-Smith lo expresa de la siguiente manera:
“¿Por qué habría dotado la Naturaleza a todas las especies excepto a la humana con algunas predisposiciones de ámbito específico?” Y todo esto sabiendo que nuestro cerebro y el de los demás mamíferos se rigen por los mismos principios.
Sabemos que las percepciones nos engañan. Y también sabemos que estas se elaboran en la corteza cerebral que es quien les atribuye un significado a los impulsos que llegan de los órganos de los sentidos. El pensamiento también es fruto de la actividad de la corteza. Entonces habría que preguntarse: ¿por qué nos fiamos de nuestros propios pensamientos? ¿No habría que aplicarles el mismo rasero que a nuestras percepciones?
Quisiera terminar diciendo que al haber encontrado en el cerebro zonas cuya estimulación genera experiencias que tradicionalmente hemos llamado espirituales, el problema del dualismo que divide a la mente y al cerebro atribuyendo a aquella una sustancialidad inmaterial, está cercano a ser resuelto. En mi opinión, la postura dualista no es otra cosa que la aplicación de una de esas predisposiciones innatas de las que antes hablaba al mundo que nos rodea, dividiéndolo en términos antitéticos. Las experiencias místicas, de las que el ser humano es también capaz, no son dualistas, por lo que nos hace pensar que la visión dualista es sólo la aplicación de una de esas predisposiciones innatas, pero que no es la única que el cerebro posee. La historia de la humanidad nos dice que la visión global, holística, espiritual, del mundo también es posible, por lo que la generalización del dualismo a todo el cerebro no es, a mi entender, permisible. La razón, la lógica, incluso el lenguaje, son anteojos dualistas con los que observamos el mundo y concluimos, equivocadamente, que el mundo es dualista. Si así fuera, no debería existir la otra forma no tanto de “comprender” el mundo, sino de “vivirlo emocionalmente”, de unirse místicamente con él, como se ha definido la experiencia espiritual de la que el cerebro también es capaz.
Así, la espiritualidad queda siendo de orden distinto, pero no de procedencia, es decir, de origen también cerebral. Como he dicho en otro lugar, esto significa que la espiritualidad es algo inherente al ser humano, pero no para volver a un dualismo cartesiano ya casi olvidado de cuerpo y espíritu o cerebro y mente, sino para fundir ambos conceptos en el propio cerebro.
Autor: Dr. Francisco J. Rubia Vila, Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, especialidad en Fisiología del Sistema Nervioso.
Conferencia impartida por el Prof. F. J. Rubia Vila en la Real Academia Nacional de Medicina – 24.V.2005.

Neurobiología del Efecto Placebo

Historia y Definición El término placebo (futuro del verbo latino placeo: agradar, satisfacer) se empezó a utilizar en Medicina en el siglo XVIII para referirse a tratamientos orientados a complacer al paciente más que a curarle. De hecho esta palabra arrastraba un significado peyorativo desde mucho antes. Comenzando con ella el ritual católico de las vísperas de difuntos (Placebo Domino in regione vivorum…: “Complaceré al Señor en la tierra de los vivos…”) ya en el siglo XIII se llamaba así a las plañideras contratadas para llorar “por encargo” en los entierros; de ahí la connotación de adulación e impostura que tuvo también en la Medicina durante los dos últimos siglos. Paradójicamente, hoy se sabe que muy pocos de los supuestos procedimientos terapéuticos empleados hasta bien entrado el siglo XX eran realmente efectivos; más bien abundaban los perjudiciales (piénsese en la profusión de sangrías y purgantes para tratar enfermedades debilitantes, o los “tratamientos” con metales pesados). De este modo la mayor parte de los tratamientos no deletéreos empleados en la práctica médica tradicional eran, en realidad, placebos, en el sentido actual del término, como se define más adelante. Este hecho fue apreciado en distintas épocas por las mentes más lúcidas del momento; valga como ejemplo la definición de “buen médico” por Voltaire como el que “entretiene con éxito a sus pacientes mientras la Naturaleza efectúa su cura”. Por ello se ha afirmado con propiedad que “hasta hace poco la historia de los tratamientos médicos ha sido esencialmente la historia del efecto placebo”, así como que el placebo es “la herramienta más antigua de la segunda profesión más vieja del mundo (si no lo es, también, de la primera)”. Desde el segundo tercio del siglo XX comenzaron a realizarse progresivamente estudios comparativos de diversos tratamientos, y a incluirse en ellos grupos de control tratados con procedimientos o medicaciones supuestamente inertes. En dicho contexto, el término placebo fue utilizado por primera vez con su connotación actual por Diehl y colaboradores en 1938, en un ensayo de vacunas para el resfriado. Tras la II Guerra Mundial la práctica médica se fue fundamentando en principios biológicos cada vez más sólidos y el antiguo “arte de curar” fue sustituido por la naciente “ciencia de la terapéutica” El ensayo clínico aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo se convirtió entonces en el “patrón oro” para la evaluación de nuevos tratamientos. Su necesidad se hizo evidente por la progresiva constatación de importantes tasas de “respuesta al placebo” (es decir, de mejoría observada subsiguientemente a la intervención terapéutica que no se podía atribuir a un agente específico) en numerosos tipos de patología, tan diversas como hipertensión arterial, angina de pecho, insuficiencia cardiaca, asma bronquial, artritis reumatoide, úlcera duodenal, intestino irritable, colitis ulcerosa, síntomas menopáusicos, síndrome premenstrual, cuadros dolorosos, depresión, ansiedad, insomnio, epilepsia, síndrome de Tourette, enfermedad de Parkinson, esclerosis múltiple e incluso en pacientes oncológicos (sobre síntomas como dolor o pérdida de apetito, aunque sin efectos en cuanto a regresión de los tumores). Un ensayo clínico controlado que compara un nuevo tratamiento con un placebo y no con la ausencia de tratamiento está asumiendo que aquel ejerce, o puede ejercer, un efecto. Esto supuso un cambio fundamental en la consideración del placebo, que ganó así respetabilidad, desde una terapia inactiva dada simplemente para contentar al paciente al de una preparación o procedimiento farmacológicamente inerte, pero con efectos psicológicos y fisiológicos potencialmente importantes. Así, la definición actual de placebo es la de “cualquier procedimiento terapéutico (o componente del mismo) que objetivamente no tenga acción específica para el proceso patológico en tratamiento”. Por efecto placebo se entendería “el efecto psicológico, fisiológico o psicofisiológico de cualquier fármaco o procedimiento aplicado con fines terapéuticos, que es independiente de los efectos farmacológicos de la medicación o con los efectos específicos del procedimiento, y que actúa a través de un mecanismo psicológico”. Sin embargo esta última definición no está exenta de polémica, tanto en lo referente a los fenómenos que debe abarcar como a su denominación precisa. Se debe ello a que tales efectos o respuestas se pueden inducir de muchos modos, desde la administración de las referidas sustancias inertes hasta la inspiración de seguridad y confianza al paciente por parte del clínico o el entorno asistencial. Por ello se han propuesto otras denominaciones alternativas como “respuesta a la situación curativa”, “efecto del contexto”, etc. Es en esta acepción más amplia, como el conjunto de la interacción terapéutica entre sanador y paciente, con la única exclusión de la acción farmacodinámica o física específica de un fármaco o procedimiento terapéutico, como consideraremos aquí el fenómeno placebo. Componentes del Efecto Placebo A los cambios en el estado clínico que ocurren tras una intervención terapéutica contribuyen una serie de componentes tanto específicos del tratamiento, si los tiene, como inespecíficos, que pueden interactuar de modo sinérgico o antagónico. En primer lugar, hay fenómenos inespecíficos que ocurren independientemente de que haya o no intervención terapéutica (sea ésta con fármacos o procedimientos activos o con placebos); se trata de la “historia natural de la enfermedad” y la “regresión hacia la media”, pueden representar importantes factores de confusión al interpretar los efectos aparentes tanto de los placebos como de los tratamientos activos. Por historia natural de la enfermedad se entiende la evolución espontánea de los procesos patológicos, que suele tomar direcciones diferentes según su naturaleza. Así, la tendencia natural puede ser a empeorar (por ejemplo, cáncer, trastornos neurodegenerativos), a mejorar (resfriado común), a permanecer estable durante largo tiempo (hipertensión) o a seguir un curso errático con brotes y remisiones impredecibles (intestino irritable, esquizofrenia, trastorno bipolar). Se llama regresión hacia la media a la tendencia de los valores extremos registrados inicialmente de un determinado parámetro biológico (como serían los considerados patológicos) a aproximarse más a la media de la población (es decir, a la “normalidad”) cuando se miden en ocasiones subsiguientes, aunque no se haya aplicado ningún tratamiento para lograrlo. Ello ocurre siempre que la correlación entre dichas medidas sea imperfecta (r menor de 0.1), lo que es la regla en Medicina dados los omnipresentes errores de medición y la variación biológica. Es un fenómeno estadístico, no la consecuencia de un proceso curativo. También contribuiría el que los pacientes suelan acudir a consulta cuando se sienten peor, con lo que de ser un trastorno fluctuante su tendencia espontánea subsiguiente sería a mejorar. Estos hechos obligan a la cautela, como se ha apuntado arriba, al interpretar los cambios que se producen con respecto a valores basales de partida tras la administración de cualquier tratamiento (tanto con placebo como con principios activos) y es un argumento primordial para el contraste con grupos de control (como serían los tratados con placebo) seguidos en paralelo a los tratados con los supuestos principios o procedimientos activos en la evaluación de la efectividad terapéutica de éstos. Junto a los cambios comentados arriba, que se producirían con o sin intervención clínica, hay otros también inespecíficos pero sí ligados a que se practique ésta. Se trata del efecto placebo propiamente dicho, que interviene en mayor o menor grado en todo tratamiento médico o quirúrgico. Las respuestas a los placebos no son uniformes. Su magnitud depende de diversos factores que han sido objeto de varios análisis y revisiones. Incluyen diversas características de la enfermedad, del paciente, del clínico, de la interacción entre ambos y del modo en que se administra el tratamiento. Hay trastornos que responden mejor a los placebos, mientras que otros no lo hacen, o solo escasamente. En general, la presencia de ansiedad o dolor, la implicación del sistema nervioso autónomo, las alteraciones de funciones con importante control neurohumoral (como la presión arterial, el flujo aéreo bronquial, o diversos componentes de la respuesta sexual) y de procesos inmunobioquímicos suelen acompañarse de una mayor respuesta a los placebos. Por el contrario ésta es pobre o nula en los procesos hiperagudos (por ejemplo, parada cardiaca), los trastornos metabólicos (como la diabetes), las infecciones bacterianas, las enfermedades genéticas, o el cáncer (salvo, como se ha mencionado arriba, en algunos de sus síntomas). Con el aumento de gravedad, comorbilidad y complicaciones del estado clínico disminuye la respuesta a los placebos, como también lo hace a los tratamientos específicos. Tal fenómeno de correspondencia entre las respuestas a los tratamientos activos y las respuestas al placebo se ha documentado también en otras patologías como úlcera duodenal, hipertensión, ansiedad, o disfunción sexual. Con respecto a los factores relativos al paciente, no se han podido identificar de modo consistente unas características demográficas (sexo, edad, raza, educación) ni de personalidad (inteligencia, pensamiento analítico, religiosidad, rasgos neuróticos o depresivos, etc.) que se asocien a una particular propensión a responder a placebos. Sí parecen influir aspectos de la situación concreta que vive el sujeto y su comportamiento ante ella. Así, parecen ser más eficaces cuando existe un grado importante de estrés o ansiedad, cuando cree que su trastorno tiene cura, confía en que el tratamiento la logrará y sigue fielmente el mismo. Al clínico, con su personalidad, actitud hacia el paciente, ideas sobre la naturaleza de la enfermedad que aborda, su confianza o escepticismo sobre las posibilidades de curación, la actuación terapéutica que de ello se deriva y el modo en que la lleva a cabo se atribuye una contribución fundamental en la evolución de trastornos susceptibles, de las características mencionadas arriba. De ahí el concepto de que “el doctor es el placebo”. Es importante también la percepción que tenga el paciente de la calidad de los profesionales y la institución que le atienden; la presencia en las consultas de diplomas, galardones y otros signos de reconocimiento profesional puede contribuir a ello. El modo en que transcurre el encuentro paciente-clínico puede influir poderosamente en la efectividad del tratamiento. Una buena comunicación y concordancia entre ambos en cuanto a la naturaleza del problema, un diagnóstico claro, la transmisión de confianza en que el trastorno remitirá, sea espontáneamente o por la efectividad del tratamiento prescrito, favorecen un resultado positivo en los tipos de enfermedades susceptibles al placebo antes comentadas. El tiempo dedicado a dicha interacción médico-paciente es un correlato objetivo de la magnitud de su efecto placebo. Es por ello probable que éste sea un factor importante de las mejoras sintomáticas producidas por la homeopatía y otras de las llamadas “terapias alternativas”, las cuales conllevan generalmente una atención personalizada con empleo de bastante tiempo en sus sesiones. Las características perceptivas del procedimiento terapéutico parecen ser también importantes. En general, el efecto placebo suele ser mayor cuanto más invasivo sea el tratamiento. Así, es bastante potente en las intervenciones quirúrgicas, lo que demuestra la frecuente mejora de síntomas, al menos temporalmente, tras la extirpación de apéndices o vesículas biliares que luego demuestran ser normales o tras la otrora popular intervención, abandonada hace tiempo por sus nulos efectos hemodinámicos, de ligadura de la arteria mamaria interna para tratar la isquemia miocárdica. La inyección de un placebo suele ser más efectiva que su administración oral. De las preparaciones orales, las cápsulas parecen más eficaces que las tabletas; también parecen más efectivas las de tamaños extremos. Las tabletas o cápsulas de colores oscuros o negras se perciben como más potentes que las blancas; las rojas o rosadas parecen asociarse a efectos estimulantes mientras que las azules o verdes a efectos calmantes. En definitiva, se han identificado una variada gama de componentes de la “puesta escena” de la intervención clínica que pueden influir en casos susceptibles. El Fenómeno Nocebo El concepto de placebo se refiere a efectos beneficiosos, psicológicos o fisiológicos, de medicaciones o procedimientos considerados inertes. Sin embargo, este tipo de intervenciones pueden tener también consecuencias negativas para la salud. Se trataría del llamado efecto nocebo (plural del verbo latino noceo: dañar), por el que las expectativas de consecuencias adversas de un determinado tratamiento y los estados emocionales asociados a ellas llevan a que efectivamente se produzcan. Su operación puede atenuar la eficacia de un tratamiento activo o aumentar sus efectos adversos. Por ejemplo, se ha descrito que pacientes cardiovasculares a los que se les informó de posibles efectos sexuales adversos del tratamiento con el b-bloqueante atenolol comunicaron una frecuencia de disfunción eréctil 10 veces mayor que los no advertidos de esta posibilidad. Debe considerarse aquí el impacto de la “información” frecuentemente sesgada cuando no disparatada a la que accede cada vez con más frecuencia y facilidad el paciente de la “era de internet”. Puede tener consecuencias importantes sobre la eficacia de los tratamientos y en su consideración de la valía profesional del clínico que le atiende. Es posible que el efecto nocebo contribuya también a fenómenos como “mal de ojo”, “magia negra” y supersticiones similares presentes en diversas culturas. La influencia de creencias y expectativas negativas sobre la salud ha sido documentada. Así, se ha encontrado que los estadounidenses de origen chino cuya combinación de enfermedad y año de nacimiento es considerada nefasta por la astrología y la medicina tradicional china viven un 6 -7% menos que los nacidos en otros años. Este fenómeno no se observaba en la población de origen europeo con similares características. Además, la magnitud de tal diferencia en longevidad parecía proporcional al grado de adhesión a dicha cultura tradicional. Por tanto, no parece que sean los genes chinos los que predisponen a tales muertes prematuras sino el modo chino de ver el mundo y el impacto que su interiorización llega a tener en la biología de cada individuo. Mecanismos del Efecto Placebo El por qué los placebos funcionan, cuando lo hacen, se ha intentado explicar desde diversos enfoques. Se han propuesto varios mecanismos y teorías explicativas. Mecanismos psicológicos La teoría del Condicionamiento clásico o “pavloviano” propone que la experiencia de tratamientos anteriores efectivos puede generar una respuesta condicionada inespecífica que influya en el éxito de una nueva terapia. Diversas circunstancias ambientales, más o menos sutiles, como procedimientos, personas, instituciones, etc asociadas a tratamientos de enfermedades de diversa índole que tuvieron éxito en el pasado pueden funcionar como estímulos condicionantes de una respuesta también positiva a la nueva actuación terapéutica. El fenómeno del condicionamiento por tratamientos previos se ha comprobado incluso en animales de experimentación, en estudios de inmunosupresión del lupus eritematoso. La posibilidad de su operación se debe tener presente en la interpretación de los resultados de los ensayos clínicos con determinados tipos de diseño, pues puede confundir los efectos de los tratamientos. Así, en algunos estudios controlados de diseño cruzado, por ejemplo sobre analgesia o hipertensión, el placebo se ha encontrado más eficaz cuando se administraba tras el tratamiento activo y, recíprocamente, éste parecía ser menos efectivo si se daba después del placebo. Otro caso frecuente es el de ensayos clínicos que comprenden una fase inicial de preinclusión (run-in) en la que todos los sujetos seleccionados reciben placebo durante un tiempo antes de comenzar los tratamientos experimentales. Las razones de su empleo, bastante cuestionado, incluyen el comprobar la fidelidad de las medidas, la estabilidad de los pacientes, descartar a los sujetos no cumplidores y a los respondedores al placebo o simplemente establecer medidas basales. Tanto los ensayos con diseño cruzado como los períodos de preinclusión con placebo son susceptibles de que el beneficio del tratamiento activo se vea oscurecido por el referido mecanismo de condicionamiento. La teoría de la Expectativa o Esperanza propone que la respuesta al placebo puede ser inducida por este tipo de cognición. En otras palabras, la respuesta a un tratamiento puede mejorar si los pacientes están convencidos de su efectividad y/o la desean firmemente. Su realidad se ha documentado, entre otros estudios, mediante el meta-análisis de varios ensayos clínicos que evaluaron los efectos de ”cuidado cognitivo” y “cuidado emocional”, separadamente o en combinación, en trastornos como dolor o hipertensión encontrándoles efectos positivos en ambos casos. Ello refuerza aún más la importancia de la actitud del clínico, por su capacidad de sugestión, así como la calidad de la relación terapéutica, comentadas en la sección anterior. La relevancia relativa de cada uno de estos mecanismos parece ser diferente según el tipo de respuesta inducida por el placebo (o nocebo) que se considere. Así, se ha demostrado que el de condicionamiento parece más importante para la producción de efectos fisiológicos inconscientes, como secreciones hormonales, mientras que el de expectativa tiene más peso en respuestas que implican un componente cognitivo sustancial, como la percepción dolorosa en sujetos sanos o el desempeño motor en pacientes de Parkinson. Por otra parte, dichos mecanismos no serían excluyentes; más bien pueden operar de modo complementario, habiéndoseles encontrado efectos aditivos. Un tercer mecanismo plausible del efecto placebo, probablemente complementario también de los anteriores, es su capacidad de reducción de la ansiedad. Se ha sugerido que los placebos podrían inducir la llamada respuesta de relajación, fenómeno psicofisiológico inverso a la respuesta de estrés y que incluye disminución de la presión arterial, ralentización de la tasa metabólica, la frecuencia cardiaca, la actividad cerebral, etc. Suele inducirse típicamente mediante la repetición monótona de sonidos, frases, cantos, o actividad muscular con evitación de cualquier pensamiento que distraiga de ellas, como se hace en diversos rituales religiosos, yoga, meditación zen, tai-chi, etc., que logran producir este estado. Se ha demostrado la eficacia de la inducción regular de la respuesta de relajación en el alivio de trastornos como hipertensión, arritmias, ansiedad, depresión moderada, insomnio, síndrome premenstrual, trastornos inmunológicos, infertilidad femenina, etc. Obsérvese que coinciden con los apuntados arriba como susceptibles al efecto placebo. Ya se han mencionado también arriba los efectos positivos del “cuidado emocional” en estudios sobre dolor e hipertensión. Probablemente el apoyo emocional proporcionado por el clínico mediante el aporte de empatía y confianza en el tratamiento induzca en el paciente esta respuesta psicofisiológica protectora. Así mismo, se ha sugerido que la adquisición en algún momento de la evolución de nuestra especie de esta capacidad de mejorar el estado de salud del sujeto que cree que se va a curar, es decir la susceptibilidad al fenómeno placebo, puede haber favorecido, por las referidas propiedades promotoras de longevidad y eficacia reproductiva, la selección genética de los individuos con dicho rasgo. Su salud y el potencial biológico de la especie se habría beneficiado de su confianza en los diversos sanadores a los que tuvieron acceso a lo largo de los tiempos, desde el primitivo chamán al clínico actual. De ser cierta tal hipótesis reforzaría aun más la noción de que la profesión médica deba su origen, y supervivencia histórica, al fenómeno placebo. Mecanismos Neurobiológicos Contrariamente a la creencia de que los efectos de los tratamientos con placebo sólo son apreciables en las variables subjetivas (síntomas descritos por el propio paciente), los placebos tienen efectos fisiológicos objetivables con registros instrumentales, por ejemplo de presión arterial, electrocardiograma, o los registros neurofisiológicos que se comentan a continuación. La investigación de los correlatos neurobiológicos del fenómeno placebo ha recibido un importante impulso con la generalización de las nuevas técnicas funcionales de formación de imágenes cerebrales, como la resonancia magnética funcional (fMR) y la tomografía de emisión de positrones (PET). Permiten obtener medidas objetivas de actividad cerebral asociada a procesos psicológicos como cogniciones, afecto y sensaciones subjetivas, todos ellos muy relevantes para el efecto placebo. Hasta el momento los mecanismos de éste se han estudiado con dichas técnicas en voluntarios sanos o enfermos, fundamentalmente en relación con el tratamiento del dolor, depresión, ansiedad y enfermedad de Parkinson. Procede aquí su breve consideración por el importante conocimiento que aportan de los mecanismos neurobiológicos del efecto placebo. Los cambios más documentados se resumen en la Tabla 1. Tales hallazgos de neuroimagen funcional tienen en común dos aspectos importantes, uno es el que los sujetos clínicamente respondedores al placebo muestran unos cambios intermedios entre los de los no respondedores y los tratados con los fármacos activos, con frecuencia más próximos a éstos. No obstante, los tratamientos con fármacos específicos suelen acompañarse además de cambios adicionales que no se observan con los placebos. El otro es el notable grado de coincidencia de regiones cerebrales implicadas en las respuestas a los placebos aun cuando las condiciones de los estudios (circunstancias de los sujetos experimentales sanos o enfermos, cuadros clínicos, técnica de imagen empleada, etc.) fuesen bastante diferentes. Es de destacar también que las áreas cerebrales en las que los placebos producían cambios de actividad se reconocen como especialmente asociadas con el procesamiento emocional. Se han descrito así modelos de operación de los mecanismos neurales de la acción del placebo como los que proponen que éste produciría la activación de determinadas áreas de la corteza prefrontal, como la ventrolateral, o la orbitofrontal (cognición, esperanza) que, a su vez, inhibirían a regiones como el cíngulo dorsal o la amígdala (afecto negativo). Con respecto a los neurotransmisores que participan en las respuestas a los placebos, los primeros documentados fueron los opioides endógenos, al demostrarse que la analgesia inducida por placebo se podía bloquear administrando su antagonista naloxona. Varios estudios han confirmado dicho fenómeno y también demostrado que hay otros sistemas de neurotransmisión relevantes para las respuestas a placebos. Es especialmente interesante la participación de las vías dopaminérgicas ascendentes desde el tegmento mesencefálico a los ganglios basales, sistema límbico y corteza prefrontal. En estudios de liberación de dopamina endógena (midiendo por PET el desplazamiento del ligando marcado de receptores dopaminérgicos 11C-racloprida) en enfermos de Parkinson se demostró su aumento en el estriado dorsal (fundamental en el control de movimientos) asociado a una respuesta clínica positiva al placebo. El placebo también indujo en estos pacientes un aumento de liberación de dopamina en el estriado ventral (que incluye al núcleo accumbens) similar a la que producen los psicoestimulantes como la cocaína en sujetos normales. Sin embargo, a diferencia del estriado dorsal, la liberación de dopamina en el ventral parecía más relacionada con las expectativas del paciente que con la mejora en la motilidad lograda por el placebo. La implicación del estriado ventral en la respuesta a placebos ha sido corroborada por estudios de fMRI en voluntarios sanos, mostraron su activación durante la producción de aquella. Se debe recordar que el núcleo accumbens y su inervación dopaminérgica tienen un papel central en los mecanismos de recompensa y la anticipación y ejecución de conductas motivadas. Parece, por tanto que la acción de los placebos conlleve la activación de los circuitos cerebrales de recompensa. Se han propuesto así modelos integradores en los que la activación por el placebo de la corteza prefrontal (creencias, expectación positiva) lleva a que ésta active los sistemas dopaminérgicos meso-límbico-corticales de recompensa, lo que contribuiría a la sensación de bienestar y posiblemente a la mejora de diversas funciones. Es de destacar la similitud entre los cambios funcionales y neuroquímicos inducidos por el placebo descritos arriba y los registrados en los estudios de neuroimagen funcional sobre la respuesta de relajación. Durante dicho estado, inducido mediante biofeedback o meditación, se ha encontrado activación del cíngulo anterior y aumento de la liberación de dopamina en el estriado ventral, lo que concuerda con algunos de los principales efectos neurofisiológicos de los placebos reseñados arriba. Ello refuerza la idea de que el placebo actúe imitando o induciendo dicha respuesta. ------------------------------------------------------------------------------------------------- Tabla 1. Mecanismos del Efecto Placebo ------------------------------------------------------------------------------------------------- Psicológicos: - Condicionamiento - Expectativa/Esperanza - Reducción de Ansiedad (“respuesta de relajación”) Neurobiológicos: - Cambios de actividad en áreas cerebrales (datos de neuroimagen funcional) . aumento: - Cíngulo anterior - Corteza prefrontal ventrolateral
- Corteza prefrontal dorsolateral - Corteza orbitofrontal - Estriado ventral - Mesencéfalo . disminución: - Cíngulo dorsal - Parahipocampo - Amígdala - Insula - Neuromediadores más caracterizados: - Opioides endógenos - Sistemas dopaminérgico (“sistema de recompensa”) ------------------------------------------------------------------------------------------------
Autor: Manuel Mas. Departamento de Fisiología y CESEX. Universidad de La Laguna, Tenerife.
Ponencia presentada en el II Congreso Nacional de Homeopatía. Tenerife, 28 Abril a 1 Mayo de 2006.